Ahora que la batalla más trágica ha pasado, es el momento de recordar que los enfermos necesitan algo más que cuidados físicos, medicinas y respiradores

Cinco semanas de aislamiento, mejor soportadas de lo que podríamos haber imaginado… estamos como conteniendo la respiración cuando buceamos, la sensación de que falta el aire se acentúa, pero vamos viendo la luz al final del túnel. Sabemos que vale la pena, que parte del éxito de tener la pandemia estabilizada depende de cada uno de nosotros, que hemos aceptado ser privados de libertad individual para bien de la colectividad. Toda una lección de comportamiento que nuestros hijos están aprendiendo para la nueva sociedad que emergerá y que tendrán que liderar ellos.

Que haya cada vez más casos de COVID-19 produce incluso alivio, pues son muchísimos los asintomáticos, es mayor la población que puede quedar inmunizada. Las cifras de curados nos alientan, es posible superarlo, tener un test positivo no es una condena. Pero lo que nos martillea cada mañana es la cifra de muertos. Son más de 20.000 las familias que han perdido un ser querido en España. Y esto no ha acabado. Estamos oyendo testimonios desgarradores de lo que supone morir de esta enfermedad. No es solo el hecho de llegar al fin de la vida, pues más de la mitad de los fallecidos eran ancianos que ya sabían que estaban al final de su viaje, y éste ha sido el desencadenante. Casi nadie quiere morir, pero cuando se ha recorrido un largo tramo de la vida, cuando el cuerpo comienza a naufragar con la vejez, la muerte no es un enemigo. Se teme al proceso de morir, al sufrimiento de ese periodo desconocido, no tanto a la muerte en sí, que se acepta con bastante serenidad y naturalidad. Más traumática es la muerte de personas no tan mayores, siempre llega demasiado pronto.

Sufrimiento añadido

Pero lo que está causando mucho sufrimiento añadido en esta pandemia es la forma de morir. Hace dos días la suegra de una amiga tenía que ingresar con síntomas de COVID-19. El sufrimiento surgía de la incertidumbre y el miedo de no volverla a ver. El riesgo de contagio obliga a dejar a tu ser querido en una habitación aislado, con las mejores atenciones, pero sin poder estar a su lado. La información que llega de su estado es escasa. Si empeora no se le puede acompañar, si siente que puede morir no se le puede dar la mano, no puede tener a su lado a sus seres queridos. Si muere se pueden tardar semanas en recuperar las cenizas ante la avalancha de cadáveres para incinerar. Si se puede hacer un entierro la norma no permite asistir a más de tres personas…

¿Qué está ocurriendo? Algo no estamos haciendo bien. Hay que entender el inmenso esfuerzo de los sanitarios y las autoridades ante una situación nunca antes vivida y que desborda todas las previsiones. Cuando había cientos de personas en las urgencias de muchos hospitales, contagiándose unos a otros y a los sanitarios que carecían de lo imprescindible para protegerse, el panorama era el de un campo de batalla. Se comprende la prioridad de dar atención, oxígeno y tratar de salvar la vida del mayor número posible de personas. Pero se han vivido situaciones terribles, cuando ha habido que decidir a quién ingresar en la última cama de intensivos entre varias personas que lo necesitaban. Los médicos tenemos que enfrentarnos a decisiones muy difíciles, pero nadie nos ha entrenado para elegir a quien dejar morir por no tener medios. Muchos compañeros necesitan apoyo psicológico por experiencias que nunca olvidarán. El criterio de edad se impuso para decidir quién merece vivir y quien no. Durante varias semanas, en Italia y en España hemos oído que no se intubaba a los mayores de 70 años. Un dilema ético de primera magnitud que cuestiona cuál es el valor de la vida. Algo que ocurre más de lo que pensamos. Compañeros médicos de países emergentes tienen que elegir a qué paciente dan radioterapia y a quien no para intentar curar un cáncer porque no tienen máquinas suficientes para tantos casos.

¿Pierde la vida valor por la vejez?

El dilema que se plantea es si la vida pierde valor por la vejez, un tema en pleno debate en nuestra sociedad apenas hace dos meses. Viktor Frankl recuerda que la utilidad para la sociedad no es la medida que da valor a un ser humano, que una anciana inválida, rodeada del cariño de sus hijos y nietos se convierte en una abuela, lo que la hace tan irremplazable como lo es otra persona cualquiera en su trabajo cotidiano. O si queda poco tiempo que vivir ¿acaso la vida ya no vale la pena? Si la vida perdiera su sentido en algún momento, no valdría la pena vivir. Obviamente el médico tiene la tarea de elegir, si no dispone de más medios, pero será en base a la expectativa de recuperación que tenga esa persona frente a la otra, una decisión médica. Queda claro que la edad no puede ser el referente. Y por difícil que sea esa decisión, se puede compartir con el paciente, como el caso en Italia de un sacerdote y una mujer embarazada, ambos requerían ir a una UCI y solo quedaba una cama. Fue el sacerdote quien pidió que ingresaran a la mujer primero. Su muerte ha sido un testimonio impactante de lo que significa dar la vida por amor al prójimo.

Más que cuidados físicos

Y el otro debate es la necesidad de dar algo más que cuidados físicos. Muchas personas han muerto en soledad, separadas de sus familias, añadiendo un sufrimiento no ya emocional sino espiritual ya que es muy difícil entender qué sentido tiene perder a un ser querido de forma tan brutal. Algunos médicos aconsejan no ingresar en un hospital a un anciano que no va a ser intubado, facilitando una sedación en casa, en su habitación, rodeado de la familia y con la serenidad de una muerte dulce. Ahora que la batalla más trágica ha pasado, es el momento de recordar que los enfermos necesitan algo más que cuidados físicos, medicinas y respiradores. Que necesitan tener al lado a un familiar, al menos, que puede requerir un acompañamiento por un psicólogo experto en final de vida, de un sacerdote o un asistente espiritual que le permita la reconciliación necesaria para alcanzar la paz en esos momentos finales y únicos. Es verdad que no había EPIs suficientes ni para los sanitarios, pero, ahora que podemos controlar la situación, hemos de comprender que humanizar el fin de vida es tarea tan importante como intentar salvar la vida. Hemos visto testimonios de sanitarios que han hecho las veces de la familia, hay un proyecto de humanizar las UCIs para permitir la cercanía de los seres queridos. Cada persona es única e irrepetible, y más allá de los números, necesarios para tomar decisiones, la calidad de la asistencia la da el trato humano, no sólo técnico. Hay que dejar que todos los familiares más cercanos puedan acompañar en un funeral, manteniendo la distancia preventiva, no solo imponer una norma dictada en un despacho. No debemos añadir sufrimiento al que ya es inevitable. Esa tarea elevará el nivel de calidad y ética de la sociedad que estamos construyendo.

José Luis Guinot Rodríguez
Médico oncólogo
Presidente de la Asociación Viktor E. Frankl