San José, el cuarto mandamiento y Confucio - Alfa y Omega

A propósito de la fiesta de san José pensaba en la relación que en España y en los territorios que han sido cristianos tenemos con nuestros padres, nuestros mayores y nuestras autoridades. San José me remitía al cuarto mandamiento de la ley de Dios: «Honrarás a tu padre y a tu madre».

El cuarto mandamiento en el siglo XVI español

Y me venía a la cabeza un texto del monje jerónimo, confesor real y primer arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera (c. 1428-1527). Está contenido en el catecismo la Breve y muy provechosa doctrina (Granada, c. 1496) que hizo publicar para la evangelización del caído Reino Nazarí. A lo largo del siglo XVI se utilizó para enseñar a leer a los niños del Reino de Granada, de Castilla y en los primeros tiempos de la conquista-evangelización de las Antillas y el continente americano. Así lo demuestran las diferentes ediciones que se hizo de este catecismo por toda la Península Ibérica. Catequización y primeras letras iban unidas, con lo que la evangelización elevaba siempre en nivel cultural.

En concreto me refiero al comentario que el fray Hernando realiza cuando va explicando los mandamientos. Cuando comenta el cuarto mandamiento escribe lo siguiente:

Honrar a los padres espirituales y temporales y a todos los parientes mayores; y administrar bien a los menores y proveer a los unos y a los otros en sus necesidades, antes que a los extraños. Si fueren difuntos, ayudarles con oraciones y otros beneficios en especial si tienen algún cargo de ellos.

Si tenemos en cuenta la influencia de fray Hernando, como he explicado, este texto se lo sabrían de memoria todos los niños en el siglo XVI en Castilla, Granada y América. Y muy especialmente entre la nobleza castellana, además de la Reina Isabel, de la que fray Hernando fue su «padre espiritual». También lo fue de la Teresa Enríquez (1450-1529), que a su vez influiría en un joven llamado Íñigo de Loyola (1491-1556). Y estos niños que leyeron este texto fueron los futuros misioneros en China, como por ejemplo el agustino Martín de Rada (1533 – Mar de la China, 1578), el dominico Juan Cobo (1547 – Formosa, 1592) o el jesuita Diego de Pantoja (1571 – Macao, 1618), por poner solo algunos simbólicos ejemplos.

Confucio y la piedad filial

Cuando los misioneros españoles llegaron a China conocían bien el significado del cuarto mandamiento pues había servido tanto para su formación religiosa como para el conocimiento de sus primeras letras.

El contexto cultural que se encontraron al desembarcar en China a partir del siglo XVI estaba marcadamente influenciado por la doctrina del Maestro Kong o Kongzi, latinizado lo conocemos como Confucio (551 a. C. – 479 a. C.). De manera especial por su concepción de la «Xiao» o piedad filial. La «Xiao» se unía a otros cinco pilares fundamentales derivados de su enseñanza: el cumplimiento del deber, la armonía social, el altruismo, la tolerancia y el respeto mutuo. La doctrina confuciana se encuentra en sus cuatro libros: Gran saber o la Gran enseñanza («Daxue»), la Doctrina de la medianía o Justo medio («Zhong Yong»), las Analectas («Lunyu») y el Libro de Mencio («Mengzi»).

Las Analectas recogen sentencias del propio Confucio o diálogos con sus discípulos recopiladas por estos tras su muerte y se constituye en la fuente principal de su pensamiento. Durante la dinastía Han (206 a. C. – 220 d. C.) fueron asumidas por el Imperio como su base moral. Entre estas enseñanzas encontramos la doctrina de la piedad filial. Así en este libro podemos leer: «Pocos son los que tienen las virtudes de piedad filial y amor fraternal y que, al mismo tiempo, gustan de ofender a sus superiores (…). La piedad filial y el amor fraternal son el origen de todas las acciones benevolentes» (Libro I, 2); «Un joven debe tener piedad filial cuando esté en su casa y ser fraternal con los demás cuando está fuera, debe ser diligente y sincero, desbordar de amor por todos y amar con más dedicación a los que poseen la virtud de la benevolencia» (Libro I, 6); «Mientras está vivo el padre de alguien debe observarse la voluntad de este. Cuando el padre muere, observaremos su conducta. Si durante tres años no se aparta en sus actos del camino trazado por su padre, podremos decir que tiene esta piedad filial» (Libro I, 11).

Y destacamos lo expuesta por Confucio en el Libro II, 5:

«Confucio le respondió que la piedad filial consistía en no ir contra los deseos de los mayores (…). Me ha preguntado en qué consistía la piedad filial y yo le he respondido que consiste en no contrariar a los padres (…). Mientras que viven, hay que servir a los padres con corrección, que con corrección hay que enterrarlos cuando mueren y que, con la misma corrección, hay que celebrar los sacrificios en su memoria».

La enseñanza de Confucio arraigó en China, como demuestra el Clásico de la Piedad Filial («Xiaojing») redactado por uno de sus discípulos, Zengzi (505 a. C. – 437 a. C.), que se estudia y se lee hasta la actualidad. En el capítulo primero podemos leer textos como este: «El Maestro Confucio dijo: la piedad filial (los deberes de los hijos hacia los padres) es la fuente de la que manan todas las virtudes y también el punto de partida de toda la educación (…). El primer deber de un hijo es poner atención a todos los deseos de sus padres. El siguiente es servir a los gobernantes con lealtad; y el último establecer una buena reputación para sí mismo».

El cuarto mandamiento, los misioneros y Confucio

He presentado solo algunos ejemplos de la doctrina sobre la piedad filial propugnada por Confucio y sus discípulos con los que se encontraron los misioneros españoles a su llegada a China. Como podemos ver tienen una doble dimensión tanto personal como también de orden político y social.

Tenemos que tener en cuenta que esta doctrina se mantiene hasta el presente. Es por tanto normal, que, por ejemplo, se encuentren pequeños «altares» en las entradas de las casas donde se queme incienso a los ancestros y que se les hagan ofrendas, pues «hay que celebrar los sacrificios en su memoria». Dicho sea de paso, nosotros encendemos velas en las iglesias como ofrenda de oración, si somos creyentes, o encendemos velas antes sus fotos o efigies en su memoria.

Tampoco esta doctrina confuciana se aleja mucho de la expuesta en el catecismo de la Iglesia Católica (Roma, 1992) sobre el cuarto mandamiento. Señalo solo algunos números: «Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar» (n. 2251); «El deber de los ciudadanos es cooperar con las autoridades civiles en la construcción de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad» (n. 2255).

Creo que los textos que he recogido sobre el amor y el cuidado a los padres o piedad filial —¡trasciende a su muerte!, no lo olvidemos—, escritos tanto en España como en China, nos ayudan a entender la razón por la que los misioneros adoptaron tan rápidamente las costumbres chinas sobre los ancestros en su actividad misionera y en otros lugares de Oriente. ¿Realmente en este punto son concepciones tan alejadas? Y también nos sirven para comprender en algún sentido algunos aspectos de la «controversia de los ritos» en China, pero esto para otra ocasión.

Si quieres saber más sobre todo esto te recomiendo la lectura: Blas Sierra de la Calle, «Confucio y la piedad filial»: Estudio Agustiniano, 59 (2024) 621-666 —lo puedes leer fácilmente por Internet— y que cuando puedas visites el Museo Oriental de Valladolid.

¡No olvidemos el cuarto mandamiento que nos recuerda la «Xiao» o piedad filial! ¡Feliz fiesta de san José a todos!