Monseñor José H. Gómez: «La gente aún no ha renunciado al sueño de Estados Unidos»

Es mexicano y preside de la Conferencia Episcopal Estadounidense. Monseñor José Horacio Gómez, arzobispo de Los Ángeles, conoce en su propia piel qué es ser un migrante en el gigante americano, en el que todavía existen «islas solitarias de pobreza», afirma, citando una expresión de Luther King. Islas especialmente solitarias para la población negra, porque aunque hay «prejuicios hacia los latinos», el racismo «contra los negros es más profundo», se extiende «desde el pecado original de la esclavitud». Ante esta situación, la Iglesia propone «una conversión genuina de corazón» y la «la reforma de la justicia penal y la desigualdad racial y económica». Mientras eso ocurre,  el arzobispo reconoce «alentadoras» las manifestaciones pacíficas

Cristina Sánchez Aguilar
José H. Gómez, en febrero de 2019, en la Universidad Católica de América. Foto: CNS

Es mexicano y preside de la Conferencia Episcopal Estadounidense. Monseñor José Horacio Gómez, arzobispo de Los Ángeles, conoce en su propia piel qué es ser un migrante en el gigante americano, en el que todavía existen «islas solitarias de pobreza», afirma, citando una expresión de Luther King. Islas especialmente solitarias para la población negra, porque aunque hay «prejuicios hacia los latinos», el racismo «contra los negros es más profundo», se extiende «desde el pecado original de la esclavitud». Ante esta situación, la Iglesia propone «una conversión genuina de corazón» y la «la reforma de la justicia penal y la desigualdad racial y económica». Mientras eso ocurre,  el arzobispo reconoce «alentadoras» las manifestaciones pacíficas

Monseñor Gómez, usted afirmó en una declaración posterior a la muerte de George Floyd que el racismo «ha sido tolerado por mucho tiempo» en Estados Unidos. Aunque recientemente, en su entrevista con La Stampa, dijo que no es un «racismo sistemático». ¿Cómo podríamos entender la realidad de los prejuicios raciales que existen en EE. UU.?

Es triste decirlo, pero el pensamiento racista y las prácticas racistas siguen siendo realidades cotidianas en la sociedad estadounidense. Hemos recorrido un largo camino en nuestro país, pero no hemos llegado lo suficientemente lejos. Es cierto que todavía a las personas se les niegan oportunidades debido al color de su piel, y muchas injusticias en nuestra sociedad tienen aún sus raíces en el racismo y la discriminación. Demasiados barrios minoritarios en Estados Unidos todavía son «islas solitarias de pobreza», que es como el reverendo Martin Luther King los describió hace 50 años. Entonces, debemos seguir trabajando para cambiar esta realidad. Y de eso tratan estas manifestaciones en todo el país.

¿Qué papel juega la Iglesia estadounidense en un país con un problema racial tan arraigado y duradero?

Jesús estableció su Iglesia para ser el signo visible de la hermosa visión de Dios para la familia humana. Más que eso, la Iglesia es el instrumento que el Padre usa para reunir a sus hijos, para formar una familia de cada nación, raza e idioma. Esa es nuestra misión en la sociedad. Estamos llamados a proclamar la santidad y la dignidad de la persona humana, que es un hijo de Dios hecho a imagen y semejanza del Padre.

Esta es una responsabilidad importante para todos nosotros en la Iglesia en este momento. Necesitamos ser líderes en una nueva conversación sobre la reforma de la justicia penal y la desigualdad racial y económica en nuestro país.

En 2018 los obispos norteamericanos escribieron una carta pastoral conjunta sobre el racismo, y un año antes se creó un comité eclesial ad hoc para luchar contra esta lacra. ¿No se ha avanzado nada en estos tres años?

En nuestra carta pastoral de 2018 sobre el racismo, mis hermanos obispos y yo declaramos que «lo que se necesita, y lo que estamos pidiendo, es una conversión genuina de corazón, una conversión que obligue al cambio y la reforma de nuestras instituciones y sociedad». Eso sigue siendo cierto. Es importante para nosotros trabajar para librar a nuestra sociedad del racismo, que es una blasfemia contra Dios que crea a todos los hombres y mujeres con igual dignidad. No tiene lugar en una sociedad civilizada ni en un corazón cristiano.

