Tribuna: Las paradojas de la alegría y la cruz - Alfa y Omega

Hace 80 años, el 14 de junio de 1936, fallecía Gilbert Keith Chesterton, el apologista de los tiempos modernos que hizo compatible la defensa de la fe católica con el sentido común y el buen humor

Gran lector y conservador, autor de fina intuición y profundo análisis, profeta de su tiempo y del nuestro, hombre de encuentro y de diálogo, amigo de todas las horas, incluso de aquellos con los que discrepaba ideológicamente. Chesterton vivió realmente la alegría del Evangelio. ¿Tiene ecos chestertonianos la exhortación apostólica Evangelii gaudium del Papa Francisco?

«Hijo, en la medida de tus posibilidades, trátate bien… No te prives de pasar un buen día» (Si 14, 14). Este pasaje bíblico, citado en la exhortación, es un ejemplo de cómo la fe no ha de concebirse como una carga pesada de obligaciones que llevaría aparejada una agobiante tristeza. Por el contrario, la cita exhorta a vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Seguramente Chesterton la conocía, pues su padre le había aficionado a leer la Biblia desde pequeño, y además una vez dijo que Dios había querido que pasáramos buenos ratos y él tenía la intención de pasarlo estupendamente.

La visión cristiana de Chesterton guarda un estrecho vínculo con la alegría que caracteriza a los seguidores de Jesús. En muchos aspectos, la sociedad que conoció el escritor no era tan distinta de la nuestra. Se guardaban los convencionalismos hasta el extremo de la hipocresía, a diferencia de nuestra sociedad posmoderna que presume de ser más auténtica aunque, en realidad, sustituya unos convencionalismos por otros. Pero también coincidía en ser una sociedad con un culto ciego a la ciencia y la técnica, y a unas supuestas leyes inexorables de la economía. Las consecuencias de esta actitud arrogante no dejaban de ser las mismas que señala el Papa Francisco, gran admirador de Chesterton: «El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota de un corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza de alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo de hacer el bien».

Los modernos Scrooges

Por su parte, Chesterton, fervoroso lector de Dickens, no dejó de recordar que en su época seguía habiendo modernos Scrooges. De ahí que rechazara, en su libro Alarmas y digresiones, la idea de que la historia inmortal del viejo avaro de Cuento de Navidad era literatura menor, una literatura adecuada para las mujeres de la limpieza en la víspera de Navidad, tal y como decía un Vernon-Smith del que hoy nadie se acuerda. A Vernon-Smith los personajes del cuento le resultaban un tanto exagerados, pero el problema no está en el aspecto repulsivo de Scrooge, que no es difícil de rechazar. El problema reside en que los modernos Scrooges, mucho más sofisticados y con una mayor aceptación social, tienen un corazón con una costra igual o mayor que la del avaro de Dickens.

Otro párrafo de Evangelii gaudium recuerda también a Chesterton, aquel en que el Papa Francisco se refiere a la esfera y el poliedro como modelos opuestos para la globalización: «El modelo a seguir no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad» (EG, 236). Chesterton nos previno contra la uniformidad de la esfera. Él se rebeló ante la idea de que el progreso llevara a fundir unos seres con otros, algo comparable a una pesadilla. La esfera del progreso, defendida en la novela La esfera y la cruz por el editor ateo James Turnbull, lo tenía todo de fatalismo e inevitabilidad, aunque al mismo tiempo pasara por un símbolo de la perfección. Cabe añadir que esa esfera despreciaría al poliedro al que alude Francisco, por considerarlo imperfecto al no estar uniformizado, y seguiría despreciando a la cruz. El profesor Lucifer, personaje esencial de La esfera y la cruz, afirma que la cruz va contra la racionalidad porque uno de sus brazos es más largo que el otro. Es un objeto bárbaro y arbitrario, un signo de contradicción. Por tanto, no es un objeto digno de coronar la esfera, pese a que así aparezca en la cúpula de catedrales como la de San Pablo en Londres. Lucifer se permite corregir al arquitecto diciendo que es la esfera la que debe rematar la cruz, sin querer darse cuenta de que, así, la esfera se caería.

Chesterton, un escritor de la alegría cristiana, hace en Ortodoxia este elogio de la cruz: «La cruz puede agrandarse sin cambiar nunca, el círculo vuelve sobre sí mismo y está cerrado. La cruz abre sus brazos a los cuatros vientos; es el indicador de los viajeros libres».

Antonio R. Rubio Plo