Misionero en un barrio humilde al sur de Lima: «Solo el 2 % de los niños están bautizados»
Ildefonso y Jesús Ángel, misioneros veterano y novato, desgranan sus retos y su esperanza ante el Día de Hispanoamérica
Hace casi año y medio Alfa y Omega entrevistó a Jesús Ángel Marcos por la riqueza patrimonial de su parroquia en Orgaz (Toledo). Ahora, está al cargo de la Inmaculada Concepción, una parroquia con cuatro capillas sin agua corriente en Villa El Salvador, zona de asentamientos informales al sur de Lima (Perú). Es uno de los cuatro sacerdotes diocesanos españoles que el año pasado llegaron a la misión con la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano Americana (OCSHA). Con 22 años de ministerio, «tenía en el corazón las ganas de servir un tiempo a alguna Iglesia fuera». Desde la erección en 1996 de esta diócesis, Lurín, Toledo le envía sacerdotes como misioneros, asumiendo su sustento. Ahora son cinco. En 2023 Marcos visitó a uno de ellos, compañero y amigo, en una comunidad cercana y terminó diciendo que sí a sumarse a él.
El cambio fue «brutal». «Aquí la Iglesia todavía está empezando». En una de sus capillas no hay catequistas y pocos feligreses implicados, más allá del laico que dirige la liturgia de la Palabra los domingos. Las otras están más desarrolladas, pero aun así no puede abrir grupos de Confirmación cada año porque solo hay seis personas con formación para llevarlos. «Hay mucha gente sin bautizar: en los colegios, solo lo están el 2 % de los niños». Por otro lado, al aterrizar en la misión «no puedes venir con tus esquemas. Tienes que empezar de cero, fiarte y dejarte querer y enseñar».
Aun así, asegura que su nueva realidad encarna el lema del Día de Hispanoamérica, el próximo domingo: Historia de esperanza. «La gente tiene sed de Dios y de que les hables del cielo». Pasa horas confesando y están viviendo «con mucha novedad e ilusión» el Jubileo. Son personas sencillas que ganan menos de 300 euros al mes, pero «lo que más quieren es a su Diosito Jesús. Si esta gente es capaz de enamorarse así, ¿cómo no voy a hacerlo yo?».
Otro signo de esperanza son los 20 seminaristas de Lurín; una cifra importante, sobre todo en una diócesis con solo 50 sacerdotes. Estos días de sus vacaciones de verano «están aquí haciendo misión pura y dura». Van de puerta en puerta predicando el amor de Dios y —frente a las muchas confesiones y sectas con las que conviven— la verdad de la Iglesia católica. «También invitamos a los niños a talleres de danza y canto, de baile, de teatro. Vienen unos 100, los traen sus padres y, al mismo tiempo, tenemos expuesto el Santísimo. Así pueden hacer una visita y quedarse a Misa». La misión se cerrará con un festival.
Si este sacerdote toledano es un novato en la misión, pocos hay más veteranos que Ildefonso Escribano. A sus 91 años, lleva 65 en la favela Barros Filho, de Río de Janeiro (Brasil). «Por la calle casi no puedo dar un paso porque todo el mundo me saluda», ríe. Es testigo privilegiado —y protagonista— del cambio que se ha vivido allí. «Cuando llegué eran todo casas entre la vegetación, sin agua, luz ni asfalto». Estas mejoras se lograron gracias a los grupos de evangelización. Al preguntarse «qué les pedía Dios ante la realidad que vivían», fueron encargándose de urbanizar el barrio. «Decían a las autoridades que pusieran la dirección técnica» y los materiales y «ellos harían el trabajo». Así levantaron también la Iglesia. Además, con el actual Gobierno «mucha gente ha salido de la pobreza» gracias a los programas sociales.

El «cambio para mal» lo simboliza el recipiente donde Escribano guarda los casquillos de bala que recoge a la puerta de su casa. «Las bandas y el tráfico de drogas se refugian en las favelas y hay enfrentamientos con la Policía todos los días». El problema empezó hace décadas, en la dictadura militar, pero se agravó con la liberalización de la posesión de armas bajo el expresidente Jair Bolsonaro. «A veces todo está tranquilo y de repente hay un tiroteo que parece la guerra», con el riesgo de recibir una bala perdida. El año pasado la violencia dejó 2.400 muertos en la ciudad. «Si te coge en la calle tienes que entrar en la primera casa que puedas. La gente hace vida normal con ello».
Como comunidad, lo único que pueden hacer es «contrarrestar con formación» y actividades el atractivo de estos grupos en los chavales. Es una de esas «contradicciones, miserias y absurdos» ante los que «podemos sentirnos rebasados», como se lee en el mensaje para el domingo. El misionero reconoce que «es un problema convivir con esto y no perder la esperanza». Lo logran mediante «la Palabra de Dios, que es lo que nos da fuerza y aquí tiene mucha autoridad; y el testimonio de vida».