Lázaros

Aurelio García Macías
Miniatura del Codex Aureus Epternacensis

Probablemente este texto sea uno de los más hermosos de todo el Evangelio de Lucas. Jesús se dirige a los fariseos, amantes del dinero, quienes se burlan de las enseñanzas de este nuevo Maestro, que advierte sobre el peligro de aferrarse a las riquezas. Y a ellos se dirige por medio de una sapiente parábola en la que contrapone la situación de dos protagonistas en vida –un rico y un pobre–, y la posterior y consecuente situación de ambos tras la muerte.

El rico anónimo

Comienza el relato describiendo al hombre rico que personifica a quien posee riquezas y está cerrado a compartir sus bienes con los demás. No sabemos su nombre. La tradición cristiana lo denomina epulón, por el termino griego usado en el relato, cuyo significado es rico. Su estilo de vida es ostentoso y su actitud, escandalosa: vestía de púrpura y de lino, y banqueteaba espléndidamente cada día. No solo es rico, sino que despilfarra inútilmente su fortuna en cosas superfluas. Jesús no recrimina tanto su riqueza, cuanto su insensibilidad para ver a los pobres que malviven junto a él y su falta de caridad para compartir sus bienes con ellos.

El mendigo Lázaro

Frente a esta escena aparece la figura de Lázaro: un mendigo, en extrema pobreza, echado a la puerta del hombre rico, solicitando ayuda. Es curioso que Lázaro sea la única persona que recibe nombre en todas las parábolas de Jesús. La puerta de la casa donde se encuentra establece un límite y una enorme división no solo de espacios, sino también de mundos y realidades distintas. Mientras en el interior de la casa se tira el alimento al suelo sin ningún escrúpulo, Lázaro se muere de hambre y ni siquiera logra recibir las migajas de pan que caen de la mesa. Lázaro, que es pobre, contempla de cerca y está rodeado por la riqueza; porque, ¡casi siempre!, pobreza y riqueza, aunque son dos realidades opuestas, coexisten cercanas.

Mientras el cuerpo del rico está vestido lujosamente de púrpura y de lino, el cuerpo de Lázaro está cubierto de llagas. Lázaro tiene hambre, está enfermo… y nadie le socorre; son los perros las únicas criaturas que perciben la miseria y degradación de este hombre y le consuelan con sus lamidos.

Finalmente, ambos murieron. Los dos, que fueron tan diferentes en vida, tuvieron el mismo fin, pero no el mismo destino. El rico fue enterrado, devuelto al seno de la tierra, como requería la dignidad de todo judío. Sin embargo, la tierra es también el hogar de los muertos y, en el caso de este rico, el paso al tormento del infierno. Por contra, Lázaro fue al seno de Abrahán, el hogar de los vivos, y el destino feliz para todos los judíos descendientes del patriarca.

El rico, que no prestaba atención a Lázaro en vida a la puerta de su casa, se sorprende ahora al verle junto a Abrahán y solicita que le ayude a él y a su familia. Pero Abrahán –que reconoce al rico como hijo– clarifica que es demasiado tarde para poder ayudarle. Abrahán reitera que la gran ayuda es escuchar las Escrituras, que hablan de este destino final; pero el rico protesta porque reconoce la improbabilidad de que sus hermanos escuchen el mensaje de las Escrituras, como le ha ocurrido a él. ¿Qué decir ante esto?

Reflexión final

Podríamos sacar muchas consecuencias de esta sabia parábola. Jesús la dirige a los fariseos, que presumían de conocer la Ley y los Profetas, y eran ricos apegados al dinero y cerrados a vivir en serio la palabra de Dios. Jesús les dice que si son como este hombre rico en vida, también serán como él tras la muerte. Y de esta forma les advierte de que las riquezas no son capaces de asegurar la salvación del hombre, sino que pueden conducir a su ruina.

El pecado del rico no fue su riqueza, sino su dureza de corazón. No tuvo compasión con el mendigo que pedía ayuda a la puerta de su casa, mientras él derrochaba inútilmente sus bienes. La parábola enseña que quien desprecia al pobre, desprecia también a Dios; quien ama las riquezas más que al pobre, las ama más que a Dios, y es idólatra.

También hoy muchos ricos derrochan espléndidamente cada día los bienes que, en justicia, pertenecen a los más pobres de la tierra. Todos pensamos en las grandes multinacionales que manejan gobiernos y mercados globalizados, y que en su carrera van dejando miles de pobres en las cunetas de nuestra sociedad. Pero, también nosotros, a menor escala, nos dejamos seducir por la fascinación de la riqueza y nuestro corazón se resiste a compartir aun lo poco que tenemos. Los pobres conviven entre nosotros; hay lázaros que llaman a nuestra puerta. Probablemente no podemos solucionar todas las situaciones injustas del mundo, pero ¿cuál es tu actitud? ¿Te identificas más con Lázaro o con el rico? No te cierres al egoísmo. Sé caritativo. Ábrete a la compasión.

Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos


Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”. Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Lucas 16, 19-31