El Vaticano insiste: «No existe el derecho a la eutanasia»

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha presentado este martes el documento Samaritanus bonus, sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida

Victoria Isabel Cardiel C.
Foto: CNS

El documento Samaritanus bonus, publicado este martes por la Congregación para la Doctrina de la Fe no aporta ninguna novedad a la doctrina de la Iglesia católica, pero es una respuesta a las legislaciones nacionales que legitiman el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria. Precisamente cuando el Congreso español está tramitando una ley que despenaliza la ayuda a quien quiere suicidarse, y cuando en otros países se han dado o se están dando pasos en este sentido, «la Iglesia siente el deber de intervenir para excluir una vez más toda ambigüedad» sobre este tema.

«La eutanasia es un acto homicida que ningún fin puede legitimar y que no tolera ninguna forma de complicidad o colaboración, activa o pasiva. Aquellos que aprueban leyes sobre la eutanasia y el suicidio asistido se hacen, por lo tanto, cómplices del grave pecado que otros llevarán a cabo. Ellos son también culpables de escándalo porque tales leyes contribuyen a deformar la conciencia, también la de los fieles», señala el organismo del Vaticano que preside el cardenal jesuita español Luis Ladaria.

No debe haber sacerdotes presentes

La Congregación para la Doctrina de la Fe destaca que «no existe el derecho al suicidio ni a la eutanasia», ni tampoco lo que llaman aborto eugenésico ni a «suspender o no iniciar los cuidados al niño apenas nacido» por la presencia o el miedo a que desarrolle una discapacidad. El único derecho es el de «tutelar la vida y la coexistencia entre los hombres». «Nunca le es lícito a nadie colaborar con semejantes acciones inmorales o dar a entender que se pueda ser cómplice con palabras, obras u omisiones», justifica.

Estas afirmaciones tienen también consecuencias pastorales. El deber de evitar toda acción que pueda «ser interpretada como una aprobación» de estas prácticas impide a los sacerdotes y acompañantes espirituales estar presentes en el momento en el que se realicen. Sí pueden y deben ofrecer ayuda, escucha y cercanía «que invite siempre a la conversión». Pero, salvo que el enfermo modifique su decisión, el hecho de haber elegido una acción «gravemente inmoral» hace que no esté en condiciones de recibir los sacramentos.

Golpe al orden jurídico

Asimismo, el texto incide en que estas leyes «golpean el fundamento del orden jurídico» del derecho a la vida y llegan a herir «profundamente» las relaciones humanas y la justicia al tiempo que «amenazan la confianza mutua entre los hombres».

A este respecto el Vaticano denuncia que en las decenas de miles de personas que ya han muerto por eutanasia en el mundo, había una gran parte que aquejaban «sufrimientos psicológicos o depresión». «Son frecuentes los abusos denunciados por los mismos médicos sobre la supresión de la vida de personas que jamás habrían deseado para sí la aplicación de la eutanasia. De hecho, la petición de la muerte en muchos casos es un síntoma mismo de la enfermedad, agravado por el aislamiento y por el desánimo», incide.

Factores para pedir la eutanasia

Por ello, se identifican los factores que más determinan la petición de eutanasia y suicidio asistido en los enfermos como «el dolor no gestionado», «la falta de esperanza» o una «atención, humana, psicológica y espiritual a menudo inadecuada por parte de quien se hace cargo del enfermo».

El documento también explora la errónea comprensión de la «compasión» que existe en las sociedades que ante un sufrimiento calificado como «insoportable» justifican «el final de la vida del paciente en nombre de la compasión». Sin embargo, para la Iglesia católica «suprimir un enfermo» que pide la eutanasia «no significa en absoluto reconocer su autonomía y apreciarla, sino al contrario significa desconocer el valor de su libertad» y de su vida.

En este sentido, Adriano Pessina, miembro de la Pontificia Academia para la Vida, lamentó que «las personas que se encuentran en condiciones de enfermedad gravosa o deben afrontar las fases terminales de la vida corren el riesgo de ser estigmatizadas como indignas de vivir».

Incurables, no incuidables

Sin embargo, Samaritanus bonus pretende dar una visión más allá del magisterio moral, basada en la afirmación de que «incurable no es sinónimo de incuidable», como afirmó durante la presentación monseñor Giacomo Morandi, secretario de Doctrina de la Fe. La carta es una invitación a «mirar a la integridad de la persona, garantizando con medios adecuados el apoyo médico, familiar, social y religioso», desde la convicción de que «el dolor es existencialmente soportable solo donde hay una esperanza en la que se pueda confiar».

Ofrecer esta esperanza es la apasionante tarea tanto de la comunidad cristiana en su conjunto, como de los agentes sanitarios y pastorales en particular. Así, se introduce el concepto de «comunidad sanadora», que se ocupa tanto del enfermo como de quien lo cuida y ofrece «una compañía capaz de escuchar y de compartir» –explicó Pessina–. Esta comunidad, abunda la carta, «lleva a cabo de manera concreta» el «deseo de Jesús de que todos sean una sola carne a partir de los más débiles y vulnerables».

El testimonio de la presencia

La base de su mensaje –continuó el miembro de la Pontificia Academia para la Vida– es que «el Dios que salva al hombre es el mismo que ha vivido la experiencia del sufrimiento, el abandono, la incomprensión y la muerte». Ante la pregunta de un periodista sobre cómo transmitir esta esperanza a quien no tiene una visión de fe y pide la eutanasia porque sufre, el cardenal Luis Francisco Ladaria, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se mostró convencido de que «en cada hombre hay un fondo de esperanza» al que apelar; así como al «testimonio de la presencia. Si quien no ve otra salida que el suicidio asistido ve que alguien que con claridad no acepta esta solución está a su lado y no lo abandona, puede ser un elemento para hacerle reflexionar».