Una de las grandes figuras sagradas de nuestra historia es el venerable Agustín Tolton. Nació en la esclavitud, escapó a la libertad con su madre y se convirtió en el primer hombre negro en ser ordenado sacerdote en nuestro país. El padre Tolton solía decir: «La Iglesia católica deplora una doble esclavitud: la de la mente y la del cuerpo. Ella se esfuerza por liberarnos de ambos». Se negó a dejar que su mente fuera esclavizada por la ignorancia y el racismo de los demás.

Creo que esto también es un gran ejemplo para nosotros hoy. Debemos resistir cada voz de violencia y división. En cambio, necesitamos escuchar la ira y el dolor de nuestro prójimo, y debemos tratar de escuchar la voz de Dios. En este momento, tenemos la oportunidad de pasar del miedo a la amistad; dejar de ver a otros y comenzar a ver hermanos y hermanas. Necesitamos estar juntos y caminar juntos. Necesitamos construir nuestras familias, dar esperanza a nuestros hijos y crear una cultura de virtud y disciplina.

‘Amor. Misericordia’ es el mensaje de la pancarta de un manifestante en Washington el pasado 7 de junio. Foto: Reuters/Joshua Roberts

Usted mismo es migrante en Estados Unidos. Los latinoamericanos son otro importante grupo migratorio en el país. ¿Hay alguna diferencia entre el racismo y la discriminación contra la población negra y la latina?

Ciertamente hay algunos prejuicios contra los latinos en Estados Unidos. Se remonta especialmente atrás en algunas partes de nuestro país. Hemos visto este prejuicio también en los últimos años en los debates sobre inmigración. Pero el racismo contra los negros es más profundo, se extiende desde la fundación de nuestro país, desde el pecado original de la esclavitud.

En todos los casos, debemos defender la dignidad humana. Los derechos humanos provienen de Dios y la humanidad de los demás nunca es negociable. Toda persona es un hijo de Dios, dotado por su Creador con dignidad, igualdad y derechos humanos que deben protegerse y que nadie puede violar.

Parece que hay una parte de los estadounidenses que se está aprovechando de la situación para sus propios fines porque, ¿qué tiene que ver el vandalismo que se experimenta en las calles con la defensa pacífica de la igualdad racial?

La gran mayoría de las manifestaciones son pacíficas y reflejan la ira y la tristeza justificadas de las personas y su demanda de justicia. Por lo tanto, sería un error concentrarse demasiado en aquellos que están siendo violentos o que están tratando de usar este momento para promover la división o el odio. Lo que es alentador para mí es que en estas manifestaciones vemos que la gente aún no ha renunciado al sueño de Estados Unidos. Millones aún creen en la promesa de los fundadores de nuestro país: que Estados Unidos puede ser una gran nación, una tierra donde todos los hombres y mujeres son tratados por igual como hijos de Dios, y donde el Gobierno protege y promueve nuestro derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Las manifestaciones son una hermosa y esperanzadora muestra de ello.

La pasada semana el Papa se refirió al debate algo contradictorio en muchos países occidentales en los que se defiende firmemente lo sagrado de la vida humana, pero a veces se cierran los ojos ante la exclusión y al racismo. ¿Se vive esta dualidad en Estados Unidos?

En realidad, el Santo Padre simplemente estaba diciendo la verdad. Él dijo: «No podemos tolerar o ver hacia el otro lado ante el racismo y la exclusión de ninguna forma y, sin embargo, pretender defender lo sagrado de toda vida humana». No veo a nadie en la Iglesia que no esté de acuerdo con esta premisa fundamental. Todos creemos que toda vida es sagrada, que cada vida es importante para Dios. Rezamos el padrenuestro y eso significa que todos somos hermanos y hermanas. Y todos estamos trabajando para conformar una sociedad donde todos tengan las mismas oportunidades, sin importar el color de su piel.

Cristina Sánchez Aguilar


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