Volvían llorando cada noche

Se quitaron el hábito, se vistieron de incógnito y se fueron a los barrios de prostitución de Manila para ofrecer una alternativa a las chicas. Se infiltraron en fábricas donde, durante meses, vivieron en su carne la explotación laboral a que son sometidas las niñas pobres. «Volvían llorando cada noche». Son las Siervas de San José, que hoy dan trabajo a 200 jóvenes rescatadas en sus talleres de confección. Así se combate la trata en Filipinas

Cristina Sánchez Aguilar
La Hermana Mari Flora, al fondo, enseña cómo se trabaja en el taller de Quezon City, de ropa litúrgica

Se quitaron el hábito, se vistieron de incógnito y se fueron a los barrios de prostitución de Manila para ofrecer una alternativa a las chicas. Se infiltraron en fábricas donde, durante meses, vivieron en su carne la explotación laboral a que son sometidas las niñas pobres. «Volvían llorando cada noche». Son las Siervas de San José, que hoy dan trabajo a 200 jóvenes rescatadas en sus talleres de confección. Así se combate la trata en Filipinas:

La Hermana Mari Flora nació en Santiago de Compostela hace casi 80 años, pero vive en Filipinas desde hace 52. «Tenía 26 años cuando llegué, aunque sigo siendo muy gallega», bromea. La religiosa, Sierva de San José, lleva desde 1991 en Manila, en el taller de Quezon City, donde 66 jóvenes filipinas trabajan a tiempo completo confeccionando ropa litúrgica. De hecho, la visita del Papa Francisco las ha hecho tan conocidas que, estos días, no deja de sonar el teléfono para recibir pedidos. Y es que, en el taller, se confeccionaron los corporales que se utilizaron en la Misa del parque Rizal, la mitra que lució el Santo Padre –«los bordados los hizo otro taller, nosotras hicimos el resto», recalca la religiosa–, varias casullas que se llevó a Roma con la imagen bordada del Santo Niño de Cebú, y todos los aperos de trabajo de cardenales, obispos y sacerdotes.

Otra imagen del taller

El taller de Quezon City es uno de los seis proyectos que las Siervas tienen en Filipinas. Los llaman Talleres de Nazaret, y dan trabajo a 200 mujeres rescatadas de la explotación sexual y laboral, tan frecuente en las islas. «Cuando llegué a Filipinas, mis Hermanas y yo quisimos identificar los problemas principales a los que se enfrentaban las mujeres. Uno era la prostitución. Nos disfrazábamos con ropa de calle [se quitaban el hábito] e íbamos a los barrios famosos por sus casas de alterne. Queríamos hablar con las chicas y preguntarles por qué estaban allí». La mayoría, niñas pobres, contestaba que habían sido víctimas del engaño, de las promesas de un futuro mejor. «Sólo querían ayudar a sus padres y enviar dinero para que sus hermanos pudiesen estudiar. Pero con cara de súplica y sufrimiento nos decían que querían salir de allí», cuenta la Hermana Mari Flora.

En los talleres, no sólo se les procura un trabajo a tiempo completo, sino que también «damos formación integral. Hacemos retiros de oración, seminarios… Ellas nos repiten muchas veces que aquí han recobrado la dignidad. Que se sienten personas, con derechos». Aunque la Hermana Mari Flora lanza una denuncia: «Algunas todavía son esclavas. De sus maridos. Muchas de las jóvenes que tenemos aquí están casadas y tienen hijos. Los maridos no trabajan, están en casa todo el día, y cuando ellas llegan después de una larga jornada laboral, los hombres exigen que ellas laven, limpien, cocinen y cuiden de los niños. Y ellos se marchan a la cama. Es un abuso –recalca–, no lo entiendo».

La explotación laboral

Foto de familia

El género no es el único motivo de esclavitud en Filipinas. También está la explotación laboral de mano de las multinacionales, que subcontratan fábricas –la mayoría textiles y electrónicas– filipinas que ofrecen mano de obra barata. «Algunas Hermanas se infiltraron en las fábricas de dónde venían las chicas. Queríamos saber qué pasaba allí. Cada noche, llegaban llorando», cuenta la religiosa. Las condiciones de trabajo son inimaginables: «Los patrones gritan constantemente a las jóvenes para que trabajen más deprisa, no las dejan ir al baño ni moverse –ni siquiera girar el cuello–, las inspeccionan como si fueran ladronas a la entrada y a la salida…, e incluso abusan de ellas». Y todo esto por 150 pesos al día –2 euros– , cuando el sueldo mínimo en Filipinas es de 456. «Una joven con dos hijos y tres matrimonios fallidos vino a pedirnos ayuda, porque la habitación de mala muerte donde vive le cuesta 5.000 pesos al día». Ahora gana más de 13.000 pesos al mes, y está buscando un lugar mejor para criar a sus pequeños. Que también tienen lugar en el taller, porque las religiosas han montado una guardería, para que las mamás lleven a sus niños.

Desde España, se pueden comprar las prendas de estos talleres a través de www.tallerdesolidaridad.org

Cristina Sánchez Aguilar