¿La última generación de los «cristianos escondidos» separados de la Iglesia?

Cuando terminó la persecución contra los cristianos clandestinos en Japón, en 1873, no todos volvieron a la Iglesia católica. Sus comunidades, en las que se mezclan elementos cristianos, budistas y sintoístas, se están viendo especialmente golpeadas por la secularización

María Martínez López
Shigenori Murakami, séptima generación de responsables de una comunidad de kirishitan, en un altar de su casa. Foto: Reuters/Issei Kato

Cuando terminó la persecución contra los cristianos clandestinos en Japón, en 1873, no todos volvieron a la Iglesia católica. Sus comunidades, en las que se mezclan elementos cristianos, budistas y sintoístas, se están viendo especialmente golpeadas por la secularización

En 1865 un grupo de kakure kirishitan, los cristianos que habían mantenido su fe en secreto en la región japonesa de Nagasaki, revelaron su verdadera fe a un grupo de misioneros franceses recién llegados. 37 de ellos murieron mártires al descubrirles las autoridades. Eran los últimos años de una persecución que acabaría en 1873, poniendo punto y final a dos siglos y medio de clandestinidad.

Una cruz y ropa de la época de la persecución contra los cristianos, en un museo dedicado a los cristianos escondidos en la isla de Ikitsuki (Nagasaki). Foto: Reuters/Issei Kato

En ese momento, muchos de los miles de kirishitan que habían logrado mantener la fe se reincorporaron a la Iglesia católica. Pero no todos ellos. Durante 250 años, para pasar desapercibidos, habían acudido a templos budistas o sintoístas, y algunas de las prácticas de estas religiones se habían mezclado con una fe católica que cuando empezó la persecución apenas llevaba unas décadas presente en el país, y que esa primera comunidad tuvo que mantener sin la guía ni el acompañamiento de sacerdotes.

Imágenes de la Virgen en casa de Masaichi Kawasaki, un cristiano escondido. Foto: Reuters/Issei Kato

Así, parte de aquellos cristianos «no quisieron destruir la fe que habían preservado durante todo ese tiempo», explica Shigenori Murakami, chokata (responsable) de un grupo de esta religión sincretista en el barrio de Sotome, en Nagasaki. En sus prácticas, hay un fuerte componente hereditario, fruto de una fe transmitida durante siglos en lo secreto en el seno de la familia. De hecho, la familia de Murakami ha estado al frente de su comunidad durante al menos siete generaciones.

Manuscritos con cánticos u orasho, conservados desde el siglo XVIII por la familia de Murakami. Foto: Reuters/Issei Kato

En estas comunidades, no se celebran sacramentos como la Eucaristía y la confesión, a los que sus ancestros tuvieron que renunciar por la falta de sacerdotes. La base de su oración son los orasho, cánticos que mezclan el japonés, el latín y el portugués y cuyo mismo nombre es una evolución del latín oratio.

Cuando Murakami heredó el cargo de chokata de su padre al morir este hace 14 años, pasó tres años aprendiéndose los orasho de unos rollos manuscritos conservados desde el siglo XVIII, que todavía conserva. Pero no sabe quién los heredará.

Encuentro interreligioso de fieles católicos, kirishitan y budistas en el santuario dedicado a uno de los mártires del siglo XVII, un sacerdote portugués. Foto: Reuters/Issei Kato

«Todavía no he elegido a un sucesor. Pero confío en poder seguir yo mismo, y luego lo transmitiré» a otro, afirma este hombre, de 69 años, en un reportaje realizado por la agencia Reuters. «No puedo dejar que mi generación sea la que destruyó lo que nuestros ancestros protegieron con su vida».

Son conscientes de que su pervivencia está amenazada. Shigeo Nakazono, conservador de un museo dedicado a los cristianos ocultos en la isla de Ikitsuki, explica que hace 30 años, había 20 comunidades y 2.000 miembros de esta religión. Ahora, solo quedan cuatro grupos que apenas suman 300 personas.

Cementerio con tumbas de cristianos escondidos en la isla de Ikitsuki (Nagasaki). Foto: Reuters/Issei Kato

«En la época de mi abuelo, su comunidad era de varios cientos de personas». En la de su padre, un centenar. Ahora, solo la mitad, afirma Murakami. «A los jóvenes no les interesa. En general se están apartando de la religión».

Efectivamente, la secularización afecta a todas las religiones en Japón. Pero los kirishitan se están resintiendo especialmente por ser comunidades de zonas rurales y pesqueras, que se están vaciando por la emigración, y por ser grupos bastante endogámicos, cuya única base son tradiciones heredades y sin una jerarquía clara.

Masaichi Kawasaki reza orasho en su casa en la víspera de la Natividad de la Virgen. Foto: Reuters/Issei Kato

«Me preocupa que desaparezca lo que mis antepasados trabajaron tan duramente para preservar, pero es la tendencia de estos tiempos –lamenta Masaichi Kawasaki, un antiguo pescador, que cada tarde reza en su altar con imágenes de la Virgen, flanqueado por otros dedicado a dioses budistas y sintoístas–. Tengo un hijo, pero no creo que él vaya a seguir con esto. Es triste, sin duda».

Reuters/María Martínez López