Servicio Jesuita a Refugiados: «Hay que salir de nuestra zona de confort para construir la paz» - Alfa y Omega

Servicio Jesuita a Refugiados: «Hay que salir de nuestra zona de confort para construir la paz»

ENTREVISTA / La parroquia Santa María del Buen Aire, de Moratalaz, celebró el domingo 24 de enero una mesa redonda para conmemorar la Jornada Mundial de la Paz en torno al mensaje del Papa Francisco para la jornada, titulado Vence la indiferencia y conquista la paz. En ella intervino Elías López, sacerdote jesuita consultor del Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) en el ámbito de la reconciliación. Elías habla para Alfa y Omega sobre la necesidad de «salir de nuestra zona de confort para construir la paz»

Alicia Gómez-Monedero

¿Qué importancia tiene que se celebre la Jornada Mundial de la Paz?
Mirando el panorama internacional, con tanto conflicto en todas partes, es muy importante sensibilizar con la paz, que además es central en la vida del cristiano y ha sido también una de las banderas del nuevo Papa. A nivel nacional estamos viviendo el tema de refugiados que hablan de los conflictos que ya no nos quedan tan lejos y que afectan a todos globalmente. Esta es una llamada a estar atentos, a tener esa mirada de construcción de paz y reconciliación, con el aporte cristiano que es la experiencia del perdón, aunque esa experiencia de perdón no sea exclusiva de la tradición cristiana pero sí es algo -como el papa Juan Pablo II decía- que las religiones tienen que aportar a los procesos de paz. Me parece que es una forma responsable y bonita que los cristianos pueden vivir en el ámbito familiar, laboral, social y así podamos contribuir con nuestro granito de arena a que el mundo sea más pacífico desde esa experiencia de perdón que Jesús nos dejó como herencia.

El mensaje del Papa Francisco para este año es: vence la indiferencia y conquista la paz, ¿qué tiene que ver la indiferencia para conquistar la paz?
Vencer la indiferencia es implicarte, porque esto tiene que ver con cada uno. En la medida en que uno sale de su zona de confort y aporta lo que tiene, y todos hacemos lo mismo, podremos construir la paz. En España consiste en intentar que desde las familias y sobretodo en la educación, desde pequeñitos, vayamos aprendiendo a trabajar nuestras emociones de forma pacífica, a trabajar nuestras percepciones de incompatibilidad de o tú o yo, en que podamos ir aprendiendo a que es posible que seamos tú y yo al mismo tiempo. Y esto empieza en el ámbito familiar, sigue en el ámbito escolar y después sigue en otros ámbitos sociales. No se trata de vencer la indiferencia de forma voluntarista sino capacitarnos para la construcción de paz y esto es mojarse. No ser indiferentes pasa por capacitarnos para la experiencia del perdón, tanto para darlo como para pedirlo.

¿Cómo se construye desde el SJR la paz?
Pues principalmente en tres pasos. El primero es acompañar tanto a víctimas como a victimarios. Nosotros evidentemente lo hacemos más desde las víctimas porque trabajamos más con refugiados, víctimas de conflictos, desplazados internos, buscadores de asilo… entonces normalmente nuestra perspectiva es desde la víctima. Pero las mismas víctimas nos piden también trabajar con victimarios y así lo hacemos: con guerrilleros, normalmente en cárceles pero también con victimarios también fuera, o con algunos que todavía están activos, que están fuera de cárceles y están ya intentando reinsertarse en las comunidades. Acompañar las experiencias, escuchar como viven cada uno de ellos, como han ido sanando su herida para irlos capacitando y fortaleciendo.

En un segundo paso, es desde el acompañamiento, el servicio. ¿Qué necesidades tiene la comunidad o la víctima o el victimario? Intentamos responder a esas necesidades: comida, techo, educación o necesidades espirituales, que son muchas veces fundamento de la raíz de la sanción de heridas graves como ha podido ser la violación de sus derechos humanos.
La tercera forma de construir la paz es defender estos derechos para un cambio estructural a nivel legal, que se pueda reconocer también el daño que se ha hecho y la reparación que ello implica. Tiene que haber un cese de las hostilidades y desde ahí crear todo un aparato legal de protección de derechos humanos para que no vuelva a repetirse la impunidad.

Siempre que pensamos en guerra, pensamos en los países que sufren la violencia de un conflicto armado, pero en nuestro país, que no tenemos ninguna guerra física, ¿tenemos necesidad de paz?
Claro que sí, la paz empieza en el propio corazón, en la reconciliación de las heridas que uno tiene empezando por las heridas familiares. Todos tenemos alguna herida, de un tipo u otro, más o menos consciente, que está influyendo en nuestra vida, no solamente familiar, si no que está influyendo en nuestra vida laboral, social y nos hace más o menos felices. La felicidad que Dios sueña para todos nosotros pasa por sanar esas heridas que son de reconocimiento, fundamentalmente, de sentirnos o no apreciados, de que la gente nos quiera o nos rechace. Todos estamos ahí de algún modo u otro y tenemos heridas de ese tipo y cómo toquemos esas heridas, si las tocamos de forma sana o de forma insana, producirá que las relaciones sociales sean más o menos pacíficas en el sentido profundo de la palabra. Serán relaciones que den vida en abundancia o que que por el contrario estén medio vivas. Muchas veces en el silencio hay conflictos que no sabemos como abordar y que pueden llevar, por ejemplo, a la conflictividad laboral, en la oficina con los compañeros. Eso determina también la calidad del trabajo y el clima laboral.

A nivel político, en España, tenemos un ejemplo claro de la necesidad de construir esta paz. Los grupos políticos deben ponerse de acuerdo para formar gobierno y estamos viendo la conflictividad tan enorme se vive, la violencia verbal que se usa y que no ayuda al ciudadano, ni a la política, ni a la economía, no ayuda en absoluto. Es necesario regenerar el tejido social, lo que también tiene que ver con la paz social que todos vamos buscando a través de la democracia y una democracia justa con reparto de la riqueza. El Papa ha hablado muchas veces de que el incremento de desigualdad es una violencia estructural que vivimos en el día a día en nuestra sociedad desarrollada.