Los que faltan en el banco de al lado

Ahora que vuelve el culto con pueblo a nuestras parroquias, tras las mascarillas se adivinan los rostros de siempre. Sin embargo, no todos han podido volver. El coronavirus se ha llevado a muchos de los nuestros, que ya no vivirán la Misa desde un banco de madera sino en primera fila en el cielo

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Foto: Paco Flores

Ahora que vuelve el culto con pueblo a nuestras parroquias, tras las mascarillas se adivinan los rostros de siempre. Sin embargo, no todos han podido volver. El coronavirus se ha llevado a muchos de los nuestros, que ya no vivirán la Misa desde un banco de madera sino en primera fila en el cielo

Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo

Ángel, el tapicero enamorado de Dios

Cuando iba a Misa a su parroquia en Villanueva de la Cañada, Ángel siempre se sentaba en el primer banco delante del altar, justo en la esquina, y es ahí donde Gonzalo, su párroco, todavía parece verle semanas después de haber fallecido por coronavirus.

Padre de ocho hijos y tapicero de profesión, con 72 años se sacó el cinturón negro de jiu jitsu, y luego comenzó a practicar kick boxing. También fue a la universidad de mayores y se sacó la carrera de Historia del Arte. «Era una persona muy carismática, quería mucho a todo el mundo y todo el mundo le quería», cuentan su hijo Manolo y su nuera Beatriz. «Su objetivo en la vida era dar a conocer a Dios a la gente. Era muy sociable, y al final siempre metía a Dios en medio de cada conversación», añaden.

Físicamente Ángel estaba fuerte, pero se murió apenas una semana después de que se manifestaran los primeros síntomas del coronavirus, con 76 años.  «Estaba preparado», cuenta su familia: «Había recibido los sacramentos y se fue con mucha paz».

Hace cinco años, Ángel publicó un libro titulado El encuentro, sobre cómo pensaba que sería la vida después de morir. En él escribió: «Jesús ha sido el amor de mi vida durante toda mi existencia. Como dos enamorados que corren el uno hacia el otro para estrecharse en un abrazo de amor, así será nuestro encuentro con Dios después de la muerte. Allí no habrá palabras, solo ternura. Somos un alma creada para la eternidad y para gozar del amor infinito».


Lola, presente «de otra manera»

María Dolores, a quien todos llamaban Lola, ingresó en el hospital el Viernes de Dolores. El Domingo de Ramos pudo confesarse y recibir la Comunión y la Unción de Enfermos, y el sábado de Pascua, con 85 años, completó el camino de todo cristiano aquí en la tierra.

Su familia no pudo estar con ella en el momento de su muerte, y se tuvieron que conformar con verla asomarse un día a la ventana de su habitación del hospital. «Yo hablé con ella unos días antes y ya no le entendías casi nada porque tenía el oxígeno puesto», cuenta su hija Teresa. «Le dije que la quería mucho y luego al colgar pensé que quizá esa sería la última vez que hablaba con ella».

Habitual de la parroquia del Corazón de María, en el centro de Madrid, Lola «ha sido siempre un ejemplo durante toda su vida y especialmente en la vejez». «Fue siempre muy generosa. Tuvo siete hijos. Siempre estaba contenta y alegre».

Al volver a Misa por primera vez tras el confinamiento, Teresa cuenta que «tuve la sensación de que, al estar con Dios, estaba con mi madre al mismo tiempo. Y sé que un día nos volveremos a reunir, como ella se ha reunido ya con sus seres queridos que fallecieron. Mi madre sigue presente, pero de otra manera».

Luis y Pepi se fueron «con las manos llenas»

El coronavirus ha golpeado de manera especial a la parroquia de San Francisco Javier y San Luis Gonzaga, en el barrio madrileño de la Ventilla. Se ha llevado a dos feligreses muy señalados: Luis, el manitas de la parroquia, y Pepi, la sacristana. «Son dos personas de esas que dejan un gran hueco cuando se van», lamenta Carmen, compañera de ambos en el coro parroquial.

Luis nació en el barrio y vio crecer la parroquia. Lo mismo podaba el jardín que regaba las plantas o tapizaba unas sillas, y aún le sobraba tiempo para ensayar las canciones del domingo. «Era una persona callada, de esas que parece que no son vistosas pero que hacen un trabajo constante en la comunidad. Le echamos de menos, hacía más agradable el día», dice Carmen.

El 10 de marzo empezó a sentirse mal durante la Misa y murió varios días después, «solo en el hospital, porque no dejaban entrar a nadie. Ha sido tremendo y nos hemos quedado muy tristes».

Justo cuando estaban empezando a asumir lo de Luis murió Pepi, otro baluarte de la parroquia, sacristana desde hacía diez años. «Siempre que faltaba algo, ahí estaba Pepi para ayudar», recuerda Carmen. Había enfermado primero su marido, «pero toda su preocupación era que él se pudiera morir solo en el hospital», lo que al final no sucedió. Un día Pepi dejó de contestar al teléfono y al WhatsApp; fue ella la que murió sola en casa.

