Un cardenal para la historia

El cardenal Rouco, padre y pastor de la Archidiócesis de Madrid entre 1994 y 2014, tuvo un episcopado en el que la comunión eclesial, la Eucaristía, la nueva evangelización, la defensa de la vida y la familia, el impulso de la Facultad de Teología San Dámaso y la devoción a la Virgen de la Almudena fueron los pilares básicos

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El cardenal Rouco, padre y pastor de la Archidiócesis de Madrid entre 1994 y 2014, tuvo un episcopado en el que la comunión eclesial, la Eucaristía, la nueva evangelización, la defensa de la vida y la familia, el impulso de la Facultad de Teología San Dámaso y la devoción a la Virgen de la Almudena fueron los pilares básicos

Es propio de la naturaleza humana correr, jadeando, hasta el mismo fin, y al llegar respirar profundamente y prolongar, disfrutar y gustar del fin antes de que termine irrevocablemente. Es sabio porque los principios, como advierten Aristóteles y Aquinate, con delicados y no hay mejor principio que un buen fin. Después de 20 enérgicos, magníficos y resplandecientes años, el cardenal Antonio María Rouco ha llegado a un buen fin: animó y reforzó la comunión de su rebaño. Se detuvo en los matrimonios y las familias, identificándolas como «víctimas principales» de la crisis, y también en el origen indispensable del Apostolado Seglar, que nutre «la vida social, política y cultural de Madrid». Advirtió que había pruebas de «la firmeza y la caridad de nuestra fe en Cristo». Pero ni el pesimismo ni la pesadumbre son adecuados; solo lo es la oración. Hay que orar por y en la comunión, y encomendarnos al amparo de nuestra patrona, la Virgen de la Almudena, y también de nuestra Virgen de las Cruces, que también está en la catedral de Madrid.

En la persona del cardenal hemos visto a un padre y pastor que llegó a nuestra Archidiócesis aquel ya lejano octubre de 1994 desde Santiago de Compostela, donde había ejercido el ministerio episcopal durante 18 años, acentuando la necesidad de comunión eclesial. Un carisma que don Antonio ya había dejado patente a la hora de elegir su lema episcopal –In eclesiae communione– y que ahora, 20 años más tarde, podemos decir que lo consiguió gracias a un talante firme y serio cuando era necesario, cercano y paternal cuando así lo requerían las circunstancias.

Hombre fiel y agradecido a los suyos, el cardenal Rouco nunca ocultó su pasión por anunciar el Evangelio a todas las almas, dentro de un marco de fidelidad radical a los cinco Papas a los que como obispo tan ejemplarmente sirvió. Con su conciencia de haber sido elegido sucesor de los apóstoles y como residente de la Conferencia Episcopal, su celo apostólico quedó muy patente en dos de los momentos clave de su vida episcopal: las Jornadas Mundiales de la Juventud de 1989 en Santiago y 2011 en Madrid. Ha sido el único obispo que ha acogido dos encuentros de esas características. A ellos podemos sumar otra visita, la de san Juan Pablo II en 2003 a Madrid, el año del «adiós España, tierra de María». Don Antonio siempre encontró el apoyo de los Sumos Pontífices a la hora de llevar el Evangelio a todas sus diócesis.

Conviene destacar como otra pieza de su legado la revitalización, la palabra apostolado a la hora de encarar el enorme reto que supone la nueva evangelización. «Todos estamos llamados a ser apóstoles», ha repetido no pocas veces. El cardenal puso la Eucaristía como eje central de su misión, siempre amparado al calor de la oración y bajo el manto maternal de la Virgen, cuya figura ha intentado reivindicar cada vez que ha podido. En ese sentido, la generalización de la devoción de los madrileños a santa María de la Almudena es claro ejemplo de su labor. Don Antonio quiso que todos fuéramos conscientes de que tenemos una madre en el cielo que intercede de manera especial por nosotros.

Y, como buen padre, tuvo una especial preocupación por la buena formación de los sacerdotes, algo fundamental para que puedan pastorear lo mejor posible a los fieles. Por ello, y gracias a la ayuda de san Juan Pablo II y Benedicto XVI, pudo transformar el centro de estudios de San Dámaso en lo que hoy es la universidad eclesiástica más importante de habla hispana del mundo. Y nuestro seminario en Madrid, otra de las prioridades de don Antonio durante sus 20 años de episcopado en esta gran ciudad. Llegó a ordenar 263 seminaristas. Su definición de seminario como «corazón de la diócesis» muestra la centralidad que esta institución ha tenido para el cardenal todo ese tiempo.

Antonio Astillero Bastante
Protonotario Apostólico de Su Santidad