Una aventura subyugante - Alfa y Omega

Frente a quienes consideran que el objetivo primero, cuando no exclusivo, de toda política en este momento es superar la crisis económica, sin referencia ética alguna, es necesario poner el acento en las raíces y efectos morales de semejante crisis, y propugnar una política que esté guiada por una verdadera antropología integral, al servicio del bien común, algo que nos incumbe a todos los ciudadanos, y muy directamente a los católicos.

Es necesario revitalizar la sociedad mediante una profunda regeneración intelectual y moral, que ha de llevarse a cabo de modo muy especial en las mismas estructuras políticas institucionales, en todas las instancias y particularmente en los medios de comunicación. Esta regeneración supone asimismo un compromiso con la Justicia, y lleva consigo la exigencia de profundas reformas de su administración.

Especial atención merecen instituciones que son los verdaderos pilares de una sociedad sana: el matrimonio como unión indisoluble de un hombre y una mujer, y la familia, así como la Educación y la cultura, a las que ningún servicio mejor pueden prestar los poderes públicos que el de asegurarles libertad y medios para ejercerla sin intromisiones ideológicas manipuladoras. Este Congreso ha hecho asimismo la más incondicional defensa de la dignidad de toda persona y del derecho a su vida desde el primer instante de su concepción hasta la muerte natural.

El principal motivo de esperanza es precisamente la fe, el empeño, la esperanza que cada uno puede y debe hacer fructificar en y desde sí mismo e irradiar sobre los demás. En esta tarea de renovación, los católicos y, muy en particular, los laicos han de actuar como verdadero fermento de una sociedad más justa y fraternal.

Las circunstancias ante las que tantos pueden sentirse desalentados son, desde la perspectiva cristiana, una misión y una aventura subyugante: la de quienes no pierden el tiempo en añorar el pasado, o en llorar sobre el presente, sino que se enfrentan con gozo a un mundo al que debemos ofrecer la gran esperanza verdaderamente fiable, que es Cristo mismo.

Del manifiesto final del XV Congreso Católicos y Vida Pública