Me he acercado a celebrar la Eucaristía, es una pequeña residencia de ancianos. Al lado mismo del santuario de la Virgen del Valle, un lugar con encanto.
Apenas me abren la puerta, ya en el jardín, Beatriz está esperando. Se acerca y me dice: «¿Puedo hacer yo las lecturas?». Cuando la respondo que sí, le aparece en el rostro una sonrisa.
Ella y Mariano me ayudan a preparar la mesa del altar, el cáliz y las velas. Con ilusión van acercando todo. Es una sala que preparamos para la celebración. Y allí están esas 40 personas, que se han acercando poco a poco, con la cachaba o la muleta o en silla de ruedas, llenas de años, y de ilusión también. «Gracias por venir», me dicen.
¡Hay tanta vida acumulada en esos rostros! Muchos fríos de heladas, horas lavando la ropa en el río después de romper el hielo, muchas horas de trabajo para sacar adelante a sus familias, en tiempos muy difíciles. Tienen muchas historias que contar, ganas de ser escuchados. Una experiencia grande de vidas y trabajo callados, de ilusión y dolor. Callos en las manos, ilusión en los ojos. Son los protagonistas silenciosos de las vidas de nuestros pueblos. Protagonistas poco tenidos en cuenta por aquellos que escriben la historia.
Entonamos, más o menos, la canción de entrada, «juntos cantando la alegría de vivir…», y juntos pedimos perdón por ese genio que…; por esa ayuda que no… Juntos escuchamos la Palabra. Y en la homilía los miras a los ojos y te hablan, y te das cuenta, ves lo que la fe ha significado en sus vidas, y en la vida de estos pueblos.
Amparo entona una canción en la consagración. ¿Cómo explicaros que el Evangelio y la vida se hacen más claros en el reflejo de sus ojos, en sus arrugas?
No es ningún espectáculo, no. No va a salir en los periódicos ni en las redes. Pero tiene algo de sencillo y de verdadero que yo echo en falta en muchos sitios de nuestra sociedad y de nuestra Iglesia. No estaría nada mal pararnos de vez en cuando a escucharlos y abrazarlos, sería bueno para ellos y para todos nosotros. ¿No os parece?