Una curva con poca curva - Alfa y Omega

La curva se consideró «discursiva, pesada y reiterativa» por Alfredo Marquerie, el gran crítico de La hoja del lunes, cuando esta obra se estrenó en Madrid en los años 70, en los reflujos del teatro del absurdo. Su autor, el alemán Tankred Dorst, sin ser magistral en este texto, apunta cuestiones interesantes e incluso frases brillantes, pero la interpretación no aporta volumen a una historia que podría revolverte en el asiento, como La naranja mecánica, y al final te deja indiferente.

Podría ser escalofriante: dos hermanos —Jonás y Antón— viven gracias a los accidentes mortales que se producen en la curva mal señalizada de una carretera solitaria, cuando un buen día, con el accidente número 25, sobrevive el siniestrado, que resulta ser ni más ni menos que el director general responsable de la carretera. Los hermanos tienen en sus manos la posibilidad de resolver el problema, pero pondrían con ello fin a la fuente de su sustento.

Jonás tiene una enorme sensibilidad para leer a través de los sonidos y la realidad física que un vehículo se aproxima al punto negro de la carretera, el motor del mismo, el modelo, el tipo de carrocería… podría representar una visión material y pragmática de la realidad. En un momento de la obra, lo define su propio hermano: «Sólo ves lo que ves y sólo oyes lo que oyes: eres completamente tonto», le sentencia. A Jonás le preocupa la supervivencia.

Antón se siente responsable en cierta medida de las muertes: «Somos culpables», llega a confesar. Y tras cada accidente escribe al director general correspondiente para denunciar el problema y tratar de poner fin a la situación. Su hermano le critica que sus discursos e informes comienzan siempre de la misma forma, a lo que Antón replica algo evocador y hasta cierto punto premonitorio: «Empiezan siempre igual porque lo que pasa es siempre lo mismo. Las personas a las que les pasa son las que cambian. Y ahí empieza el problema».

La sensibilidad de Antón, a diferencia de la de su hermano, parece ser otra: la de leer más adentro de la pura materialidad, la de empatizar con las personas y sus emociones tanto como para importarle si el lenguaje es capaz de expresar la realidad con exactitud, y de conmover o provocar un cambio. Tiene destellos de profundidad e ingenio: »Los muertos pesan más que los vivos, lo he comprobado ya 24 veces». Parecen importarle los demás: «Todos nos necesitamos y todos nos amamos: el dolor del mundo está repartido»; y se hace preguntas, como la cuestión ética básica que subyace en el texto de forma explícita: —¿Haría usted algo que fuese su obligación si fuese un peligro para usted?—.

No obstante, ni la pronunciación, ni la voz, ni los movimientos, ni la expresividad total acompañan coherentemente el sentido profundo de lo que dicen las palabras. Los puntos de inflexión en la obra y las tensiones existenciales que laten en los personales quedan opacadas por interpretaciones con pocos matices y un tanto precipitadas, como quien no ha logrado sonreír en su interior y sólo puede imitar una carcajada. La interpretación no ayuda a comprender bien un texto ya de por sí difícil de entender, y no contribuye a distinguir entre la sensibilidad, la locura, lo estúpido o lo grotesco. Faltan detalles de exquisitez y arte en todos los aspectos -luz, vestuario, tempo, escenografía, ambiente general…- y el resultado es el de que podría ser resultón y no se saca partido: una curva con poca curva.

La curva, de Tankred Dorst

★★☆☆☆

Teatro:

Teatro Arlequín

Dirección:

Calle San Bernardo, 5

Metro:

Santo Domingo, Plaza de España, Callao

REPRESENTACIÓN FINALIZADA