Ignacio se presentó en Sotillo a ver de qué iba la Pascua. No sabía bien ni a qué iba, ni si resistiría hasta el fin, es decir, hasta el Domingo de Resurrección. Era un joven como muchos, sin motivación para hacer el bien y cayendo en picado en el abandono más absoluto. A pesar de la fe recibida, esta era escasa; a pesar de la esperanza puesta en él, no parecía haber salida; a pesar de tanto cariño de los padres y hermanas, nada era suficiente, como para muchos de nuestros jóvenes, educados en familias cristianas y metidos hasta las cejas en un mundo de falsas promesas.

Han sido muchas cosas las que han corrido la piedra de su tumba. La acogida de las hermanas, de los otros jóvenes, de los adultos que compartían cada día la escucha de la Palabra y del Pan… Han sido las Santas Liturgias, con su belleza sencilla y verdadera –¡la belleza nunca puede ser falsa!–, con su hondura de fe y de gracia, con su valor como memorial… han sido las palabras con las que las hermanas han ido acompañando el paso del Señor, han ido alumbrando los pasajes oscuros por los que pasó Él, y pasan muchos hombres y mujeres, y pasamos nosotros; han sido los niños con sus juegos pascuales y su inocencia abriéndose a la vida de Jesús, descubriendo la Vida de Jesús, aprendiendo a amarle… Pero, lo que terminó de correr la piedra fue la valentía de Rut.

Rut dio testimonio de cómo una vida desgraciada por buscar siempre la inmediata satisfacción, y la caída inevitable en las cosas que eso conlleva, habían sido regeneradas por una mirada. En Castelgandolfo sintió, mientras apoyaba el sueño y la desgana en el asfalto de esa ciudad, que el Papa Benedicto XVI, desde su ventanal abierto al mundo, había fijado su mirada en ella. De entre todas las personas allí presentes, ella se sintió mirada, y esa mirada le hizo volver. Escuchando a Rut, Nacho supo que él también podía volver porque se había encontrado cara a cara con Jesús. Así se fue de nuestra Comunidad, al final de Pascua, también tocado por la mirada del Resucitado. Y la losa de la tumba se abrió dejando pasar la Luz, la Vida, la Gracia.

Madre Prado González Heras
Priora del monasterio de la Conversión. Hermanas Agustinas