Parasiempre - Alfa y Omega

Parasiempre

Puede parecer que el fin de las restricciones ha terminado por romper muchos matrimonios. Pero quizá también sea un buen momento para que las prioridades pasen por conjugar la primera persona del plural

Guillermo Vila Ribera
Foto: Archimadrid / Luis Millán

Cerca de 50 matrimonios han celebrado este domingo sus bodas de oro y de plata en una Eucaristía en la catedral de la Almudena presidida por el arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro. Como acaba de decir el Papa en su vídeo mensual, «el matrimonio es una vocación que nace del corazón». Y que no es nuestra, sino que, como toda llamada, solo nos es dado acertar a descubrirla. Quien piense que se casa como una decisión personal y libre solo estará entendiendo la mitad, y mucho me temo que, tras una sucesión nada azarosa de desencuentros y fatigas, será fácil que acabe tentado de mandar a paseo a quien «ya no es con quien me casé». Porque esa es la clave de todo matrimonio: no nos casamos con una persona que es (alta, baja, delgada, nerviosa, pacífica, risueña, etc.), sino, sobre todo, con la persona que está llamada a ser. Así que el «sí quiero» es también un sí que se prolonga y que acepta y que, sobre todo, trasciende todo estado emocional concreto. Los sentimientos pueden engañarnos, pero ahí donde flaquee la emoción debe florecer el convencimiento, ese sí, construido sobre roca. Como esas piedras de la catedral que te obligan a mirar arriba, la mayoría de los desafíos a los que se enfrenta todo matrimonio se solucionan si ambos contendientes se comprometen a mirar juntos en la misma dirección. El hoy puede ser una angustia, pero si hay un mañana compartido siempre habrá una salida. Aunque en la precisa tentación del ahora solo veamos razones y más razones para tirar la toalla. 

Veo a esas parejas de la imagen, bellísimas en el desgaste de sus años compartidos, y no puedo más que admirar su coraje de héroes con hipoteca y sin capa: tantos años alimentando ese milagro que es la mirada llena de sobreentendidos. Que toque el órgano de la casa de Dios y que descienda sobre ellos la tenue luz que refleja el cielo al que todos están llamados. Y ahora el dato crudo y triste: las separaciones, divorcios y nulidades presentadas durante el primer trimestre de 2021 se han incrementado un 5,7 % respecto al mismo periodo del año pasado. El confinamiento ha obligado a muchas parejas que antes se limitaban a compartir una agenda a cruzarse a diario por el pasillo, a encontrarse en las horas muertas del sofá y a buscar espacios de autorrealización muros adentro, en el móvil, o en el libro, o en la serie o qué se yo, en el balcón. Han sido meses sin cenas de amigos y reuniones familiares que, en ocasiones, actuaban de tapadera y escondían la cruda realidad del desencuentro. Puede parecer que el fin de las restricciones ha terminado por romper muchos matrimonios. Pero quizá también sea un buen momento para tomar otra decisión y propiciar una normalidad diferente, en la que las prioridades pasen por conjugar la primera persona del plural. Puede que este sea un buen momento para entender que al cielo solo se llega a través de las contradicciones de la cruz. ¿A dónde miran los matrimonios de la foto? A ese lugar sin velo donde todo enfado resulta inútil, donde toda incomprensión es sanada, donde todo misterio es resuelto; donde decir parasiempre es decir ahora.