Las religiosas que acompañan al paritorio - Alfa y Omega

Las religiosas que acompañan al paritorio

La hermana María Cristina, de la congregación estadounidense Hermanas de la Vida, clausuró la XXII edición del Congreso Católicos y Vida Pública. «El amor de Dios expulsa el temor» ante un embarazo con dificultades, subrayó

María Martínez López
«¿Podrá jugar y reírse?», preguntó la madre de Mateo cuando los médicos le dijeron que venía con problemas. Siguió adelante, y las hermanas Frassati y María Cristina fueron a su bautizo en el hospital. Foto: Sisters of life

De vez en cuando, a las misiones en defensa del no nacido que tienen las Hermanas de la Vida en Estados Unidos y Canadá llegan mujeres que se hacen pasar por embarazadas para tenderles una trampa. Lo saben, pero no dejan de atender a todas por igual. El año pasado, «una de ellas volvió para decirnos que en realidad no estaba embarazada, pero que si conociera a alguna con problemas nos la enviaría». Lo cuenta a Alfa y Omega la religiosa española María Cristina, que el domingo clausuró desde Nueva York la XXII edición del Congreso Católicos y Vida Pública. Este año, se ha proclamado que es ¡El momento de defender la vida!

La congregación fue fundada en 1991 por el cardenal John J. O’Connor, arzobispo de Nueva York. Sus 120 hijas dedican cuatro horas diarias a la oración, además de una apretada (e impredecible) agenda acompañando a mujeres que se plantean abortar, tienen dificultades en su embarazo o sufren tras haberle puesto fin. De hecho, la hermana María Cristina atiende a este semanario mientras está pendiente del traslado de un extremo a otro del país de dos jóvenes que necesitan escapar de sus parejas.  

Antes de entrar en la congregación, pasó unos años muy activa en el movimiento provida de su Sevilla natal, a raíz de la tramitación de la ley Aído. Pero no tardó en darse cuenta de que por debajo de todo subyacía «una batalla espiritual», y cada mes dedicaba un fin de semana al silencio y la oración. Cuando su trabajo la llevó a California, conoció a una chica que iba a ingresar en las Hermanas de la Vida. Nunca se había planteado consagrarse, pero al leer sobre ellas se echó a llorar. «El corazón me ardía y pensaba: “Dios mío, ¿me quieres aquí?”». Con el tiempo, descubrió que una de las religiosas llevaba tiempo pidiendo una vocación hispanoparlante para atender mejor a las hispanas. 

De coyotes y deportaciones

Por eso en su labor las historias de embarazos en dificultad se entrecruzan con los problemas de muchas inmigrantes. Ha tenido que recordarle que «es fuerte» para continuar su embarazo a una adolescente ecuatoriana que «tardó seis meses en llegar aquí, cruzando el río Bravo sola porque el coyote la abandonó». Atendió a «una indígena que solo hablaba su lengua y había sido violada por el camino». Si se lo piden, entra a las consultas e incluso al paritorio con ellas, que a veces la presentan como «mi hermana»; escena chocante cuando lo dice «una dominicana negra como el tizón», bromea. Incluso ha movido Roma con Santiago para conseguir que el hijo que esperaba una presa, a punto de ser deportada, no le fuera arrebatado.

Los casos les llegan de mil maneras: por una tarjeta que aparece en la sala de espera de un centro abortista, por recomendación de asistentes sociales y personal sanitario (no necesariamente creyentes ni provida) de los que se van haciendo amigas, y muchísimas veces por recomendación de otras mujeres a las que han ayudado en el pasado. 

Pero no son las únicas pobrezas que atienden. Otras son «niñas ricas de generación tras generación de familias rotas», o «una artista internacional que está actuando en la Gran Manzana y ve cómo un embarazo amenaza su carrera». Muchos rostros diferentes que tienen en común la soledad, el miedo, y quizá hasta una «crisis de identidad». «Es ahí donde queremos llevar a Dios, porque su amor expulsa el temor» y puede ofrecerles una «vida en plenitud». 