«Nos quedamos sin palabras y con el corazón encogido y triste. Es tremendo no haber podido despedirnos, ni haber podido celebrar una Misa con toda la comunidad. Nos hemos quedado muy huérfanos, pero solo nos queda poder dar las gracias por ellos, porque se han ido con las manos llenas», dice su amiga.

Julio César, «toda su vida preparándose»

Cuando tenía algo más de 30 años, Julio César hizo un cursillo de cristiandad en su Venezuela natal y eso le cambió la vida. Desde entonces no se separó de Dios, ni siquiera cuando las circunstancias de su país le obligaron a emigrar y venir a España hace tres años, ya en su vejez.

Enseguida se enganchó a la actividad de la parroquia Nuestra Señora de la Asunción de Valdemoro (Madrid); era sacristán de la ermita del pueblo y daba las charlas prebautismales a padres y padrinos. «Yo le recuerdo siempre rezando; cuidaba mucho la Eucaristía del domingo». «A veces nos pasábamos horas debatiendo sobre algo relacionado con la fe. Hablar con él era divertido y enriquecedor», dice su nieto.

El 29 de febrero empezó a sentirse mal y diez días después lo ingresaron, hasta que falleció el 20 de marzo. En el hospital, Patxi, su párroco, pudo darle la Unción de Enfermos, y escuchar de sus labios cómo decía: «Todo está ofrecido».

«Para nosotros ha sido muy inspirador», asegura su nieto, «porque ha vivido toda su vida preparándose y preparando a su familia para ese momento, que ha afrontado sin miedo, confiado, con los sacramentos y con oraciones, entregándolo todo a Dios. Desde el momento en que murió tuvimos claro que Dios había venido en su rescate».

El Bule, «un niño grande»

El Bule era el apodo cariñoso de José Antonio, un feligrés muy conocido de la parroquia de Navas del Rey, en Valladolid, donde era sacristán y campanero de la ermita de la Inmaculada. Cuando a principios de año se enteró de que sus amigos de la Asociación Las Cuatro Ermitas habían concedido un premio al padre Ángel de Mensajeros de la Paz, hizo todo lo posible para poder viajar a Madrid y conocerle. «El Bule me llamó para ver si podía venir con nosotros, pero el coche estaba ya lleno, así que se fue por su cuenta en tren y quedamos en la puerta de San Antón», recuerda José Luis Rubio Willen, párroco de El Carpio y presidente de Las Cuatro Ermitas. En la Misa, el Bule hizo de acólito junto a su admirado padre Ángel: «Vivió unos momentos de felicidad total. Cuando terminamos, partimos para casa, y él se volvió en tren. Días después, cuando ya estaba con los síntomas, me dijo que creía que fue en ese viaje cuando se contagió, porque el coronavirus ya estaba rondando por ahí».

Desde esa llamada hasta que falleció no pasaron ni 15 días. «Fue una conmoción total», afirma José Luis, porque «era una persona muy querida en nuestros pueblos». «Ha sido el único fallecido por coronavirus. Era una persona muy comunicativa, le gustaban los toros y las procesiones. Todo el mundo le quería, era un niño grande. Aquí deja mucha huella».

Mercedes y Charo, «nuestras intercesoras en el cielo»

Mercedes y Charo eran dos hermanas que vivían en una residencia de ancianos muy cercana a la iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, encomendada desde hace algunos años a la Comunidad de Sant’Egidio. «Desde el primer momento que llegamos hicimos una buena amistad con ellas», recuerda Tíscar Espigares, responsable de Sant’Egidio en Madrid. «Empezaron a venir con nosotros a la Eucaristía los domingos, a nuestras fiestas, a cumpleaños… se creó una amistad muy entrañable entre nosotros».

Hace años, Mercedes era voluntaria de Cáritas en Lavapiés y allí ayudó a muchos adictos a las drogas, «por eso tenía mucha sintonía con todo lo que hacemos en Maravillas con nuestros amigos de la calle», asegura Espigares. «Rezaban mucho por las personas sin hogar y eran muy sensibles a sus historias. Las ayudaban mucho y a mí, de vez en cuando, me daban dinero para los pobres. Era dinero de su pensión, no era mucho, pero era un detalle muy grande, como el óbolo de la viuda», desvela.

Las dos mujeres estaban «siempre juntas, con muchísimo humor. Decían que lo mejor que les había pasado en esta última parte de su vida era habernos conocido. Para ellas nosotros éramos de su familia, y ellas para nosotros también».

Se fueron en mitad de la pandemia. Primero Mercedes y luego Charo. «La tristeza tuvo mucho que ver», piensa Espigares, que considera que «hemos perdido a dos grandes amigas, pero hemos ganado a dos grandes intercesoras en el cielo. No las vamos a olvidar nunca».