La carta de Doctrina de la Fe Samaritanus bonus, sobre el cuidado de las personas en la fase terminal de la vida, no contiene novedades doctrinales, aunque sí un renovado enfoque pastoral sobre una cuestión dura en la que la Iglesia juega en un campo minado. Era previsible que irritase a los que impulsan legislaciones a favor de la eutanasia, pero también a los que siguen sin entender qué tipo de Iglesia en salida propone Francisco. Entonces, ¿merecía la pena?

Yo pienso que sí. Primero porque es necesario sembrar palabras verdaderas incluso cuando el terreno no permite esperar un fruto a corto plazo. Segundo, porque es responsabilidad de la sede de Pedro ofrecer al pueblo de Dios, a los sencillos, la claridad del rumbo cuando se ve comprometido. Y tercero, por dos acentos que merecen atención: no se hace ilusiones sobre la dificultad cultural de este debate, y su eje es la necesidad de una presencia junto al enfermo que comunique la certeza de que «la vida siempre es un bien».

La Iglesia debe proclamar la verdad contra viento y marea, pero conviene que lo haga entendiendo las dificultades que existen para reconocerla y adherirse a ella en cada momento. La secularización radical en Occidente provoca hoy una comprensión de la libertad y del valor de la vida que hace difícil acoger la racionalidad de la propuesta cristiana. La imagen de un individuo radicalmente autónomo que se basta a sí mismo para alcanzar su plenitud es una muralla para el anuncio de la Iglesia, sobre todo si no va acompañado de un testimonio elocuente.

La mayor parte del documento no se ocupa de exponer los criterios del magisterio sobre eutanasia, suicidio asistido, ensañamiento terapéutico, sedación, hidratación… A eso se dedica con eficacia y claridad el capítulo V. Pero la mayor parte del texto desarrolla la génesis de lo que denomina «un corazón que ve», es decir, una mirada capaz de ver hasta el fondo el significado de la vida humana, que solo ha desvelado plenamente la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo. El desafío más radical es estar junto al enfermo, comunicando la certeza de que la muerte no tiene la última palabra.