«¿Cómo estás?»

No se trata de «soltarles un rollo que no les interesa». La religiosa comienza preguntando «¿cómo estás?». Escuchando y haciendo eco de lo que dicen, «las chicas sacan todo lo que llevan dentro». Es necesario para que luego escuchen ellas. Poco a poco, les hace ver que «su vida es un don y vale la pena», y les recuerda que son buenas. Y, con ello, va calando que «están hechas para algo más grande que abortar». Algunas solo necesitan eso para continuar su embarazo. Otras no se deciden hasta que les prometen estar a su lado todo el tiempo.

Y no faltan casos en que terminan abortando. «Es un dolor», reconoce la hermana. «Pero solo Dios sabe lo que tiene reservado». Después de un tiempo en la misión de sanación posaborto que también tiene la orden, ha comprobado cómo a veces es esa experiencia la que les permite cambiar y encontrarse con el Señor, a veces décadas después. 

La labor de estas religiosas es la antítesis de la actitud general de la sociedad que había descrito el nuncio en España  dos días antes, al inaugurar este encuentro organizado por la ACdP y la Fundación Universitaria San Pablo CEU. Ante una embarazada con problemas, con el aborto «se pretende ofrecerle una salida fácil». Pero al final «queda abandonada en sus circunstancias, también en el aspecto psicológico», subrayó Bernadito Auza ante más de 4.000  inscritos, la mayoría a distancia. 

«No es un derecho»

El nuncio recordó que en 1982, mientras se preparaba la despenalización de esta práctica que se hizo realidad en 1985, el Papa san Juan Pablo II «exclamó con gran énfasis» durante su visita a España «que nunca se puede legitimar la muerte de un inocente». Una afirmación «justa que no solo pronuncia el hombre de fe sino toda persona con un mínimo de humanidad en su conciencia». 

El aborto, continuó, «no se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo», porque la vida del no nacido «nunca puede ser objeto de dominio por otro ser humano». Se mostró consciente de que hoy los católicos se encuentran con «expresiones culturales que presentan obstáculos a la vida y a la familia». 

Por ello los exhortó, leyendo un mensaje enviado por el Papa Francisco, a comprometerse con la defensa «de toda vida humana desde la concepción hasta el ocaso natural», en medio de «estos momentos de dolorosa prueba por la pandemia». Especialmente relevante resulta la defensa de la vida hasta su fin natural, concluyó el nuncio, en el marco de «los debates sobre la eutanasia». Una propuesta que denunció: «No somos dueños de la propia vida, y mucho menos de la de los demás». 

Marcelino Oreja, Auza y Alfonso Bullón de Mendoza en el Aula Magna del CEU. Foto: CEU
Sánchez Saus, director del XXII Congreso Católicos y Vida Pública. Foto: CEU
«El papel de los católicos es fundamental»

Cardenal Carlos Osoro. Arzobispo de Madrid

El purpurado presidió la Eucaristía del congreso, retransmitida por TVE. Pidió la implicación de los creyentes para que se respete la dignidad de cada vida humana «en todo su sagrado e ininterrumpible ciclo vital».

 

«Hay que apoyar a las mujeres con hijos»

Joaquín Leguina. Presidente del Observatorio Demográfico CEU

El expolítico puso de manifiesto que en España no se tienen los hijos que se desean, y propuso medidas para que las madres no pierdan sus vidas profesionales. Alejandro Macarrón añadió que «es el momento de defender la vida».

«Es cruel una ley de eutanasia sin paliativos»

Manuel Martínez-Sellés. Presidente del Colegio de Médicos de Madrid

El médico aseguró que «cuando un enfermo solicita la eutanasia, está pidiendo que lo cuiden». Además, recordó que hay pacientes que sufren «porque no les damos un tratamiento paliativo adecuado». Esto se debe a que «sale más barato matar pacientes que cuidarlos».