Descanso para los hombres - Alfa y Omega

Descanso para los hombres

Sábado de la 4ª semana del tiempo ordinario / Marcos 6, 30-34

Carlos Pérez Laporta
‘Jesús ordena a los apóstoles que descansen’. James Tissot. Museo de Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos.

Evangelio: Marcos 6, 30-34

En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.

Él les dijo:

«Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco».

Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.

Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Comentario

Cuando «los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado», Él se fijó en su cansancio. Jesús envía a los suyos para que sirvan, para que trabajen y se desgasten por el Reino; pero al mismo tiempo Él mismo vela por su descanso. Sabe que no es el puro trabajo humano el que realiza la obra del Padre. No es solo el sacrificio. Para eso no habría hecho falta que Él viniese. Él lo sabe, porque el centro mismo de su trabajo sigue sin estar fuera, en su mera operatividad, en todos sus milagros y en todas sus predicaciones. El centro de todo ello sigue siendo la intimidad con el Padre en la que Él vive y a la que quiere invitar a todos los hombres. Por eso les dice: «Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco». Todas sus obras y palabras deben descansar sobre esa intimidad, para producir verdadero descanso en los hombres. El Evangelio consiste precisamente en llevar a todos los hombres a ese descanso. Los quiere llevar al desierto, «donde el aire es más puro, el cielo más abierto y Dios es más familiar» (Orígenes).

Sin embargo, esa soledad con el Señor parece haberse poblado de gente. De todas partes ha llegado gente. Con todo, en medio de la agitación, su descanso no se truncó, porque, «al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor». Han podido observar el corazón desarmado de Jesús, su amor dolorido sobrecogido por la perdición humana, el centro de la divinidad. Solo ha sido un instante, pero ese instante ha sido la contemplación más honda de sus vidas, un pozo del que podrán siempre volver a beber en sus caminos y trabajos.