Las notificaciones denegatorias se suceden en las últimas semanas. Tempestades que hacen zozobrar jóvenes vidas. Tampoco esto podrá con ellos. Su sueño y esperanza son más fuertes que cualquier marea. Pero también necesitan salvavidas

Se ha ido. Pero no de vacaciones. Ha cambiado su foto de perfil de WhatsApp por la frase «La vida no te pregunta si quieres ser fuerte, te obliga a serlo». Una noche decidió coger un autobús y huir. Pensó que esa era la única manera de empezar de nuevo. En otro lugar de España. Quizá en Europa.

Llevaba desde marzo trabajando unas horas como limpiador en un comedor. Este fue su primer contrato en España. Con la paga extra del verano ayudó a su padre a comprarse una moto en Marruecos. Todos los meses enviaba algo de dinero, porque tenía que pensar también en ellos. Le faltaba una semana para terminar su primer curso de formación prelaboral y había mejorado mucho su nivel de castellano. Se reía de los primeros meses, en los que se encerraba en casa por no poder comunicarse.

Hace unas semanas llegó la noticia que desbarató su presente y truncó el futuro. La notificación de que su solicitud de asilo no había sido admitida. Se había convertido en una persona sin papeles. Tuvo miedo. Estaba convencido de que, si se acercaba a la oficina de extranjería a recoger la resolución, le detendrían. No es real. Pero es lo que se cuentan entre ellos. Llevaba varios días preguntando por qué el Gobierno español no quería que se quedase. No pedía ayudas. Solo el permiso de trabajo.

En nuestra última conversación no entendía la existencia de tantas fronteras.

—Solo he venido a cumplir mi sueño.

Se sentía echado de su propia casa. Rechazado. Quizá la política actual y sus leyes no entienden de humanidad.

Ese mismo día otro compañero, esta vez de Mali, recibía la misma noticia. Estuvo en silencio bastante tiempo. Quería que le explicase el motivo de dicha denegación. No entendía. Pensaba que España quería que se quedase.

—Ahora solo me queda Dios.

Las notificaciones denegatorias se suceden en las últimas semanas. Tempestades que hacen zozobrar jóvenes vidas. Tampoco esto podrá con ellos. Su sueño y esperanza son más fuertes que cualquier marea. Pero también necesitan salvavidas.

Patricia de la Vega
Hija de la Caridad