¿Qué tendrán las carteras y los maletines en España? Es digno de ser investigado. ¡Qué capacidad de atracción! En unos más que en otros, todo sea dicho. La RAE lo define como un «objeto de forma cuadrangular hecho de cuero u otra materia generalmente flexible, con asa para llevarlo, y que puede contener documentos, papeles, libros, etc.». En ese etcétera, en nuestro país, se podría incluir «sobres» o directamente «dinero».

Nada dice la definición de algún tipo de hechizo o magnetismo. Un imán para los ojos, pero también para las manos. De la maleta al bolsillo. Miren la imagen. El dueño de la cartera, Diego Torres, socio de Iñaki Urdangarín en el Instituto Nóos, echa la mano al asa, dejándose caer hacia su izquierda, sin dirigir sus ojos a lo que busca porque su mirada está perdida. Es difícil coger algo sin mirarlo. Requiere práctica. Pero los demás sí lo ven. Todos los procesados de la primera fila (Matas, Tejeiro y Alia) y alguno de más atrás, no pierden detalle. Siguen a la mano de Torres. Como los marineros de la mitología griega, no pueden evitar la atracción por los cantos de sirena. Absortos en esa bolsa de cuero, no parecen prestar nada de atención al interrogatorio que hacen al investigado. ¿Qué habrá dentro? Saca solo un documento para intentar defenderse del aluvión de pruebas en su contra. Los menos atentos no reparan en el maletín, ante el sigilo de su propietario, porque están a sus cosas: el brillo de sus zapatos, los teléfonos móviles, o –como el marido de la infanta– leyendo notas antes de su declaración en la que diría que él no es comisionista.

El caso es que tanto gustan las carteras, que quien la lleve por la calle puede ser objeto de sospecha. Banqueros, empresarios… Algunos jueces ya la han sustituido por pequeñas maletas con ruedas, más cómodas de llevar y menos intrigantes. ¿Y los políticos? ¡Qué gusto algunos por las carteras!, incluida su otra acepción: «empleo de ministro». Sin tener aún Gobierno, hay quienes –como Torres en la foto– se retuercen a la izquierda y echan mano a sus pretendidas carteras, aunque sin disimulo alguno.

Pedro J. Rabadán