Pintando la alegría de vivir - Alfa y Omega

La primera vez que viajé a Madrid, quise visitar el Museo del Prado. Me impresionó el cuadro Las meninas, de Velázquez. Fue lo que influyó en mi decepción cuando vi en el Louvre La Mona Lisa, de Leonardo Da Vinci. Años después, al estudiar ambas obras, descubrí maravillas que quedaron grabadas en mi retina.

Desde que conocí al capellán del CIE de Barranco Seco, en Gran Canaria, creció en nosotros un sentimiento de profunda amistad. Nos llamábamos y escribíamos a menudo para informarnos sobre las personas que llegaban a nuestras costas. Nos coordinábamos para acoger y acompañar a quienes eran trasladados de un centro al otro y, a veces, nos servíamos de desahogo ante tanto sufrimiento con el que convivíamos.

Una tarde de abril sonó mi teléfono y, al otro lado, escuché la voz de Antonio. Me contó que durante dos semanas había visitado y asistido espiritualmente a un joven senegalés, y que sería trasladado al CIE de Hoya Fría en Tenerife durante esa semana. Fui al CIE y encontré al joven en el patio, en medio de un grupo que reía a carcajadas. No sé lo que les estaba diciendo, pero no dudé de que, con sus historias, les hacía el rato más agradable.

Celebramos juntos los últimos días de Cuaresma y los días grandes de Semana Santa. Curiosamente él era el único católico, pero tenía un poder de atracción que hacía que otros le siguieran y quisieran estar con él, orar con él, y a la vez celebrar y compartir sus historias conmigo. Descubrí que su poder de atracción era su alegría, una alegría que nacía de su vivencia del Evangelio, aun en medio de todas las dificultades que estaba viviendo. Sin duda, fue un momento especial la experiencia de la Resurrección en medio de muros y alambradas. Llegó la Pascua y salió en libertad a un centro de acogida donde aprendió la lengua española, luego se marchó a Almería, donde comenzó a trabajar en la agricultura y a participar en una parroquia. De vez en cuando me envía fotos y mensajes, siempre alegre, sonriendo él y todos a su alrededor.

Hace poco hablamos y me comentó que había aprobado la parte teórica para el permiso de conducir, ya que seguía con su sueño de ser camionero. Françoise sigue siendo apóstol de la alegría pascual en medio de sus hermanos. Y yo aprendí que, como los cuadros, lo que les hace especiales no es el tamaño de sus obras.