La separación y el reencuentro - Alfa y Omega

La separación y el reencuentro

Viernes de la 6ª semana de Pascua / Juan 16, 20-23a

Carlos Pérez Laporta
Jesús con sus discípulos. The British Library, Reino Unido. Foto: www.europeana.eu.

Evangelio: Juan 16, 20-23a

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En verdad, en verdad os digo, vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría.

La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».

Comentario

«Darás a luz con dolor» (Gn 3, 16). Junto a la muerte, con el pecado vinieron los dolores de parto. ¿Qué tienen que ver muerte y nacimiento? Algo hondo los vincula. La angustia de una separación. Hasta el momento del parto, madre e hijo eran dos, y eran uno. Con el nacimiento serán dos, y ya no uno. Esa separación aguijonea toda la vida de la madre, como miedo a pérdida del niño. El dolor del que habla el Génesis por el pecado es el miedo a la muerte que implica la separación (los dolores físicos solo son su consecuencia): una vez separados los cuerpos de madre e hijo, la madre pierde la seguridad que le daba el embarazo sobre su hijo. La separación de los cuerpos puede extenderse hasta que perderse el uno al otro.

Por eso, Jesús compara ahora su muerte con los dolores de un parto: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre». Su muerte por el pecado está llamada a asegurar a la madre la alegría del reencuentro con su hijo, una y otra vez, y por toda la eternidad. El reencuentro con Cristo después de su muerte por el pecado nos asegura el reencuentro de todas las madres con sus hijos por toda la eternidad. Por eso nos promete a todos una alegría inextinguible, que nada podrá aniquilar: «También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada».