«Sin oración no se puede ser discípulo de Jesús; no podemos ser cristianos» - Alfa y Omega

«Sin oración no se puede ser discípulo de Jesús; no podemos ser cristianos»

Durante la audiencia general, el Papa ha reflexionado sobre el Espíritu Santo y la fuerza de Dios, que «elige lo que en el mundo es débil para confundir a los fuertes»

José Calderero de Aldecoa
Foto: REUTERS/Yara Nardi

Viento impetuoso, fuego, sinfonía de sonidos… El Papa ha lanzado numerosas imágenes mentales durante la audiencia general para explicar los efectos de la llegada de Dios y del Espíritu Santo a nuestras vidas.

Como condición previa, Francisco ha subrayado la importancia de la oración: «Es el pulmón que  hace respirar a los discípulos de todos los tiempos; sin oración no se puede ser discípulo de Jesús; sin oración no podemos ser cristianos. Es el aire, es el pulmón de la vida cristiana».

Precisamente, «los Apóstoles son sorprendidos por la irrupción de Dios» mientras se encuentran «reunidos en oración». Entonces, llega la explosión de fuerza. Primero, en forma de «ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde se encontraban», y después como fuego, que en la tradición bíblica también acompaña a la manifestación de Dios.

Los efectos se notan de forma muy gráfica en Pedro. «Su palabra, débil e incluso capaz de negar al Señor, atravesada por el fuego del Espíritu toma fuerza, se vuelve capaz de atravesar los corazones y moverlos hacia la conversión. En efecto, Dios elige lo que en el mundo es débil para confundir a los fuertes», ha dicho el Pontífice.

También se nota en quienes escuchan a los Apóstoles, que lo hacen «cada uno en su propia lengua». En el fondo, «es el lenguaje de la verdad y del amor, que es la lengua universal: incluso los analfabetos pueden entenderla. Todos entienden el lenguaje de la verdad y del amor. Si vas con la verdad en el corazón, con la sinceridad, y vas con amor, te entenderán todos. Aunque no puedas hablar, pero con una caricia, que sea verdadera y amable».

Antes de concluir, el Santo Padre ha definido al Espíritu Santo como «el artífice de la comunión. Es el artista de la reconciliación que sabe eliminar las barreras entre los judíos y los griegos, entre los esclavos y los libres, para formar un solo cuerpo». Tiene «el poder de humanizar y fraternizar todo contexto, a partir de aquellos que lo reciben». Por otro lado, «hace que la Iglesia crezca, ayudándola a ir más allá de los límites humanos, de los pecados y de cualquier escándalo».