El camino de Emaús y la pedagogía del encuentro - Alfa y Omega

El camino de Emaús y la pedagogía del encuentro

Domingo de la 3ª semana de Pascua / Lucas 24, 13-35

Lidia Troya
'Los discípulos de Emaús'. Rembrandt. Museo Jacquemart-André, de París (Francia).
Los discípulos de Emaús. Rembrandt. Museo Jacquemart-André, de París (Francia). Foto: Wikimedia Commons / Jan Arkesteijn.

Evangelio: Lucas 24, 13-35

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

  Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Comentario

Dos discípulos se alejan de Jerusalén hacia un pequeño pueblo, llamado Emaús. Caminan de espaldas al lugar donde todo parecía haber terminado, huyendo del vacío y de esa sensación tan desilusionante de haber apostado por alguien que, a sus ojos, ha fracasado. Vivir también es transitar por las pérdidas. ¿Cómo integramos en nuestra propia biografía los fracasos y las decepciones? ¿Cómo apostar por  la vida cuando algo profundo se ha roto?

Lo hermoso de este pasaje es la delicadeza del trayecto previo. Jesús se acerca y camina con ellos; no somos nosotros los buscadores, sino los buscados. Sabe que van en sentido contrario, alejándose —en teoría— del centro de la fe, pero para Dios el extravío no existe. Lejos de imponer una dirección, se acompasa a su ritmo y se deja tocar por su desolación.  Para aproximarnos al otro hay que vaciarse de uno mismo y sostener la desesperanza sin asustarse.

«¿De qué habláis?», les pregunta. Quiere que ellos empalabren su tristeza. Hay algo profundamente sanador en el acto de poner nombre a lo que nos quema por dentro frente a alguien que escucha sin juicios. Es la esencia del encuentro: no querer tener razón ni ganar una discusión, sino querer que el otro conecte con su propio horizonte interno de sentido. El mundo y nuestra Iglesia no necesitan profesionales de lo sagrado ni esa marea de discursos en los que solemos enredarnos fácilmente, sino comunidades que abracen la pérdida —humana y divina— como un lugar posibilitante, que sepan habitar la intemperie y practiquen esa hospitalidad de la escucha que tanto falta.

Rembrandt resumió magistralmente esta escena en sus lienzos. En ellos se ve el momento del reconocimiento: un fogonazo de luz que nace desde abajo, desde el pan y las manos de Jesús, iluminando los rostros. Al fondo, el pintor coloca a una criada que sigue a lo suyo sin enterarse de que a un metro de ella está ocurriendo algo que cambiará la historia. Así somos: pueden pasar cosas importantísimas a nuestro lado y no enterarnos por la ceguera de las expectativas. Para descubrir la presencia —la vida— no hay que pedir señales espectaculares, ni aferrarnos a un cristianismo cool de story de Instagram. Frente al artificio de lo inmediato, necesitamos entrenar una mirada sosegada capaz de reconocer al Caminante en la ordinariez de lo cotidiano y en la raíz del barro.

Porque el misterio de la Resurrección hay que entenderlo en clave de encuentro: una presencia que irrumpe en la biografía y permite releer la historia personal, el pasado y lo divino desde otra perspectiva. Es revelador el proceso vital de estos caminantes. Aun decepcionados, no cerraron la puerta: al invitar al extraño —«¿dónde cenará este hombre?»— recuperan lo mejor de Jesús. En ese gesto de hospitalidad, su corazón pasa de la cerrazón a la apertura y se les cuela el Resucitado, cuya ausencia añoraban. Lo reconocieron al partir el pan, pero el encuentro se gestó mucho antes, compartiendo el cansancio del camino. 

Nuestra vida está llena de cruces, pero de pocos encuentros. Jesús convierte el cruce en un vínculo profundo que nos devuelve a nosotros mismos. Ya no regresan con la herencia de un ajusticiado, sino con la fuerza de quien hace arder, despertar, lo que estaba muerto dentro. Esta es nuestra vocación cristiana: caminar al paso del otro, compartir la mesa y el llanto, alentar a la vida y saber desaparecer para que sea el otro —y el Otro— quien crezca. Toca seguir caminando. La esperanza es un afán y un salto. No temamos a la incertidumbre; hay un Caminante que ama los senderos difusos tanto como a quienes los transitan. Como decía Galeano: «De nuestros miedos nacen nuestros corajes y en nuestras dudas viven nuestras certezas […]. Es preciso perderse para volver a encontrarse». Solo espera que, al caer la tarde, te atrevas a decir: «Quédate con nosotros».