Pensar como Dios

Cuando alguien hace las cosas mal, causando daños y sufrimiento a los demás y a sí mismo, solemos decir que no piensa lo que hace. El ser humano tiene mucho en común con los animales

Juan Antonio Martínez Camino
Jesús rodeado por sus discípulos, Rembrandt. 1634, Museo Teyler (Haarlem, Holanda)

Cuando alguien hace las cosas mal, causando daños y sufrimiento a los demás y a sí mismo, solemos decir que no piensa lo que hace. El ser humano tiene mucho en común con los animales. Pero no nos suenan bien frases como «el hombre y los demás animales». Porque la diferencia es mucho mayor que la semejanza. Y la diferencia estriba en que el ser humano es capaz de pensar.

Podemos preguntarnos a qué se debe esa capacidad humana. Algunos responden que se trata simplemente de una función de un cerebro mucho más desarrollado y complejo que el de los animales. Esos reducen el pensamiento a una función de la materia. Pero si las cosas fueran así de simples, no sabríamos por qué algunos animales con una información genética prácticamente igual a la humana y con cerebros muy complejos no solo no muestran indicios de pensamiento, sino que ni siquiera parece que pueden llegar a mostrarlos. He leído que dos monos a los que se proporcionó un ordenador, sobre cuyo teclado estuvieron poniendo sus manos durante un mes, no lograron escribir ni la palabra más simple del vocabulario inglés, que es «I» (yo). Ni por casualidad podrían escribir una obra como El Quijote, porque para que tal casualidad fuera matemáticamente pensable, se necesitaría más materia y tiempo de los que el cosmos dispone. Y, en todo caso, habría sido por casualidad, no por pensamiento.

El ser humano piensa porque participa del Pensamiento que ha pensado el mundo. Piensa, porque no hay solo materia, sino que la materia es producto del Pensamiento creador. La organización de la materia que conocemos y que culmina tal vez en el cuerpo humano no puede ser producto de un supuesto azar material. El pensamiento no puede venir de la materia bruta. Hay una Luz originaria de la que procede la luz que permite al ser humano ver el mundo y pensar.

Pensar es crear orden o, al menos, diseñarlo. Donde hay orden puede haber vida. Pero ¿qué orden? ¿Puede ser tenido como orden aquel que un sujeto finito, como cada uno de nosotros, piensa que establece cuando organiza todas las cosas en torno a sí mismo? ¿No será eso más bien desorden? Pues exactamente eso es lo que hacemos cuando pensamos movidos por el pecado del orgullo, con el que hacemos de nosotros el centro del universo. Eso lo hemos aprendido de Satanás. Eso no procede del Pensamiento creador, sino de la voluntad creada destructora del orden divino de la vida.

Jesús reprocha duramente a Pedro que no piensa como Dios, sino como Satanás. Piensa como Dios quien se pone detrás de Jesús para seguir sus huellas, para vivir y morir como Él. Piensa como Dios quien no tiene miedo a hacer entrega de su vida por amor al Amor creador. Quien piensa así no es esclavo de la autorreferencialidad, que genera desorden y muerte. Quien piensa así se pone en la órbita del único centro real del cosmos y de la vida, que solo puede ser el poder infinito de la Luz y del Amor.

+ Juan Antonio Martínez Camino


Evangelio

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos le contestaron:

«Unos, Juan Bautista; otros,

Elías; y otros, uno de los profetas».

Él les preguntó:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»

Pedro le contestó:

«Tú eres el Mesías».

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos:

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días».

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó a Pedro:

«¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios».

Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo:

«El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará».

Marcos 8, 27-35