Ya se puede subir de nuevo a la cúpula de la Almudena para ver Madrid como los ángeles. Bueno, al menos como lo ven cuando los convocan las campanas que llaman a Misa, pero otro día hablaremos de la bendición de las campanas, que es una de mis favoritas junto con la bendición de las bibliotecas. Hoy toca hablar de la bendición que suponen estos atardeceres desde el cielo de Madrid. A una ciudad como esta, que no tiene mar, le sobran dosis de cielo como para hacer transfusión a otros lugares sombríos y nublados. Desde estas alturas, uno vislumbra aquel Madrid que pintó Velázquez.

Mi abuelo solía decir que ningún artista pinta los paisajes que pinta Dios. Estas vistas hacen buenas sus palabras. En el corazón de Madrid, se puede tocar el cielo y desde allí otear la distancia. Se ve la Casa de Campo y la sierra, que un día fueron escenarios de los combates de la Guerra Civil, esa tragedia espantosa de hermanos contra hermanos que jamás debe repetirse.

Uno pensaría que así, pequeñitos desde la altura, es como nos ve Dios, pero sospecho que no es cierto. Yo creo más bien que nos ve tal como somos, exactos en nuestra pequeñez y nuestra grandeza, y que así nos llamó desde el mismo seno de nuestra madre. San Agustín decía que él era «interior intimo meo», «más interior a mí que yo mismo», y no debemos de ser tan chiquitos porque su propio Hijo se encarnó y se hizo uno de nosotros igual en todo salvo en el pecado.

Me consuela pensar que, en este regalo cotidiano de los atardeceres madrileños, efímeros y bellísimos, hay algo de su gloria que nos anticipa el bien, la verdad y la belleza a la que estamos llamados. Así desde esta cúpula que ahora reabre, podemos atisbar un destello del Paraíso.