Juan Orellana: «Hay un divorcio absoluto entre nuevas generaciones y cine»
El profesor y crítico de cine, antiguo colaborador de Alfa y Omega, recibió el lunes el Premio a la Trayectoria Humanista de la asociación CinemaNet
—Empecemos por esta trayectoria humanista que acaba de ser premiada: ¿de dónde nace su interés por el cine, cuando su formación es filosófica?
—Efectivamente, estudié Filosofía en la Universidad Pontificia Comillas. El cine era una afición. Leía sobre él, hacía fichas de las películas que veía. Al acabar la carrera empecé a dar clase en lo que era COU. Una vez, me propusieron organizar un curso sobre cine en el aula para mis compañeros. Fue muy bien y comenzaron a surgir cositas que fueron a más, hasta que me fue imposible dedicarme a ambas cosas y opté por el cine. Eso sí, no tengo ni idea de los aspectos más técnicos; sé del lenguaje y la teoría. Además, nunca he abandonado la filosofía y me ha servido mucho.
—¿Por qué el séptimo arte? ¿Qué aporta al panorama cultural?
—Los primeros autores que me puse a trabajar fueron Bergman y Tarkovsky, que hacían filosofía con su cine. Así lo fui descubriendo como el gran arte contemporáneo del siglo XX. Nunca me ha interesado desde una perspectiva puramente formalista sino como arte que es vehículo de lo humano. Cualquier película tiene detrás una imagen del hombre, del mundo y de la vida.
—CinemaNet dedicó un Premio Personaje a la protagonista de Los domingos, filme que ha estado muy en el foco este año por su retrato de la fe y la vocación y acaba de recibir un Premio ¡Bravo! de la CEE. ¿Es este interés por lo trascendente parte de una tendencia más amplia?
—Es evidente que en ciertos ámbitos culturales se ha ido difuminando el prejuicio que ha existido tanto tiempo sobre la pregunta religiosa y hay una cierta naturalización. También en el cine se trata este tema, y no de manera caricaturesca o crítica. Los domingos yo creo que es un caso especial porque realmente de lo que habla es de la tensión entre amor y libertad, hasta dónde debe llegar mi amor por una persona si entra en conflicto con su libertad. Alauda Ruiz de Azúa lo centra en la vocación pero podría haber sido sobre entrar en un grupo de rock.
—¿Cree que el impacto que ha tenido está justificado?
—Tal como le ha salido a la directora, me parece que la cinta es valiosa y ha sido muy inteligente en cómo plantea ciertas cosas. Esa capacidad de respetar a cada personaje hasta el punto de dejar al espectador perplejo porque no sabe con quién quedarse tiene mucho valor. Gusta a todos porque siempre hay alguien con quien te puedes identificar. Pero no me agrada demasiado cómo trata la vocación. La protagonista no pertenece a ninguna comunidad donde esta se alimente. Con todo, es cierto que hay vocaciones de diversos tipos. Y a una persona de fuera no le puedes pedir estos matices.
—Hoy, bastantes cintas mezclan valores aprovechables y elementos cuestionables. En ese diálogo con la cultura al que la Iglesia da tanta importancia, ¿cómo abordar esta dicotomía?
—Sobre todo hay que pensar a quién te diriges. Una perspectiva muy moralista no tiene sentido porque se convierte en un obstáculo para el encuentro. Si en una película hay de fondo una visión interesante sobre el ser humano no puedes problematizarla porque salga un desnudo. Otra cosa es que lo adviertas. Pero que eso no nos impida ver lo positivo, porque si no nos acabamos aislando y perdemos una oportunidad de diálogo cultural sobre la verdad del hombre.
—El año pasado publicó un análisis de 25 años de cine religioso. ¿Qué nos ha dejado este cuarto de siglo?
—Las películas confesionales han ido y siguen yendo en aumento, lo que demuestra que la sociedad ya no hace ascos a películas así. Cada vez hay más jóvenes vinculados a la Iglesia. Es un público nuevo que no va al cine habitualmente pero para estas sí puede ir. Hay muchas formas de conectar con el mundo de hoy. Cualquier cosa que tenga que ver con cultivar lo espiritual frente al materialismo cada vez tiene más eco.
—Además de crítico es profesor de Comunicación Audiovisual en la Universidad CEU San pablo. ¿Cómo miran el cine esas nuevas generaciones?
—Hay un divorcio absoluto entre ambos. Ha dejado de ser un ocio habitual para ellas. El otro día los alumnos de un compañero no sabían quién es Steven Spielberg. Es como enseñarles Historia del Arte, algo que ya no pertenece tanto a su cultura. Para mí es un problema que me plantea qué y a quién enseño. Me tengo que reciclar, pero ¿en qué dirección? Es un momento muy incierto respecto al futuro de la ficción audiovisual.
—¿Qué ha supuesto la irrupción de las plataformas? ¿Qué se perderá si los cines echan el cierre?
—Junto con el tamaño y calidad de los televisores han cambiado totalmente los hábitos de consumo. Para muchos por esta comodidad no compensa salir, aparcar, pagar entrada, etc. La pandemia aceleró esto porque mucha gente mayor que no tenía plataformas e iba al cine las descubrió. Sin embargo, se pierde la magia de la sala oscura, la gran pantalla y esa experiencia social. En casa es más individualista y menos integral porque se hacen pausas. Pero se impone y habrá que acostumbrarse. No es el fin del mundo, pero es algo bonito que se va a perder si desaparecen. Si es que desaparecen, que vaya usted a saber.
CinemaNet también entregó otro Premio Personaje a la protagonista de Sorda. «Es una historia muy real, humana y auténtica de una mujer que tiene verdadero pánico a no conectar con su hijo, en este caso por una discapacidad», comparte Orellana; una cuestión «muy interesante» para cualquier padre. Se dieron también los Premios ¡Qué Bello es Vivir!, a Flow y a Te protegerán mis alas, «un reconocimiento no solo a la labor de los salesianos sino de la Iglesia con los más desamparados».