Para bautizarse en la Almudena, Jonathan y Carla solo necesitaban un empujón de su parroquia
Nueve catecúmenos en la Vigilia Pascual y otros nueve el Domingo de Resurrección recibieron los sacramentos de iniciación en dos celebraciones presididas por el cardenal José Cobo
Jonathan tiene 31 años y viene de una familia católica de Perú, «muy devota de la Virgen de Guadalupe y que participaba en los rezos del barrio». Pero no se había bautizado de pequeño. En la Vigilia Pascual que presidió el cardenal José Cobo pudo cumplir su deseo en la catedral de la Almudena junto a su mujer Carla, de 32 años, con quien se casó por lo civil en 2022 antes de emigrar a nuestro país. «Hemos cumplido las bodas de lino hace una semana», presume ella, quien recuerda que en su Perú natal «mi abuelita nos ponía a todos en fila» para darles la bendición. Ella es la sexta de sus hermanos y a todos los bautizaron de niños menos a ella, pues su madre prefirió que, si lo hacía, «fuera mi propia elección». A la luz de los hechos, así ha sido y «ahora hemos dado ese gran paso», al igual que los otros 16 catecúmenos que el arzobispo bautizó, administró la Comunión y confirmó en la catedral de Madrid entre la vigilia pascual y la Misa de Resurrección del domingo.

Creyentes y con el deseo en el corazón de formar parte de la Iglesia, a ambos les faltó en su día un empujón de su entorno para bautizarse. Pero lo más curioso es que, cuando nació su hijo, a él sí se lo hicieron, a pesar de que no habían recibido los sacramentos de iniciación. «Ya queríamos bautizarlo en Perú, pero no se presentó la oportunidad porque hay que organizarse bien e ir a un conjunto de charlas con los padrinos». Por eso, según llegaron a España y conocieron la parroquia madrileña de San Juan Bautista —a la que en un primer momento se acercaron para pedir ayuda y trabajo— «dijimos que lo queríamos hacer».
«El niño ha sido su apóstol», nos explica Carlos Alberto Rivas, su párroco. A raíz de su bautizo hace dos años, los padres se contagiaron de una envidia sana y el resto de la comunidad los animó a recibir también los sacramentos. «Aquí hay otras personas a las que acogemos y ayudamos, pero no entran en lo espiritual», explica el sacerdote, quien revindica que para fraguar estas conversiones «una tecla importante es que perciban a la Iglesia como una comunidad de hermanos en la que hay verdadera caridad». A su juicio, «el plano humano tiene que ser la carta de presentación de lo que somos» para que «la gente se pregunte “por qué sois así”. A partir de ahí se puede hablar de Jesucristo», opina. En definitiva, «desde una verdadera humanidad se puede entrar en el verdadero Dios».

Pilar, su catequista y la madrina de su niño, confiesa que a través de ellos «he redescubierto mi fe» porque «siempre han tenido muchísima ilusión y es muy bonito ver cómo rezan» y ser testigo de «la confianza que tienen en Dios y en la providencia». «Yo me decía: “¡Esto ya lo quisiera para mí”» . Además, resolviendo sus dudas ha reavivado «cosas que tenía olvidadas». Ella y algunas personas más de la parroquia están invitados a la renovación de los votos matrimoniales que Jonathan y Carla celebrarán en mayo porque, al haberse bautizado los dos tras casarse por lo civil, su vínculo es ahora canónico. Su párroco, Carlos Alberto Rivas —que este martes ya les ha podido dar la Comunión tras verlos años yendo a Misa— apunta que «ahora están descubriendo su pertenencia a una familia más grande».

Sus padres ateos la apoyan
También forma parte de esta «familia» —aunque no pertenezca a su misma parroquia— Begoña, de Santa María de Caná. Tiene 25 años y se interesó por la fe «cuando falleció mi abuela y encontré consuelo en Dios». Nos confiesa que sucedió «de una forma un poco rara, porque mis padres son ateos» y había muchas cosas que no había escuchado antes. «Pero me fui dando cuenta de que los valores cristianos y la comunidad de la Iglesia me hacían mejor persona».
«Fue un proceso natural, no tuve ninguna gran revelación», cuenta con sencillez absoluta esta madrileña. De forma muy intuitiva se sorprendió creyendo en Dios y rezando por las noches, por lo que «noté que no tenía mucha coherencia» y optó por zambullirse por completo en esa novedad. «El pasado noviembre me dije: “Me voy a plantear ir a catequesis y formalizar mi relación con Dios».

Begoña insiste en que, aunque su conversión fue inesperada, no ha tenido que vencer ninguna resistencia ni nadie le ha puesto pegas. Al revés: «Mis padres me quieren un montón y, cuando se lo dije, sí que se sorprendieron, pero siempre van a estar a mi lado». Más aún cuando todos tienen claro que su hallazgo de la fe «no es nada malo». El Domingo de Resurrección «me acompañaron a la catedral y no lo acaban de entender, pero estuvieron ahí conmigo». Sus amigos igual: «Algunos se alegran un montón y otros también se han sorprendido, pero en ningún momento ha habido nadie en contra». E insiste en que «tengo mucho que aprender, ganas de ir mucho a Misa, de hacer comunidad, de crear más relaciones y vivir todas las celebraciones con sentido y entendiéndolas».
Otra neófita que se bautizó el domingo fue Katerina, de 34 años, proveniente de Ucrania, afincada en España desde «hace unos diez años» y feligresa de Santa María de Caná, como Begoña. «De pequeña mi familia no era creyente, pero mi madre se convirtió de mayor y ha sido muy impactante», nos cuenta. Tras ver «cómo actúa Dios en su vida», quiso la misma gracia para sí misma. Pero al comenzar a prepararse no contaba con que terminaría bautizándola el arzobispo de Madrid el Domingo de Resurrección en la Almudena. «No sabía que haría un día precioso, que entraría tanta luz en la catedral ni que el cardenal sería tan cercano», añade.

La ucraniana nos cuenta cómo sus amigos, tras la celebración, «me daban la enhorabuena» y le animaban a «seguir creciendo en la fe». Un encargo que asume con humildad y dispuesta a «dar pasitos de bebé para después darlos de gigante». Por último, ofrece un consejo para quien se esté planteando si bautizarse o no: «Date tu tiempo, no hay que tener prisa y hay quienes llegan por diferentes razones». Su experiencia encarna que quien busca, al final encuentra.
En su homilía el Domingo de Resurrección, el cardenal Cobo recordó cómo «anoche», en la Vigilia Pascual, «atravesamos la oscuridad y celebramos que Jesucristo es la luz y que nos hace nuevos». Por tanto, tras pasar aquel trance, ahora «vivimos algo nuevo» y «Dios nos llama a la vida resucitada». Según el arzobispo de Madrid, este «volver a lo esencial» consiste en «poner los ojos en Dios y dejar que Él reordene nuestra vida», pues la Pascua «nos introduce en el mundo con una mirada nueva».
Aunque ese día solo bautizó a nueve catecúmenos —y otros nueve el sábado a los que encargó «caminar siempre como hijos de la luz»—, el arzobispo de Madrid invitó a todos los asistentes a la catedral a «renovar cada uno de nosotros la experiencia de nuestro Bautismo». Matizó que «ser cristiano no es una etiqueta o venir de vez en cuando a Misa» sino «haber sido alcanzado por una llamada que nos transforma desde dentro» porque desde el Bautismo «se nos injerta en una vida que no se agota». Y les puso un encargo más en este mundo en guerra: «Si el mundo quiere ver al Resucitado, primero tendrá que verlo en nosotros, hombres y mujeres de paz».