Para reunir a los hijos de Dios dispersos - Alfa y Omega

Para reunir a los hijos de Dios dispersos

Sábado de la 5ª semana de Cuaresma / Juan 11, 45-57

Carlos Pérez Laporta
Ilustración: Freepik.

Evangelio: Juan 11, 45-57

En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:

«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:

«Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».

Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no sólo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.

Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discí- pulos.

Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:

«¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?».

Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.

Comentario

En la muerte de Jesús parece que los judíos tengan el poder de someterle y matarle. Porque, efectivamente, aquellos hombres harán los actos necesarios para causar una muerte: acusarán a Jesús, le llevarán ante Pilato, al que presionarán para que le crucifique. Jesús morirá a causa de los golpes y la cruz. Pero la muerte de Jesús tiene causas más profundas. La voluntad de Dios desborda la intenciones y los actos humanos y los lleva más allá de sí mismos. Dios no suprime la libertad, sino que la asume en su plan de salvación para hacer que todas las cosas conduzcan a Cristo.

Por eso, Caifás profetiza sin ser consciente, porque en su conciencia aparece su propia intención —su «propio impulso»— de evitar males políticos al pueblo judío. Pero la realidad profunda del acto es que Jesús quitará todos los males, no ya solo políticos, sino que nos librará de todo mal con su cruz: «Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo y que no perezca la nación entera». Al matar a Jesús, este murió por el pueblo. Pero esa muerte trastocó el fondo de la naturaleza humana y llegó a morir «no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos». De ahí que esa muerte nos librara de nuestros pecados y de la muerte eterna. Porque Dios hizo suya aquella muerte de su Hijo, en su propio plan de salvación.