Aupada en las últimas semanas al podio de las producciones más vistas de Netflix, Salvador es una serie excesiva, en la que hay más trepidación que pausa y más trazo grueso que fina delineación. Nos cuenta la historia de un médico, exalcohólico y ludópata (Luis Tosar, que siempre borda papeles como estos) y que ahora es conductor de ambulancias y trata de restañar las heridas que hay en la relación con su hija Milena (Candela Arestegui), quien para colmo de males anda coqueteando con una banda de nazis.
Cabría pensar que entre Aitor Gabilondo y Daniel Calparsoro sería suficiente para armar una propuesta sólida. Por desgracia, nada más lejos de la realidad. En ocho capítulos, de unos 45 minutos cada uno, la serie nos ofrece una dosis tras otra de adrenalina y una retahíla de personajes estereotipados donde no hace falta que les diga cómo es el empresario, cómo de corrupto es un policía, quiénes son los medio buenos y quiénes son fachas del todo.
Una ocasión perdida y una pena, porque había materia prima para haber tejido otra trama, más sutil, algo menos ensordecedora y con más claroscuros. Todo ello es compatible con el hecho de que fuera un digno producto de entretenimiento. Porque si todo lo supeditamos a ese sobresalto desaforado y a ese trazo en el pincel, hasta el nombre de Salvador termina por resultar pretencioso, porque a la postre no resulta creíble y no puede ni salvarse a sí mismo del naufragio casi generalizado. Hay momentos en los que parece querer imitar a The Pitt, una de las series de moda, o de emular esa tensión asfixiante que aparece cuanto todo son urgencias en los entornos hospitalarios, pero ni por esas. Por salvar, de verdad, a alguien, Leonor Watling está muy bien en un papel secundario y el oficio de Luis Tosar es innegable. Por lo demás, sálvese quien pueda de perder el tiempo.