¿Quién es Lorenzo Milani?

Sacerdote, profeta de la educación olvidado y marginado. En sus escuelas no había suspensos, ni fiestas ni vacaciones… Su fin era el cambio social

Fran Otero
Foto: ©Archivio Fondazione Don Lorenzo Milani

Sacerdote, profeta de la educación olvidado y marginado. En sus escuelas no había suspensos, ni fiestas ni vacaciones… Su fin era el cambio social

Lorenzo Milani, profeta de la educación olvidado, vuelve a la actualidad gracias al Papa Francisco. El Pontífice visitará este martes su tumba para honrar su memoria en el 50 aniversario de su fallecimiento. Pero… ¿por qué fue olvidado? ¿cuál era su propuesta educativa? ¿cómo encontró la vocación sacerdotal a pesar de que vivía en una familia alejada de la religión? ¿Qué puede aportar hoy a nuestro mundo?

La historia de Milani comienza el 27 de mayo de 1923. Su entorno familiar era burgués, culto, liberal y ateo. Su padre, administraba una propiedad agrícola; su madre era hebrea no practicante. En un primer momento, no bautizan a sus hijos, pero tras los lazos que unen a Hitler con Mussolini lo hacen por miedo. También se casan ellos.

Así entre Florencia y Milán, crece don Milani, que renuncia a la universidad para embarcarse en la pintura. En ese momento, en medio de una crisis personal, aparece la figura de don Bensi, al que acompaña a visitar el cadáver de un joven sacerdote al que don Milani dice que va a sustituir.

Ingresó en el seminario, lugar no exento de problemas para el joven Milani por su independencia e integridad. Así lo cuenta Miquel Martí Solé, su biógrafo, en el último número de la revista Educar(nos), del Movimiento de Educadores Milanianos (MEM) en España: «Pidió el reglamento. Quería saber a qué a tenerse y lo observó a rajatabla; con ello puso de relieve sus deficiencias. A los ojos de sus superiores, fue un seminarista molesto».

No tan molesto como lo sería en su primer destino tras la ordenación sacerdotal, el 13 de julio de 1947, de la que se cumplirán 70 años. Fue coadjutor de San Donato, en el pueblo de Calenzano. Allí se dio cuenta de que, en la catequesis, por mucho que predicara, los niños no se enteraban de nada. Es la primera constatación pedagógica que explica Martí Soler: si no se domina la lengua, la comunicación no deja rastro alguna. Las otras tres fueron la incoherencia de sus fieles, el valor del tiempo y la necesidad de una educación política –criticaba de igual modo a la democracia cristiana que a los comunistas–. De este modo, crea la Escuela Popular de San Donato, para poseer la lengua y la coherencia, el valor del tiempo y la conciencia de clase. Todo ello en un aula parroquial.

Así se defendía ante los que, incluso dentro de la Iglesia, le afeaban su propuesta: «El fundamento de la oración litúrgica es la posesión de la doctrina. El fundamento de la doctrina es un mínimo de dominio del lenguaje, que debe distinguir al hombre de la bestia, pero sin embargo falta a una gran parte de este pueblo. Dejadme, pues, tiempo para hacer las cosas como es debido y, a partir de la gramática italiana, avanzando, avanzando, dentro de veinte años os llenaré de nuevo la iglesia; pero entonces os la llenaré de hombres fervorosos, preparados y coherentes».

El proyecto de don Milani se desmoronó con la muerte de su párroco. Se llegaron a retirar sus escritos y lo aislaron en un pequeño pueblo sin apenas servicios. Al servicio de menos de 100 personas. No se arredró y siguió trabajando.

Habla de nuevo Miquel Martí Solé: «Sus feligreses eran mucho más pobres que antes, además de ariscos y reservados. Ya tenía claro lo que tenía que hacer: escuela a todas horas. Desde el primer día hasta su muerte, dedicó todas las horas y todos los días del año a los muchachos analfabetos, de los que aprendió cantidad de cosas. Surgió la Escuela de Barbiana, sin suspensos ni fiestas ni vacaciones, con un fin muy superior al de cualquier otra escuela de Italia: el cambio social.

El legado queda expresado a la muerte de este sacerdote con una misiva que escriben sus alumnos con el título de Carta a una maestra.

F. O.