Recapacitar y convertirse

Daniel A. Escobar Portillo
El Señor quiere advertir a quienes viven instalados en su propia seguridad que es necesario buscar constantemente el cambio de vida. Foto: Efe / Ernesto Guzmán Jr.

En este y en los próximos domingos la liturgia nos propone varias parábolas en las que se muestra la creciente tensión entre Jesús y los sacerdotes y ancianos de Israel. El Señor quiere, por una parte, subrayar el carácter universal de la salvación de Dios y, por otra, advertir a quienes viven instalados en su propia seguridad de que es necesario buscar constantemente la conversión al Señor y el cambio de vida. Tanto para los oyentes del Señor como para los del evangelista Mateo y para nosotros, la parábola propuesta para el domingo que viene supone una llamada clara a volverse al Señor, reavivando el deseo de cumplir la voluntad del Padre, no simplemente con palabras, sino con hechos; no en la apariencia, sino en la realidad.

Sin duda, la crítica de Jesús hacia los jefes de Israel no tiene como causa la contravención externa de los principios religiosos de este pueblo. Precisamente, los dirigentes suelen distinguirse por su férrea, escrupulosa y hasta exagerada observancia de la ley. Sin embargo, el cumplimiento legalista no es suficiente, y podría incluso ser un obstáculo para realizar la voluntad de Dios, especialmente si se fundamenta en una apariencia externa. Esta práctica tiene además un límite: la clasificación a priori de las personas. Para muchos judíos era evidente que, por pertenecer al pueblo escogido por Dios, estaban destinados a la salvación. Y esta afirmación tiene parte de verdad. El problema surge entre quienes piensan que ser israelita y cumplir preceptos externos significa de modo automático estar salvado; o, lo que es peor, que no pertenecer a ese pueblo implica verse excluido de la predilección de Dios. Incluso dentro de los judíos existían numerosas clasificaciones de personas, en función de si se presumía que cumplían o no los mandatos del Señor.

Es evidente que Jesús quiere superar la barrera supuestamente insoslayable que separaba a buenos y malos, y hablar con firmeza contra el orgullo y la autosuficiencia de quienes se creían impecables. Con todo, no es la primera vez que esta corrección aparece en la Biblia: de hecho, la primera lectura del domingo afirma explícitamente que si el malvado «practica el derecho y la justicia […], recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá». Así pues, todos hemos sido llamados a la salvación y nadie está abocado irreversiblemente al pecado permanente.

Modelo de humildad

Con la finalidad de comprender, de una parte, la predilección de Jesús por los pecadores que se convierten y, de otra, la disposición necesaria para acoger el don de la salvación, es iluminador recurrir a un término que se repite este domingo en la Palabra de Dios: la humildad. Además de la humildad necesaria para recapacitar y convertirse, como señala la primera lectura, en el salmo responsorial escuchamos la súplica confiada de quien reconoce que el Señor «hace caminar a los humildes con rectitud, enseña sus caminos a los humildes».

Pero es, sobre todo, en la segunda lectura, del apóstol san Pablo a los filipenses, donde se nos llama a tener los sentimientos propios de Cristo. En este conocido himno aparece como tema central la frase: «Se despojó de sí mismo»; así como la consecuencia de ese vaciamiento de quien es de condición divina: «Se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte». Es precisamente este cumplimiento de la voluntad del Padre el que se ensalza en la parábola. Y san Pablo nos ofrece el camino: no obrar por rivalidad ni por ostentación, considerar a los demás superiores a nosotros o buscar el interés de los demás. Si observamos cuanto nos enseña san Pablo tendremos un corazón dispuesto para el arrepentimiento y la fe.

Es lo que ocurre con los publicanos y las prostitutas que aparecen en el Evangelio. No van por delante de los sumos sacerdotes y ancianos en el Reino de Dios por haber sido pecadores, sino por haber creído en la predicación de Juan y haber cambiado de vida.

26º domingo del tiempo ordinario / Evangelio: Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».