Perdón y misericordia - Alfa y Omega

Nuestra mirada se centra en el Calvario de Jerusalén, rememorando aquella etapa final del recorrido de Jesús por la Vía Dolorosa. Jerusalén es el escenario de la Pasión de Jesús. En esta ciudad se fijan los ojos del mundo el Viernes Santo. En un rincón de la basílica del Santo Sepulcro, subiendo unas escaleras que conducen al Gólgota o el monte de la Calavera, mientras se escucha el eco de las oraciones de una multitud de devotos peregrinos, contemplamos la cruz del Señor. ¡Cuánta humillación! ¡Cuánta misericordia! ¡Qué misterio de amor!

En momentos de violencia, de injusticia profunda, de muertes… nos levantamos a veces contra Dios y le gritamos el porqué de ese sufrimiento. Es una experiencia que antes o después, en mayor o en menor medida, todos vivimos: la muerte inesperada de alguien querido, la ausencia de la persona a quien amamos, el desastre del que a veces somos testigos… Desde esa mentalidad, la cruz se interpreta como el castigo de Dios al pecado de la humanidad. Pero la cruz no es el signo del castigo, sino de la aproximación de Dios. Él no puede parar el proceso de nuestra libertad: lo acompaña, procura evitar a base de misericordia los desastres totales, pero Él no puede acabar con nuestra libertad, porque sería destruir nuestra raíz más profunda. La cruz es la caridad divina transformada en misericordia, y por tanto, convertida en sufrimiento.

En este sentido, la cruz no es solo el madero donde colgaron al Señor. Es la oveja perdida, reencontrada por el buen pastor, cargada sobre sus hombros y llevada al redil. ¡Y cuánto pesa la oveja perdida! Hunde los hombros de quien la recoge. Es la cruz. Nosotros lo sabemos, porque amar a alguien es cargar con ese alguien. Aunque a lo largo de la convivencia en un matrimonio, entre hermanos, en los lugares de trabajo, hay momentos preciosos, que nos animan y nos hacen crecer, también hay otros en los que hay que cargar con el otro, y a veces durante años, en situaciones límite, con una gran dosis de cansancio. Cuando vemos a padres ancianos llevar de la mano con tanto cariño a hijos ya mayores, que están enfermos o tienen alguna discapacidad mental, estamos contemplando la cruz: es el amor, convertido en cruz, pero siendo amor. La cruz es la oveja que cargamos. Y Jesús carga a todas las ovejas del mundo. Todas las raíces del mal, todos los efectos del pecado, están ahora sobre los hombros del Señor.

La cruz es el árbol de la vida, donde tiene lugar la entrega de la Vida. El fruto de este árbol es el Entregado, el que de verdad ha muerto de amor y por amor: Jesús, que recoge a todos los que han muerto cargando con sus cruces. El calvario definitivo está lleno de millones de cruces amparadas por la cruz del Señor. El Viernes Santo es un día dedicado a adorar la cruz, a valorar y no rechazar la que nos toca, a comprometernos como cirineos para apoyar a aquellos que llevan cruces excesivamente pesadas, a unirnos al Señor crucificado. La cruz es el amor crucificado, es la bondad llegando al límite. El Viernes Santo es el día en el que Dios hubiera tenido que alejarse definitivamente de los hombres, que destruir completamente a la humanidad, porque Él ha sido expulsado de ella con asesinato y con crimen. Y, sin embargo, justamente por eso, es el día del perdón sin límites, del amor sin fronteras, de la misericordia infinita.

Desde este rincón del Gólgota de Jerusalén, junto al Santo Sepulcro, corazón de la Iglesia Madre de Jerusalén, hoy se alza nuestra plegaria llorosa y confiada: ¡De tu compasión, oh, Cristo, impregna a tu Iglesia, para que sea hospital de desvalidos y enseña de belleza! ¡Que nos dejemos querer al verte crucificado, y aprendamos a ser humildes en la herida de tus clavos!

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