Ni cálculo, ni neutralidad - Alfa y Omega

No está siendo sencilla la comunicación de los gestos y palabras del Papa sobre la invasión de Ucrania. Conviene recordar, con todas las diferencias entre ambos casos, los días amargos de Juan Pablo II previos a la guerra de Irak. El director editorial del Dicasterio para la Comunicación, Andrea Tornielli, ha tenido que explicar que «el no a la guerra» proclamado por Francisco no tiene nada que ver con una supuesta «neutralidad», ni está motivado por cálculos diplomáticos. En todas las intervenciones del Papa queda claro que, mientras el Ejército ruso ha invadido Ucrania matando a civiles indefensos, los ucranianos están defendiendo su tierra y su libertad, y como recordaba ese mismo editorial, el derecho a la legítima defensa está recogido por el Catecismo en consonancia con toda la tradición de la Iglesia.

Una de las dificultades para entender radica en la pretensión de que el Sucesor de Pedro sea algo así como el capellán de Occidente. El Papa no puede depender de las estrategias políticas, por legítimas que sean. Es el pastor de la Iglesia universal, testigo y maestro del Evangelio y, por tanto, de la visión histórica que de él deriva. Durante su viaje a Malta, Francisco denunció las pretensiones nacionalistas que solo producen muerte, odio y destrucción, en clara referencia a la estrategia de Putin: «Necesitamos compasión y cuidados, no visiones ideológicas y populismos que se alimentan de palabras de odio y no se preocupan de la vida concreta del pueblo, de la gente común».

No hay contradicción entre el apoyo a la lucha del pueblo ucraniano por su libertad y la afirmación de Francisco de que «la guerra no puede ser algo inevitable», a lo que nos tengamos que acostumbrar. Por eso ha pedido superar la lógica de los bloques y de la guerra fría, una política fuerte y una diplomacia creativa que permitan volver a los grandes acuerdos internacionales. La perspectiva que señala el Papa es la más justa y realista, pero será muy difícil de llevar a cabo mientras Putin siga a los mandos en Moscú. Y eso lo sabe perfectamente la Santa Sede. Entre tanto, la Iglesia trabaja por acortar los tiempos de una paz que solo podrá serlo si está basada en la verdad y la justicia.