Las campanas como símbolo - Alfa y Omega

Hace unos meses, con motivo de la celebración de las Jornadas Escultura y Campanas, Madrid llenó sus cielos del cálido y reparador sonido de las campanas. Más de cien campanas de las iglesias más emblemáticas de la capital, entre ellas las de la catedral de la Almudena, inundaron el aire del atardecer con sus voces de terciopelo y bronce, llevando a los madrileños, y a todos los españoles, un mensaje de concordia, paz y religiosidad en medio de la furia y de la irritación permanente en que vivimos.

Hace unas semanas, en el mundo entero, se ha declarado el toque de las campanas como Bien Inmaterial de la Humanidad, proclamando y defendiendo su hondo significado, su valor espiritual, su toque sereno y conciliador en este tiempo nuestro tan áspero y sordo para los «sonidos del espíritu», para las «músicas» de la concordia y la solidaridad.

En las ciudades grandes, en épocas de aceleración y barullo, de frivolidad y de ruidos, es difícil escuchar el toque de las campanas, como es difícil oír el rumor del viento en una alameda, el borbotear de una fuente solitaria, o el cantar de los pájaros al amanecer. Y sin embargo, necesitamos como agua de otoño (y de invierno, y de primavera, y de verano…) escuchar de nuevo el toque de las campanas, no como un intento reaccionario de volver a la pequeñez del campanario, ni a la estrechez de miras del montaraz villorrio, sino porque el corazón de las campanas es amplio, universal, amable, espiritual, acogedor…, porque es símbolo permanente del entendimiento entre los hombres y mujeres de buena voluntad.

En Innsbruck, en un reciente viaje que hicimos a El Tirol y sus alrededores, al pie de las faldas gigantescas de Los Alpes, se alineaban a la entrada de una fábrica de campanas, adormecidas, en hilera, esperando el badajo despertador que las sacase de su modorra de metal y frío, decenas de ellas, mientras los artesanos nos explicaban el proceso de su fundición. ¡Y qué bien sonaban en el inmenso valle austriaco las campanas, aquellas que ya estaban colocadas, como vigías de las altas montañas y de los hondos valles, en lo alto de las bulbosas y elegantes torres de la ciudad! ¡Cómo se extendía, sembrando la paz por doquier, el tañido evocador de sus metales!

El origen

Nos explicaron en esta fundición que el origen de las campanas se remonta a los tiempos prehistóricos, que en la antigüedad se llamaba glocca, signum o nola, y que para fabricar una campana hay que trazar primero su silueta, luego se construye el molde (compuesto de núcleo, falsa campana y cobertura), y, por fin, se vierte el metal fundido en el espacio que deja libre la falsa campana, surgiendo, después, la verdadera campana. Nos mostraron las distintas aleaciones, composiciones y formas, los diferentes timbres y sonoridades…

Allí comprendí que la campana es mucho más que «un instrumento de percusión, de metal sonoro (bronce, plata) en forma de copa invertida, que se pone en vibración golpeando la superficie interna con un badajo que pende de una anilla a la que está sujeta», como la define el diccionario. Allí comprendí que la campana es un símbolo, un aliento, una vibración que, en palabras de Hegel, «nos recuerda con su tintineo que la aventura del hombre no es inútil».

Viajando en otra ocasión al espléndido Museo de Campanas de Urueña (Valladolid), nos explican, entre otras muchas cosas, que ya en el Libro del Éxodo 28, 33-34 se dice que el sumo sacerdote debía llevar en su túnica una campanilla; que los romanos convocaban al pueblo a actividades públicas con unas pequeñas campanas o tintinabula; pero que fueron los cristianos los que usaron la campana para convocar al pueblo a la oración y por eso su sonido comenzó a equipararse con la voz de Dios; de ahí que la palabra que designaba este instrumente era signum y solo posteriormente se introdujo el término campana, tal vez originario de La Campania, región italiana famosa por sus bronces.

Misterios y leyendas

La historia de las campanas está llena de misterios y leyendas. En sus oídos de verdosa melena las golondrinas y las cigüeñas viajeras han ido susurrando en las largas horas del estío las mil historias que han aprendido en sus periplos y viajes. Faros permanentes de los pueblos, anclados a la orilla de un mar de tejados terrosos, grises o rojizos, que lanzan, intermitentes, aliviadoras, ráfagas de luto y alegría, de tristeza y gozo, de pena y esperanza a los cuatro puntos cardinales.

Campanas colgadas en esbeltísimas agujas góticas, en austeras y bellísimas torres románicas, en bizarros campanarios renacentistas coronados de nobles balaustradas de piedra dorada, en elegantes campaniles, en solitarias espadañas… Campanas de recoletas ermitas, campanas solemnes catedralicias, campanas de convento que tocan a maitines y acunan al ciprés solitario y espiritual. Campanas que nos invitan a la oración, a dar gracias a Dios por cada amanecer. Campanas de barco en alta mar a punto de naufragar, campanas de regocijo al llegar a puerto.

Las campanas, escribe Carlos Murciano, «hablan, doblan, repican, voltean incansables, llenan de gozo mis oídos y me arrancan una lágrima que no verá nadie». Son mensaje, plegaria, evocación, aviso y recuerdo. Ellas tocan a rebato, doblan a muerto, repican a gloria, pregonan la boda, la fiesta, el fuego o la calamidad…

Antaño, el campanario tenía una clara misión defensiva como torre atalaya de la ciudad o castillo, pero, poco a poco, las campanas se fueron instalando en los ojos de piedra de las torres y aquellos cobraron vida y fulgor, palpitaciones y corazón. En muchas ocasiones se las ha maltratado o destruido, robándolas, tiroteándolas, arrojándolas contra el suelo, pero de su corazón de bronce apenas si se ha escapado un breve lamento, un suave quejido de pena. Ellas han permanecido allá arriba, desafiando la nieve, el frío y la escarcha, fieles a su misión de calentar el corazón de la humanidad.

Siempre será hermoso y esperanzador poder escuchar el toque de las campanas y poder saciar así la permanente añoranza de lo infinito, que, como semilla de esperanza, anida en el fondo de nuestro corazón. Con tantas músicas programáticas, digitalizadas y sintéticas hemos perdido el sonido profundo, vitalizador, humanizador de las campanas. Al margen de la fe religiosa o del sentido sacro y transcendente que para muchas personas tiene su música y su sonido envolvente y curativo, las campanas, cayendo como lluvia bienhechora sobre el mundo entero, transmiten un mensaje de calma, de equilibrio, de solidaridad, de amistad entre todos los seres humanos, sea cual sea su condición y forma de pensar.

Si en nuestros días la disonancia ha aniquilado la armonía, si la fealdad ha ocultado la deslumbrante belleza, si la confusión ha oscurecido la senda de la dignidad y el compromiso, si la sangre ha masacrado la paz, si la demagogia ha enmascarado la democracia, si la mentira y la cobardía han emborronado la verdad, nosotros estamos convencidos de que la voz limpia y transparente de las campanas (en una especie de anámnesis mplatónica) es un recuerdo permanente de que existe un mundo de valores universales que nunca debe desaparecer, es un recuerdo sonoro de que existen otras formas de vivir y de sentir, es una hermosa afirmación de que el mundo del espíritu ni ha muerto ni puede morir.

José L. Rozalén Medina
Catedrático y doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación