Rabina experta en diplomacia religiosa: «Esta hace el trabajo que la diplomacia política no consigue»
«Cuando los conflictos políticos son cooptados por discursos de fundamentalismos religioso los titulan «religiosos»», denuncia Silvina Chemen
La rabina argentina Silvina Chemen es referente internacional en diálogo interreligioso, derechos humanos y convivencia social. Habla este jueves en O_Lumen sobre Conflicto y religión: más allá de la confrontación, organizado por los Focolares con la colaboración de Ciudad Nueva y la Fundación Igino Giordani
—Aunque muchos líderes religiosos llamen a la paz y denuncien el uso del nombre de Dios para legitimar la violencia, no se puede ignorar que bastante conflictos tienen, al menos en apariencia, un elemento religioso. ¿Cómo abordar esta contradicción?
—Deberíamos distinguir entre lo que las tradiciones proponen y cómo algunos líderes en los extremos toman las manifestaciones religiosas para fundamentar sus hechos de violencia, persecución e incluso aniquilamiento del otro. Si las identidades se constituyen definidas por un otro que no soy yo y que representa una amenaza la gente es fácilmente manipulable.
—Oriente Medio, donde conviven las tres grandes religiones monoteístas, se presenta a veces como el gran ejemplo de conflicto religioso.
—Cuando se habla de conflicto entre religiones se piensa casi exclusivamente en lo que sucede en Oriente Medio, cuando en otras latitudes existen conflictos por aparentes causas religiosas, como la matanza de comunidades cristianas en África. Y eso también es una agenda. También hay un uso político de la frase «conflicto de religiones». Pero no se ve mucha prensa hablando de ello. Hablemos, y hablemos de todo.
De acuerdo a la opinión pública el conflicto en Oriente Medio es entre judíos y musulmanes; pero en realidad es entre los extremos de quienes gobiernan Israel y de un grupo terrorista que gobierna la Franja de Gaza y otro en el sur del Líbano. No es un conflicto entre pueblos o entre religiones. Se ha secuestrado el propósito de las religiones para fines espurios.
—¿Qué quiere decir?
—Cuando los conflictos políticos con intereses políticos y económicos son cooptados por discursos de fundamentalismos religioso los titulan «conflictos religiosos». Las religiones nacen con una base común que es el amor al prójimo pero son usadas por los liderazgos belicistas para fundamentar, diría que casi románticamente, el motivo de su política de aniquilamiento al otro.
Ocurre cuando una expresión muy hermosa del islam, «Allahu akbar» (Dios es el más grande) —algo que compartimos todas las religiones—, se transforma en una proclama que habilita en nombre de «Dios» la violación de mujeres o la aniquilación de bebés; como si fuera la antesala de lo que hacen los terrorismos islámicos. Entonces está sufriendo también el islam como propuesta de fe. Y el mundo compra un sintagma que identifica islam y terror.
—Frente a esto, ¿qué aportan las religiones como antídoto?
—Las religiones hoy tienen que volver a poner en agenda sus principios fundamentales como valor de resistencia y de esperanza para la gente común. La diplomacia religiosa muchas veces hace el trabajo que la diplomacia política no consigue, y que anticipa que esta tenga alguna posibilidad.
A través del encuentro de congregaciones y autoridades religiosas de distintos credos, trabajamos desde hace años para proteger el bien común, la solidaridad y la misericordia, el próximo como valor indiscutible de la presencia de Dios en la tierra. Son los vínculos entre pueblos con diferentes confesiones los que a veces hacen el trabajo que la política belicista de este tiempo no está pudiendo hacer.
—¿Puede poner algún ejemplo?
—Después del 7 de octubre del 2023 con la masacre de Hamás al sur de Israel y todo lo que sucedió luego se hizo una reunión que se llamó Cumbre Internacional de Autoridades Religiosas en Indonesia, con todos los líderes religiosos que estamos nucleados en el R20, el G20 de las religiones. La idea era sentarnos a conversar cuando nadie se hablaba con nadie y en un país donde las manifestaciones contra los judíos eran fuertes.
Poner el cuerpo, llorar juntos, escuchar la narrativa propia y del próximo, complejizar la mirada a través del amor y el respeto, que es lo que proponen las religiones, hace que se puedan plantear perspectivas que no sean el odio al otro.
—¿Complejizar la mirada?
—Hoy nuestra mirada está bastante sesgada por algoritmos que comunican en frases cortas, concisas y absolutas. Cuando alguien me conoce y me quiere y digo que soy judía, uf. El sesgo salta de judía a israelí, a Netanyahu, a la guerra, a «free Palestine». Hay que complejizar el atajo que hace que uno crea que conoce al otro por su religión. Tenemos muchas identidades. Yo soy argentina, nieta de sirios, judía, rabina, esposa y madre, pianista. Solo se complejiza con el mutuo conocimiento, con tiempos, espacios y políticas públicas para hacer que el otro tenga un espacio en mí. Se propone animar a buscar otras narrativas, descubrir que somos herederos de memorias manipuladas y narrativas excluyentes.
—Usted es miembro del Consejo del Foro de Religiones del G20. ¿Qué papel juegan?
—Se intenta trabajar con los Estados la importancia de poner en agenda a los liderazgos religiosos, no como gobernación sino como cuerpo de análisis y de pensamiento sobre cómo mejorar el bienestar de la sociedad. Esto se concreta de muchas formas: reuniones preliminares, encuentros, una comunidad formal creada en el año 2022 que algunos países aceptan y otros no. El asunto es seguir trabajando. Y seguimos con acciones en paralelo. No dejamos de encontrarnos para alimentar esto y generar contenido, que además luego repercute en nuestros países.
—¿Qué más se puede aportar?
—Lo que queda por hacer es trabajar fuertemente sobre la esperanza. Y eso lo hacemos muy bien las religiones. Este momento del mundo deja a la juventud con la sensación de que no hay nada que hacer, porque está todo perdido. Nosotros trabajamos fortaleciendo en los jóvenes un sesgo de esperanza. Queda mucho por hacer en la educación: el buen líder religioso que lleva a su gente a volver a creer en la gente, a volver a elegir bien, a militar la paz como parte de la fe y fuera de los santuarios, no dentro.
La sociedad del progreso, de la globalización, nos puso a las religiones dentro de nuestros claustros. Pero el progreso llevó a esta debacle mientras que en nuestros claustros seguimos manteniendo comunidades solidaras, somos los que damos de comer a la gente en la calle, los que armamos misiones en el interior de nuestros países. Hay que volver a dar luz a eso. No somos expresión del antiguo primitivismo religioso. Somos garantía de conservación de sentido para mucha gente.