Agosto es un mes con reputación de indolencia, de días amplios, de horas lacias, de paisajes reblandecidos y de cielo compacto. Es un tiempo oportuno para la meditación extensa, mes de lecturas dejadas para esta ocasión, que incumple normas horarias y ritos laborales. Para volver a los poemas que exigen plena soberanía literaria impuesta a los asuntos cotidianos. Para regresar, también, a lecturas de hace años, aparentemente ligeras pero llenas de significados que solo se aprecian al volver a ellas tras un largo olvido. Las aventuras de Plinio, el sagaz jefe de la Policía municipal de Tomelloso creado por García Pavón, forman parte de esos libros que guardan agradables sorpresas al recuperarlos tras medio siglo.

Francisco García Pavón, ganador del Premio Nadal en 1969, fue de los primeros escritores de la posguerra que cultivó una novela negra amable, que contrastaba con la truculencia de los crímenes publicados en prensa especializada, pero que no rehuía acercarse al problema moral por excelencia: la elección entre el bien y el mal. Lo hacía, además, con un soberbio vocabulario, una cuidadosa fabricación de imágenes y una deslumbrante expresión del panorama rotundo de La Mancha. Luego llegó el silencio, como tanta buena literatura española de aquellos años, arrinconada por lo que muchas veces ha sido un peculiar esfuerzo de desnacionalización, promovido por quienes prefieren ambientar sus obras o ajustar sus críticas a un paisaje universal en el que todo parece suceder en algún barrio de Nueva York y en un idioma cada vez más reducido al escueto jardín de los anglicismos.

Las aventuras de Plinio contenían un principio de justicia elemental, indiscutible, una idea de lo que se debe o no se debe hacer, alejándose del cinismo de quienes creen que hemos venido a este mundo a pasar de largo como seres absurdos, egoístas y desesperados. Una conversación de la buena gente de pueblo nos plantea lo esencial –si nuestra vida tiene sentido–, con lo que García Pavón se pone en el terreno de Sartre y Camus, y Tomelloso adquiere el timbre de la rive gauche, aunque esquivando su pedantería.

Los únicos seres libres

Y lo esencial, en este tiempo de enfermedad y dolor inacabables, con familias destrozadas por la pérdida de sus seres queridos y atenazadas por el miedo a quedarse sin sustento, es el sentido de la existencia. O, para decirlo como más se acerca a las inquietudes de esta sección, qué es lo que significa vivir a escala humana. Para nosotros, los cristianos, existe una respuesta que hoy adquiere especial relevancia: el hombre no es solo un ser natural o un ser histórico. Es un ser creado por Dios que no tiene un simple temor a la muerte, sino que posee una promesa y una ambición de eternidad. No somos animales dotados de ciertas habilidades evolutivas, sino personas creadas para administrar el orden natural: somos los únicos seres libres del planeta, somos los únicos que podemos meditar sobre el universo. Somos los exclusivos custodios de la inspiración divina que nos ofrece la conciencia de nosotros mismos y la contemplación de toda la especie humana como propia.

La historia carece de sentido si se nos arrebata la fe. Una fe que no solo explica casi todo lo ocurrido, sino que pese a la secularización en este último siglo, todavía proporciona los elementos indispensables para dar sentido moral a nuestra conducta. La historia, en cuanto puro despliegue de la razón, ha visto, en sus momentos cruciales, cómo se vertía el nihilismo sobre el paisaje calcinado del siglo XX. En estos momentos terribles, cuando ni la naturaleza ni la historia nos ofrecen seguridad y sosiego, los cristianos debemos afirmar esa fe, tan debilitada por incesantes campañas de ridiculización. La bajeza moral que se burla de la oración, como si rezar fuera contradictorio con la investigación científica, es buen ejemplo del esperpento cultural en que nos hallamos.

No somos una pifia de la naturaleza, no somos un error de la evolución. La naturaleza y la historia los cometen, constantemente, Dios no. Nuestra fe es más necesaria que nunca en este momento, no porque sea un refugio frente al miedo a morir, sino porque constituye una gozosa esperanza de vida. Una esperanza exigente, llena de responsabilidad, que pulsa nuestros actos, nuestra compasión en horas crueles, nuestra ternura con los desconsolados, nuestro compromiso cívico. Es algo más profundo que la mera cohesión social y el interés colectivo lo que nos mueve; nos impulsa el motor del bien común, basado en nuestra idea de salvación. Afrontamos este tiempo de pesadumbre fortalecidos diariamente con la certeza de que vivimos en la condición difícil y apasionante que el Padre ha querido para sus criaturas. Por tener el privilegio de hablar con Dios. Por manifestar la dicha de tener fe. Por vivir en su nombre.