Toda una vida - Alfa y Omega

La lectura de la biografía de Benedicto XVI, escrita por Peter Seewald y publicada en España por Mensajero, es como una carrera vertiginosa que de vez en cuando requiere una parada para tomar aliento. El fermento se encuentra en una austera familia católica de Baviera inmersa en el torbellino de la historia. El horror del nazismo, la guerra y la destrucción de su país, desafían desde muy pronto a la fe recia y sencilla recibida por el joven Ratzinger desde la cuna. 

Se palpa en estas páginas el deseo de renovar la teología y la pastoral para que la Iglesia pudiera comunicar la fe, con el mismo atractivo racional y existencial de los orígenes, a un mundo que ya es nuevo. En ese surco se inscriben los nombres de Guardini, De Lubac, Congar, Balthasar… estrellas de una constelación que permitió a Ratzinger crecer en diálogo con las preguntas de un tiempo del que nunca se sintió exiliado. Al otro lado de Europa maduraba ya con luz propia el joven obispo Wojtyla, que tampoco temía los desafíos de la época moderna. Su agudeza detectó en seguida la novedad de aquel profesor alemán llamado por Pablo VI de manera inusitada a guiar la diócesis de Munich. Así se enhebra la historia.

Seewald describe de forma magistral la impostura que transformó la imagen del joven y prometedor teólogo progresista en la del cardenal de hierro, el intelectual distante y siempre a la defensiva. Ratzinger frente a su falsa sombra proyectada por los medios, una espina que llevará clavada incluso tras su renuncia al pontificado. Sabe bien que la condición del cristiano no puede ser cómoda en la historia, pero en medio de las tribulaciones siempre es posible experimentar la bondad de Dios. 

Desde sus primeras lecciones en la universidad a sus viajes papales, en sus encíclicas o en su impagable Jesús de Nazaret, siempre ha buscado sacar a la luz el auténtico núcleo de la fe para devolverle su fuerza y dinamismo en un mundo cuya sed ha conocido e interpretado como pocos. Siempre se quitó importancia, pero es verdad que su gran legado es un eslabón en la cadena viviente de la Iglesia. «Como usted sabe, mi amistad con el Papa Francisco es cada vez más profunda».