«¿Quién detiene a unas madres que buscan poner a salvo a sus hijos?» - Alfa y Omega

«¿Quién detiene a unas madres que buscan poner a salvo a sus hijos?»

Javier Bauluz, fotoperiodista con un Premio Pulitzer, dedicado fundamentalmente a los migrantes y refugiados, participa este viernes en las jornadas de agentes de pastoral y delegados de Migraciones que organiza la Conferencia Episcopal Española

Fran Otero
Javier Bauluz camina por las mismas vías que lo hacen los refugiados en Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia. Foto: Jaime Alekos

Javier Bauluz (Oviedo, 1960) es fotoperiodista, el primero de nuestro país en recibir un Premio Pulitzer. Por un trabajo en Ruanda. Y es un hombre sencillo, accesible, comprometido. Lejos de la imagen que uno se puede hacer de alguien que alcanza un galardón de esta importancia.

Por sus cámaras han pasado decenas de países, conflictos, un mar de sufrimiento, injusticias, muertos… Centroamérica, Ruanda, Bosnia, Palestina, el Chile de Pinochet o la inmigración que llega a España y Europa. Lo que mueve su obra son los derechos humanos y, por ello, en los últimos años, aunque lleva más de 20 abordando el fenómeno, ha puesto el foco en los migrantes y en los refugiados, coincidiendo con la crisis de refugiados.

–«Estaba en Kosovo, en un festival de documentales. Me llega que algo está pasando en una estación macedonia, en la frontera con Grecia. Otra periodista y yo fuimos a ver lo que pasaba. Alucinamos. Parecía una estación de tren de la Alemania nazi. Niños, abuelas, personas sin piernas… abandonados a su suerte, intentando subir a un tren de los años 50».

Era verano. Año 2015. En la estación de Gevgelija. Bauluz cayó en la cuenta de una cosa: que aquella gente que parecía salir de un agujero negro venía de alguna parte. Y ahí comenzó un viaje que se extendió durante 120 días entre agosto de 2015 y abril de 2016 y que luego publicó en un especial titulado «Buscando refugio para mis hijos» bajo el paraguas de Univision. Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria y Alemania. Caminando por las vías, dentro de un tren abarrotado –para ir de un lado a otro, había que caminar por los reposabrazos–, sintió la angustia de los refugiados, que no sabían que les iba a deparar la siguiente curva. Vivió con ellos el trato brutal de algunas fuerzas de seguridad.

–¿Y qué descubriste en los rostros de los refugiados?

–Muchas cosas. No conocía a los sirios. Conecté muy fácilmente con ellos. Son muy amables y tienen un excelente sentido del humor.

Hace una pausa y prosigue:

Foto: Nieves Sanz

–Estaban atrapados en Hungría. Su presidente había decidido parar los trenes que trasladaban a los refugiados. De repente, un hombre sirio se levantó y, grupo por grupo, les dijo que si no les dejaban ir en tren deberían ir andando.

–¿A dónde?

–A Alemania. A cientos de kilómetros. A las dos horas, 2.000 personas empezaron a caminar. Llegaron a la autopista y, respetando el tráfico, siguieron. La Policía húngara no sabía qué hacer. Ese día, que caminamos doce horas seguidas, aprendí que por muy cansado que yo estuviera, no podía pararme. Las abuelas y los niños no se detenían. Y me decía: ¿quién es capaz de parar a unas madres de poner a salvo a sus hijos?

El fotoperiodista español siguió tras esta experiencia viajando por diferentes países para documentar la acogida a los refugiados. De Alemania se fue a Holanda y de allí a Francia, Luxemburgo, el Mediterráneo y Serbia.

En el país balcánico, en la vieja estación de tren de Belgrado, se encontró con una de las más duras realidades que nos deja esta crisis de refugiados: los niños no acompañados, susceptibles de caer en manos de mafias que les explotan. «A lado de unas barracas, me encontré con un chavalín de 12 años. Solo, con una mochila, preguntando a un adulto por la estación. Me paré al lado. El adulto era un voluntario, pero podía haber sido una persona con intenciones malas. ¡Es un niño que está solo y en situación de inferioridad!», narra. Ha visto cómo la Policía húngara detiene de manera sistemática a los grupos de menores que intentan cruzar la frontera, cómo los tortura y devuelve a la vecina Serbia.

Empatía o xenofobia

En su opinión, lo que se libra hoy en Europa es una batalla entre la empatía y la xenofobia. Entre la Europa de los derechos humanos o la del fascismo: «Cuando empezó la crisis de los refugiados, los últimos meses del año 2015, se desató una ola de empatía, pero el 1 de enero de 2016 todos los europeos desayunamos con un titular que decía que las mujeres de Colonia habían sido violadas por refugiados. Eso se empezó a trasladar a los ciudadanos y con los atentados de París y Bruselas llegó el mayor grado de criminalización. Y empieza a desatarse una ola de xenofobia».

Aunque tiene claro que la acogida de refugiados es una cuestión de ley y no de solidaridad como se viene tratando. Tienen derecho. Y no le duelen prendas en reconocer el liderazgo de Angela Merkel, la única gobernante que «ha tenido el valor de cumplir la legalidad».

–Ha acogido más que nadie.

–Y salvado a un millón de personas. Hoy, además, en Alemania hay una mayor aceptación de los refugiados. Porque les han conocido. Van a los mismos colegios que sus hijos, se los encuentran por la calle y se ponen en el lugar del otro.

En España son muy pocos los que han llegado, pero las fotos de Bauluz nos permiten verlos cara a cara en nuestra ciudades, pues «Buscando refugio para mis hijos» ha derivado en una exposición que tiene como única sala posible la calle: «Quiero que la gente se encuentre con los refugiados de frente, que cuando alguien salga de la panadería, vea a una mujer abrazando a sus hijos. Empatía».

Y en medio de su trabajo –su último destino fue Málaga–, este fotoperiodista participará en las jornadas de Migraciones que la Conferencia Episcopal organiza en El Escorial y que ha seguido las recomendaciones del Papa de trabajar unidos por los derechos humanos. «Son siempre un lugar común en el que debemos estar dispuestos a colaborar», concluye Javier Bauluz.