«Los mandó a la viña»

Daniel A. Escobar Portillo
‘Parábola de los trabajadores de la viña’ de Andrei Nikolayevich Mironov. Casa Central de los Artistas, Rusia.

Continuando con las parábolas en las que Jesús explica cómo es el Reino de los cielos, este domingo el Evangelio nos presenta a Dios como al propietario de una viña a la que nos invita a trabajar. Con ello descubrimos una vez más que el Señor ha querido acercarse al hombre hasta tal punto que ha querido contar con nosotros como colaboradores en su tarea de salvación. Una de las impresiones que causa una primera lectura de este pasaje puede ser el desconcierto al descubrir que la lógica de Dios no se corresponde con la nuestra, pues los planes de Dios no siempre se corresponden con los nuestros, tal y como señala la primera lectura, del libro de Isaías. Un segundo factor que interviene en esta parábola, y que en este año hemos visto a menudo, es el paso del tiempo como ocasión de salvación. A través de la presentación de una escena idéntica en varios momentos del día, Jesús nos muestra que mientras vivimos tenemos la oportunidad de que el Señor entre en nuestra vida de un modo nuevo; asimismo, no podemos pensar nunca, por una parte, que hemos sido olvidados por Dios o, por otra parte, que el Señor considera a determinadas personas incapaces de beneficiarse de su salvación.

Estaban sin trabajo

Produce cierta tristeza en la parábola la imagen de quienes aparecen parados, sin trabajo: «Nadie nos ha contratado». La acción del dueño de la viña de incorporarlos al grupo de sus jornaleros sirve para entender varias cuestiones. La primera es que Dios no quiere dejar a nadie fuera de su salvación. El Señor no deja de buscar a nadie, independientemente de la situación en la que se encuentre, por muy difícil que sea o por mucho tiempo que haya pasado. Se está anunciando de esta manera la universalidad de la salvación. La segunda es el modo en el que aparece la misericordia divina. El Señor no pide explicaciones a quienes han sido descartados por otros propietarios para trabajar. No indaga en los antecedentes de las personas con las que se encuentra, no le importan las causas objetivas o subjetivas que han impedido hasta ahora ponerse a trabajar. En definitiva, la actuación de Dios supera un modo de razonar meramente humano y calculador.

Ajustados en un denario

El punto más llamativo de la parábola es la reacción de quienes han sido contratados a primera hora al comprobar que van a recibir el mismo salario que los que han sido llamados al final del día. En efecto, desde el punto de vista de la justicia distributiva, a más trabajo correspondería mayor ganancia. Sin embargo, el planteamiento de Jesús en la parábola no se detiene en un razonamiento económico, sino que fija la atención en cómo se realiza la salvación de Dios. El denario que reciben todos por igual significa la vida eterna a la que todos estamos llamados a disfrutar tras trabajar el tiempo que haya sido en la viña del Señor. Puesto que san Mateo escribe el Evangelio a cristianos procedentes del judaísmo, está señalándoles que también los incorporados a la fe desde el paganismo han sido escogidos por Dios para participar en la vida nueva que Él les ofrece. Por otros episodios evangélicos conocemos la dureza del Señor ante quienes se creen justos y la cercanía con aquellos que, viviendo en una situación de pecado, se muestran abiertos a abrirse a la misericordia divina. La autoinvitación de Jesús a comer en casa de Zaqueo, la parábola del fariseo y el publicano, o el perdón a la pecadora pública nos dan sobrada cuenta de ello. Y es que frente al límite humano, en todos los sentidos, cuando el hombre es capaz de reconocer el amor ilimitado e incondicional que procede de Dios, es capaz de superar la propia finitud; al mismo tiempo, quien recibe amor, perdón o misericordia sin límites podrá transmitir a los demás sin cálculo aquello que ha recibido.

26º domingo del tiempo ordinario / Evangelio: Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido». Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña». Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.

Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».