San Juan de la Cruz: sed de Infinito - Alfa y Omega

En tiempos de zozobra e incertidumbre, la privilegiada conciencia del misterio y la extrema lucidez de los místicos puede venir en nuestra ayuda. La particular concepción de la fe de san Juan de la Cruz (1542-1591) hizo de su poesía una «metáfora de su resistencia y de su excepcionalidad», como explica Andreu Jaume en la presentación de la nueva e imperdible edición que Lumen ha publicado del Cántico espiritual, en maravillosa edición comentada de Lola Josa. Juan de Yepes, en su nombre seglar, pergeñó esta pieza inmortal en una oquedad de seis pies de ancho y unos diez de largo, con un respiradero de apenas tres dedos, donde estuvo encarcelado durante nueve meses en un espacio a todas luces insalubre: «Lo apresaron en Ávila, donde era confesor y vicario de las descalzas del monasterio de la Encarnación», nos cuenta Josa, donde, transido de una vocación pedagógica inexcusable, «enseñaba a leer y a rezar a los niños del barrio de Ajates, e incluso ejercía de padre espiritual de quienes lo necesitaban y pedían». Fray Juan vivió aquel periodo de encierro a pan y agua, y redactó la obra maestra de nuestra mística gracias a la bondad de su segundo carcelero. 

Tras su huida, las descalzas de Toledo lo acogieron y cuidaron. Su vida fue siempre la de una búsqueda: la de una extraña y rica soledad «que diera cuerpo al Espíritu desde el recogimiento, la oración y el silencio», comenta Lola Josa, y no dudó en encarecer sus normas de vida en pos de la abstinencia y de esa misma soledad, que no fue sino el intento de transitar los caminos hacia lo Inaccesible, hacia lo Absoluto. En esta renovada edición, su editora rastrea las inagotables ansias intelectuales y religiosas de Juan a la hora de embarcarse, por magisterio de fray Luis de León, en las lenguas originales de la Biblia, para encontrar así sus raíces hebraicas, que el pupilo descubrió en sus años de estudio en la Universidad de Salamanca: «La mística de san Juan es la expresión de la experiencia de ese saber», concluye Josa. Este cántico se halla transido de esa consciencia de la relevancia de lenguaje y nos sumerge, como casi ningún texto místico, en la sed de Infinito, en el ahínco por dar con el alimento adecuado del alma. Una oportunidad incomparable para transitar los senderos que conducen hacia lo Desconocido que, sin embargo, se nos hace tan familiar.