Lo irrenunciable en la Iglesia

Jesús Colina. Roma

Quien soñaba en campañas electorales en un futuro más o menos inmediato, con gente en las calles exponiendo pancartas como Fulanito for bishop (Fulanito para obispo), o con Conferencias Episcopales nacionales capaces de hacer y deshacer a su antojo la fe y la tradición de dos mil años de cristianismo, ha quedado decepcionado tras los primeros quince días de Sínodo de los Obispos.

La lluvia de intervenciones de los más de doscientos obispos participantes a la que ha asistido la Asamblea en las primeras semanas, quedó recogida en una Relación tras la discusión, redactada por el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la que recogió las conclusiones más claras que, por el momento, arroja esta cumbre eclesial.

En su intervención, el cardenal jesuita, que sustituye en el cargo de Relator al cardenal Edward M. Egan, de Nueva York, quien tuvo que ausentarse de Roma durante varios días a causa de la conmoción en la que se encuentra sumida su ciudad tras los atentados, bosquejó el perfil del obispo del nuevo milenio en cuatro dimensiones esenciales: comunión con Dios; comunión con la Iglesia universal; comunión con la Iglesia local; y servicio al mundo.

Hombre de Dios

Ante todo, la Relación del cardenal Bergoglio, de 74 años, comenzó subrayando que el mundo necesita hoy obispos que vivan en «comunión con el Señor». En este apartado, insistió particularmente en la santidad, en la formación permanente del obispo, y en el testimonio de vida «pobre por el Reino» que hoy día exige de él el mundo.

A continuación, afrontó la cuestión de la relación del obispo con el Papa y con los obispos del mundo. La clave para explicar las relaciones en la Iglesia ha quedado acuñada en una frase: Bajo Pedro y con Pedro.

Algunos obispos habían propuesto, durante las intervenciones, adoptar el principio de subsidiariedad como criterio que rija las relaciones entre el Papa, la Curia romana, las Conferencias Episcopales, y las diócesis. Se trata de una de las aportaciones de la doctrina social de la Iglesia que ha sido adoptada también por la sociología y que delimita el ámbito de acción de cada uno de los niveles y autoridades que conforman el cuerpo social. La Iglesia, sin embargo, no es una institución política, ni económica, estrictamente hablando, y por tanto este criterio se le queda corto. La fe, por ejemplo, es igual a todos los niveles: no puede haber creencias diferentes por parte del Papa o de las Conferencias, pues no estaríamos hablando ya de la misma Iglesia. Por eso, el cardenal Bergoglio, al recoger las conclusiones, afirmó: «Hay que hablar más de comunión que de subsidiariedad».

Por lo que se refiere a la misión del obispo, pastor de la diócesis, lo primero que ha subrayado el Sínodo hasta ahora, como confirmó Bergoglio en su Relación, es el deber de ser maestro de la fe. Subrayó con vigor que el obispo está capacitado por la gracia del Orden sagrado para expresar un juicio auténtico en materia de fe y moral. Al mismo tiempo, constató el Relator que el obispo, con peculiar predilección, debe convertirse en heraldo de la Buena Nueva de Jesús entre los pobres, para quienes debe ser un padre y hermano. Debe prestar también una atención privilegiada en la atención a sus sacerdotes, diáconos y colaboradores inmediatos de su ministerio, así como a sus seminaristas. Análoga preocupación debe sentir por las vocaciones a la vida consagrada y misionera.

Servicio al mundo

Por último, el cardenal Bergoglio afrontó el servicio que está llamado a ofrecer el obispo al mundo. Subrayó la acción pastoral de la cultura, que depende en la sociedad actual, en buena parte, de la presencia en los medios de comunicación. «El mundo de la comunicación es ambiguo», constató. Ofrece posibilidades extraordinarias para anunciar la fe, y la esperanza que necesita el mundo. Pero está también sometido a la manipulación. La solución, por tanto, pasa por la formación de laicos, religiosos y sacerdotes para que estén presentes en este ámbito.

Refiriéndose al servicio del obispo al mundo actual, el cardenal argentino mencionó la urgencia de que el obispo sea agente de justicia y de la paz; agente de diálogo; y heraldo de la esperanza.

J. C. Roma