Compartir la misión del instituto religioso no es solo ni principalmente compartir las tareas. Compartir la misión exige compartir el carisma

Cuando Juan Pablo II decía en su exhortación apostólica Vita consecrata que «no pocos institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los laicos», estaba describiendo la situación que se había ido desarrollando desde el final del Concilio Vaticano II, por la que los laicos «son invitados a participar de manera más intensa en la espiritualidad y en la misión del instituto mismo».

Siempre había existido una colaboración de los laicos con la misión del instituto religioso, si bien esta se comprendía como algo accesorio a la misión de los religiosos. Los laicos, por su parte, eran objeto de los cuidados especiales que el instituto religioso les brindaba. La nueva eclesiología desarrollada por el Vaticano II hizo descubrir que todos los cristianos estaban vocacionados y que debían buscar la manera concreta en la que Dios les llamaba a vivir su cristianismo. Una de esas maneras posibles es vivir según alguno de los carismas que Dios ha regalado a su Iglesia y que se han concretado normalmente en la creación de una congregación religiosa.

Ya no se trata, por tanto, de que los laicos ayuden a los religiosos en aquellas tareas, normalmente seculares, a las que los religiosos no pueden atender adecuadamente, sino que ahora se trata de que religiosos y laicos compartan la misión en la Iglesia y en el mundo a la que Dios les llama a través del carisma recibido.

Compartir la misión del instituto religioso no es solo ni principalmente compartir las tareas concretas que el instituto realiza, toda vez que la misión no es algo añadido al ser de los religiosos. Desde que, en el siglo XVI, la misión pasa a ser un elemento esencial de la autocomprensión de la vida religiosa, compartir la misión exige compartir el carisma y, en definitiva, compartir la vida del instituto religioso. Se inicia así, en palabras de Juan Pablo II, «un nuevo capítulo, rico de esperanzas, en la historia de las relaciones entre las personas consagradas y el laicado».

Compartir el carisma

En esta breve pero intensa historia de la misión compartida nos encontramos ahora con la necesidad de reflexionar sobre qué supone y cómo se puede compartir el carisma de los institutos religiosos por parte de los laicos (de la misma forma que habrá que plantearse qué consecuencias tiene para un instituto religioso el compartir su carisma y misión con aquellos que no pertenecen jurídicamente al cuerpo del instituto).

¿Cuáles son las características de un laicado que quiera vivir en misión compartida? En primer lugar, habrá de ser un laico vocacionado a vivir su ser cristiano compartiendo un carisma concreto; no se trata de llevar adelante la vida profesional ni de trabajar con otros, cuyos valores se aceptan o se admiran; se trata de descubrir que Dios llama a vivir su cristianismo desde una espiritualidad concreta. Esa llamada de Dios tiene como elemento esencial el hacer camino con otros que viven ese carisma, por lo que el laico habrá de sentirse identificado con el grupo o los grupos que participan de la misma llamada, más allá de que trabaje o no con ellos. Esa identificación no puede quedarse en un nivel abstracto sino que conduce inevitablemente a formar parte de una comunidad para la misión. El servicio, el saberse servidor de la misión de Cristo a partir de esa comunidad, se convierte así en un elemento constitutivo para el laico que habrá de estar dispuesto a asumir un compromiso exigente a la vez que proporcionado a sus circunstancias concretas.

Estas características que corresponden a un laicado en misión compartida conducen a una serie de cuestiones a las que habrá que ir dando respuesta en los próximos años. Una de ellas es la manera concreta en que se transmite el carisma, toda vez que históricamente han sido los institutos religiosos los garantes del mismo. La transmisión del carisma dentro de los institutos religiosos tiene una larga historia y se lleva a cabo en un largo proceso de formación donde a los conocimientos teóricos sobre el carisma se une la experiencia de ese carisma que se hace vida en lo cotidiano. El religioso adquiere el carisma de su instituto a través de todos los ejercicios que componen su vida ordinaria en contacto con aquellos que han sido llamados con él. Habrá que profundizar en cómo se puede transmitir el carisma a los laicos de manera concreta, para lo cual habrá también que potenciar una lectura laical de los carismas religiosos para no caer en la tentación de convertir a los laicos en unos medio-religiosos.

En todo caso, la conciencia clara de que Dios está abriendo un camino enriquecedor para todos los que forman parte de él, y enriquecedor en último término para la Iglesia, es el mejor acicate para que se puedan afrontar las diversas cuestiones que deberán ser respondidas en los tiempos venideros, sin prisa pero sin pausa.

Diego M. Molina, SJ
Facultad de Teología de Granada
[El autor tendrá a su cargo la ponencia marco del III Encuentro Laicos y Religiosos en Misión compartida, que se celebra este sábado en Madrid]