Pintura y nacionalismo

El Museo del Prado exhibe hasta el 29 de septiembre la exposición Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines con una tesis clara y desafiante para los tópicos: no es cierto que los artistas estén determinados, de forma generalizada y constante, «a dar voz a la identidad de su pueblo». En Velázquez no está encarnado lo español ni lo está el espíritu de los Países Bajos en los lienzos de Rembrandt o Vermeer

Ricardo Ruiz de la Serna
Vista del jardín de la Villa Médici en Roma. Velázquez. Museo del Prado. A la derecha: Vista de casas en Delft. Vermeer. Rijksmuseum, Ámsterdam

El Museo del Prado exhibe hasta el 29 de septiembre la exposición Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines con una tesis clara y desafiante para los tópicos: no es cierto que los artistas estén determinados, de forma generalizada y constante, «a dar voz a la identidad de su pueblo». En Velázquez no está encarnado lo español ni lo está el espíritu de los Países Bajos en los lienzos de Rembrandt o Vermeer

¿Existe el arte nacional? O, mejor dicho, ¿existe un arte que representa el espíritu de una nación? Si decimos que Dostoyevski es el escritor del alma rusa o que Petrarca encarna la Italia eterna, ¿estamos diciendo la verdad? Porque esto supone asumir, al menos, dos cosas: que hay un alma de los pueblos que encarnar y que hay un arte que lo hace en la obra, pongamos por caso, de un determinado escritor, escultor, compositor o poeta.

Durante siglos, esta idea moderna del genio individual del artista, sobre todo de los pintores, los escultores o los arquitectos, era algo muy restringido y, en algunos periodos de la historia, como la Edad Media, incluso infrecuente. Sí, muchas obras se firmaban, pero uno sentía que pertenecía a una tradición que cultivaba y, a menudo, imitaba sin que esto fuese un desdoro. A veces, el anonimato llegaba a que algunas obras ni siquiera se atribuyesen a un pintor o un escultor nominatim. Así sucedía, por ejemplo, que un maestro de las tablas góticas flamencas como Robert Campin fuese conocido, durante mucho tiempo, solo como el maestro de Flemalle. Únicamente en el siglo XX se identificó a aquel hombre con el pintor (y aun sobre eso hay quien todavía duda). El Romancero, por no ceñirnos a las artes plásticas, deja testimonio de esta obra que el pueblo crea y alimenta sin dejar constancia de un autor. Aún hoy muchas letras del flamenco carecen de un escritor conocido.

Marte. Velázquez. Museo del Prado. A la derecha: Mujer bañándose en un arroyo. Rembrandt. National Gallery, Londres

Sin embargo, la historiografía de los últimos dos siglos ha hecho hincapié en la idea de los artistas como representantes de una nación, es decir, de su identidad, sus rasgos característicos e, incluso, su misión en el mundo. Así, el escultor o el pintor darían forma, a través de su obra, a ese espíritu del pueblo que el romanticismo consideró característico de las naciones.

Frente a este tópico, el Museo del Prado exhibe hasta el 29 de septiembre de 2019 la exposición Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines, que forma parte de las grandes muestras con que la pinacoteca más importante del mundo celebra sus dos siglos de vida. La tesis no puede ser más desafiante para los tópicos: no es cierto que los artistas estén determinados, de forma generalizada y constante, «a dar voz a la identidad de su pueblo». En Velázquez, pues, no está encarnado lo español ni lo está el espíritu de los Países Bajos en los lienzos de Rembrandt o de Vermeer. No, los pintores y sus obras reflejan miradas sobre el mundo, pero nada más.

Esta exposición, pues, desafía al espectador y, aunque solo fuera por eso, ha de visitarse con el tiempo necesario y los ojos bien abiertos. El ensayo de Alejandro Vergara, jefe de conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo del Prado y comisario de la exposición, explica el punto de partida a partir de una perplejidad: las semejanzas entre sendos cuadros pintados por Velázquez (1599-1660) y Johannes Vermeer respectivamente: la Vista del jardín de la Villa Médici en Romay La callejuela. Hay similitudes en otros cuadros como La costureradel maestro sevillano y La encajeradel gran artista de Delft. Sin embargo, como señala Vergara, «con algunas excepciones, los pintores holandeses no conocieron la obra de los españoles, y viceversa». No hay, pues, una influencia directa.

Demócrito. Hendrick ter Brugghen. Rijksmuseum, Ámsterdam. A la derecha: Demócrito. José de Ribera. Museo del Prado

Ahora bien, es evidente que hay miradas afines como las hay entre el Greco, Zurbarán y Ribera con Frans Hals, Hendrick ter Brucken y Rembrandt, por ejemplo. No había, pues, una determinación a pintar de un determinado modo por ser españoles u holandeses –ni, por lo tanto, unas singularidades insalvables– sino una coincidencia en las referencias culturales y artísticas más allá de las fronteras nacionales. Con todas sus diferencias, los pintores europeos compartían lenguajes pictóricos, géneros, gamas cromáticas y todo un trasfondo de la civilización occidental que no enervaban ni las distancias ni las diferencias de las respectivas sociedades.

En un tiempo en que los nacionalismos vuelven a campar por Europa, esta exposición es un soplo de aire fresco y de buen sentido. Al mismo tiempo, también es un recordatorio de lo que ha hecho Europa, es decir, de ese fondo cultural que, más allá de los particularismos, tienen los pueblos de nuestro continente. La herencia de Grecia y Roma, el cristianismo, el Imperio, la modernidad… Toda esa tradición late en estos cuadros que tanto tienen en común por encima de las fronteras nacionales.

Ricardo Ruiz de la Serna