Perdonar la ofensa al prójimo

Daniel A. Escobar Portillo
El perdón a los demás no tendría sentido si no estuviera unido a la conciencia de la necesidad de ser perdonados por Dios. Foto: EFE / Juan Carlos Cárdenas

Probablemente, la asociación más inmediata que realiza nuestra mente al oír hablar del perdón hacia los demás surge de la oración que el Señor nos ha enseñado y que todos los cristianos hemos aprendido desde bien pequeños. El «perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden» aparece en nuestra vida como algo que nos permite confiar en la permanente misericordia de Dios, pero que, al mismo tiempo, implica una tarea por nuestra parte.

Un perdón sin límite

El pasaje evangélico de este domingo se desarrolla a partir de una pregunta clave que Pedro formula a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Tal y como sabemos al acercarnos al Antiguo Testamento, y en particular por la primera lectura de la liturgia de este día, la llamada al perdón del hermano aparecía como uno de los puntos más reiterados en la Palabra inspirada por Dios. En efecto, en ella encontramos una insistente llamada al perdón de las ofensas del prójimo y se asegura que Dios nos perdona, siempre y cuando nosotros seamos capaces de perdonar. Para reforzar esta realidad, el libro del Eclesiástico señala que «rencor e ira también son detestables» y que «el vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados».

Sin duda, la pregunta por el perdón a los demás no tendría sentido si no estuviera unida a la conciencia de la necesidad de ser perdonados por Dios. Por lo tanto, el perdón debe ser visto como el vínculo que nos une con Dios y con nuestros hermanos. Cuando Pedro plantea al Señor el número siete como límite de perdón, ya está siendo generoso, ya que esa cifra estaba asociada a perfección y totalidad. Sin embargo, al responder Jesús «hasta 70 veces siete» está yendo más allá, reforzando la idea de un perdón sin límite, exactamente como es el amor que Dios ofrece a los hombres. Más de un número concreto, aunque sea elevado, el Señor nos quiere hacer ver que el perdón ha de ser absoluto.

La compasión de Dios

Siguiendo el modo que Jesús tiene para revelarnos cómo es el Reino de los cielos y Dios mismo, el Señor narra una parábola en la que inmediatamente se identifica al rey de la narración con Dios Padre. Aplicando criterios de justicia, el criado no podría quedar liberado hasta que no pagara los 10.000 talentos, una deuda imposible de pagar en la práctica. ¿Qué es lo que mueve al rey a condonar la gran deuda? La compasión ante la súplica sincera del criado. Con esta enseñanza podemos comprender cómo es el corazón de Dios: un corazón que, en primer lugar, escucha al hombre afligido cuando lo llama y le pide auxilio; un corazón que es tremendamente misericordioso y que no deja jamás sin respuesta a quien ha puesto su confianza en Él. Por el contrario, Jesús nos previene en la segunda sección de la escena ante la cortedad y falta de misericordia que tantas veces rigen la relación entre las personas.

Jesucristo como ejemplo

Una de las tentaciones que con más fuerza se puede presentar en nuestra vida es la de pensar que no somos capaces de perdonar, ya sea por la magnitud de la ofensa recibida, ya sea por la dificultad de olvidar a la persona o la situación concreta que aún nos inquieta. La solución ante esta doble limitación pasa siempre por levantar la mirada hacia el Padre eternamente misericordioso y tratar de imitar a Jesucristo, quien con sus enseñanzas y su propia vida nos muestra que lo que parece imposible al hombre no lo es para Dios. La parábola del hijo pródigo, el encuentro de Jesús con la mujer pecadora o la escena de Jesús perdonando a sus verdugos poco antes de morir han servido a muchos cristianos a lo largo de los siglos, especialmente a los mártires, a poder perdonar sin condiciones al encontrarse en situaciones similares a las que Jesús nos muestra en el Evangelio.

24º domingo del tiempo ordinario / Evangelio: Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta:

«No te digo hasta siete veces, sino hasta 70 veces siete. Por esto, se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía 10.000 talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía 100 denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».