«La gran importancia que tienen los aspectos asistenciales, en una situación de precariedad, no debe llevar a poner en segundo plano el hecho de que también entre los emigrantes irregulares se encuentran numerosos cristianos católicos, que muchas veces, en nombre de la misma fe, buscan pastores de almas y lugares donde rezar, escuchar la palabra de Dios y celebrar los misterios del Señor»: lo decía Juan Pablo II en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Migraciones de 1996. Sencillamente, porque -como recordaba en el Mensaje de 1997- «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios», de tal modo que «el verdadero pastor no olvida nunca que los emigrantes necesitan a Dios, y que muchos lo buscan con sincero corazón». Y, en definitiva, hablaba el Papa con la luz de esa misma fe que muestra la más honda verdad de todo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a ser hijo Suyo: «En la Iglesia nadie es extranjero, y la Iglesia no es extranjera para ningún hombre y en ningún lugar».

En el Mensaje para la Jornada del Año jubilar 2000, con mayor fuerza si cabe, Juan Pablo II concretaba la seña de identidad de este abrazo fraterno, que «no debe esconder el don de la fe, sino exaltarlo. Por otra parte, ¿cómo podríamos tener semejante riqueza sólo para nosotros? Debemos ofrecer a los emigrantes y a los extranjeros que profesan religiones diversas, y que la Providencia pone en nuestro camino, el mayor tesoro que poseemos». ¡Al mismo tiempo ellos, los más pobres y necesitados, ¿acaso no están poniendo la Persona misma de Jesucristo ante nuestros ojos?! Así lo decía el santo Papa: «¿Cómo podrán los bautizados pretender que acogen a Cristo, si cierran su puerta al extranjero que se les presenta?… En Jesús, Dios vino a pedir hospitalidad a los hombres. Llegó a identificarse con el extranjero que necesita amparo: Era forastero y me acogisteis. Y al enviar a sus discípulos en misión, les asegura que la hospitalidad que reciban le atañe personalmente: El que os acoge a vosotros, a mí me acoge; y el que me acoge a mí, acoge a Aquel que me envió».

De un modo tan bello como certero, con la parábola del Buen Samaritano, Jesús llena de luz la mirada al emigrante, y se hace patente la auténtica fraternidad de toda la familia humana. Así lo explica Benedicto XVI en su primera encíclica, Deus caritas est: «Mientras el concepto de prójimo hasta entonces se refería esencialmente a los conciudadanos y a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece. Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto. Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora». Sin Cristo, ya no hay fraternidad. Por eso, antes aún que la vital ayuda asistencial, está la más vital aún de la fe en Jesucristo.

En su Mensaje para la Jornada de las Migraciones de este año, con el sello de la nueva evangelización, que urge «promover, con nueva fuerza y modalidades renovadas, en un mundo en el que la desaparición de las fronteras y los nuevos procesos de globalización acercan aún más las personas y los pueblos», Benedicto XVI deja claro que «la Iglesia afronta el desafío de ayudar a los inmigrantes a mantener firme su fe, aun cuando falte el apoyo cultural que existía en el país de origen». ¡Y cuántos de ellos, debemos añadir, traen la savia de la fe cristiana llena de una frescura que reaviva la fe, en tantos casos, adormecida de los cristianos de la vieja Europa, y ciertamente de España!

Ante la Jornada del próximo domingo, el Presidente del Consejo Pontificio de la Pastoral para los Emigrantes e Itinerantes, el ya cardenal electo Antonio Maria Vegliò, ha recordado que «los emigrantes pueden también despertar la conciencia cristiana dormida reclamando a una vida cristiana más coherente», y ha subrayado la invitación del Papa a «llevar a cabo una pastoral adecuada a los emigrantes de modo que ellos se mantengan firmes en la fe, coherentes en la vida cristiana y fuertes testigos del Evangelio, para convertirse ellos mismos en auténticos anunciadores» de Cristo. Sí, Él está en ellos, como está en quienes los acogen.