«Uno cura cuando conoce la totalidad de la persona», también su dimensión trascendente

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, celebró su santo visitando el Hospital Clínico San Carlos, en la fiesta de su patrono. Animó a los profesionales sanitarios a conocer en profundidad la situación de los pacientes y a tener en cuenta su dimensión trascendente, y recordó los 20 años que pasó visitando, «prácticamente todas las tardes», la sala de Urgencias de un hospital de Santander

María Martínez López
Monseñor Osoro saluda a la responsable de la atención religiosa evangélica. Fotos: María Pazos Carretero

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, celebró su santo visitando el Hospital Clínico San Carlos, en la fiesta de su patrono. Animó a los profesionales sanitarios a conocer en profundidad la situación de los pacientes y a tener en cuenta su dimensión trascendente, y recordó los 20 años que pasó visitando, «prácticamente todas las tardes», la sala de Urgencias de un hospital de Santander

Fotos: María Pazos Carretero

El arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, visitó este miércoles el Hospital Clínico San Carlos, que celebraba la fiesta de su patrono. Era también el santo de monseñor Osoro, que agradeció al Señor poder visitar en este día, por primera vez desde que llegó a Madrid hace poco más de un año, un hospital público. «Es un momento importante de la vida, cuando Dios se acerca y se hace presente. Él es el que mejor cura el corazón y la vida de los hombres», afirmó durante el saludo inicial. Le acompañaron, además de numerosos capellanes del Clínico y otros hospitales, el vicario episcopal de Acción Caritativa, Francisco Javier Cuevas, y el de la Vicaría VII, Gil González.

Monseñor Osoro comenzó su homilía recordando cómo, cuando le nombraron vicario general de la diócesis de Santander, «al llegar las tardes, ¿qué haces? Comencé a ir a Urgencias del Hospital de Valdecilla. Creía que era necesario acompañar a las familias que estaban allí» esperando a que atendieran a sus familiares. «En los 20 años que estuve de vicario general, prácticamente todas las tardes o noches estaba allí. Hice grandes amigos».

A continuación, explicó que la Iglesia «es un nuevo pueblo que sale a los caminos de los hombres; también a este camino del dolor, de la enfermedad. No es un camino fácil en una sociedad que ha logrado tantas cosas. El hombre puede conquistar muchas cosas, hemos conquistado hasta el espacio. Pero el dolor, la enfermedad, el saber que tenemos un tiempo determinado… a veces no es fácil asumirlo».

Lo mejor que podemos ofrecer, «el amor mismo de Dios»

Fotos: María Pazos Carretero

La Iglesia sale a los caminos, además, con un arma nueva: la humildad de «no querer tener razón en todo», y el amor. «La única arma que cambia el corazón del ser humano es que tú lo quieras de verdad. Ese amor hace descubrir que, aunque uno aborrece el mal –¿cómo no va a aborrecer el dolor?–, al mismo tiempo es capaz de expresar que estima al otro más que a uno mismo, y lo estima más cuanto más deteriorado está, cuando más padecimientos tiene». Este amor –añadió el arzobispo– muchas veces se expresa «sin decir nada. Hay que compartir las necesidades de los demás, y a veces no son que digamos palabras, sino estar a su lado, ofrecer lo que tenemos. Y lo más grande que tenemos es el amor mismo de Dios». Todos –añadió– «tienen necesidad de que alguien los quiera más allá» de lo que dicta «la justicia humana».

Monseñor Osoro también se dirigió a los profesionales sanitarios, que «tenéis una labor bellísima: estar al lado de quien está padeciendo para eliminar la enfermedad, si se puede; y aliviar su dolor». Reconoció que «es duro y difícil estar un día y otro viendo el dolor de la gente. Pero el discípulo de Jesús no está un ratito y ya. Permanece, se interesa por los demás y de por vida, no a ratos. Conoce a las personas y sus situaciones. Las tenemos que conocer, porque uno cura cuando conoce la totalidad de la persona». Para curar de verdad, además, es necesario reconocer «todas las dimensiones de la existencia humana; entre ellas, la dimensión trascendente. No hay que ver solo el dedo que me duele, porque el dedo afecta a todo el cuerpo. Hay gente especializada en ciertas partes del cuerpo, pero que no prescinde de la totalidad del ser humano».

María Martínez López