La santidad del arquitecto Antoni Gaudí - Alfa y Omega

Los santos no se improvisan, se construyen poco a poco. Son imperfectos, a pesar de vivir dentro de sí algo permanente, una presencia transcendente sometida a vaivenes. Antoni Gaudí (1852-1926) no es excepción. En su infancia y juventud no manifiesta una adherencia singular a las cosas de Dios. Es como los demás, sigue las prácticas religiosas del catolicismo, si bien nace en él un afecto por la Virgen de Misericordia, patrona de la ciudad de Reus, donde había nacido, que no abandonará nunca. Prefiere la observación de la naturaleza en todas sus facetas (luz, flora, fauna, minerales); como cuando pregunta a su maestro por qué las gallinas no vuelan si tienen alas. O cuando se percata de las colas de obreros que llenan las naves de su ciudad, obligados a un trabajo duro y mal pagado. Gaudí llevará en su mente los problemas sociales de su tiempo y colaborará con el catolicismo social de León XIII, trabajando en la Colonia Güell y construyendo las Escuelas de la Sagrada Familia después de la Semana Trágica de 1909. Su lema es: contra revolución, educación y bienestar. No construye con lujos ni es ambicioso: en 1906, ante la falta de recursos para la Sagrada Familia, renuncia a su salario y en 1914, por la misma razón, recorre los domicilios de personas ricas para mendigar donativos. 

En relación a los trabajadores de sus obras, era franco y directo, aunque, como él mismo reconoció, tuvo siempre problemas para dominar su mal genio, llevado por su deseo de que las cosas se hicieran del mejor modo posible. Por otra parte, era afable con la gente del pueblo pero inflexible con los aduladores y los sabelotodo. Amigo de sus amigos, no dudó en atender con delicadeza y virtud a dos colaboradores, afectados por graves enfermedades, a quienes abrió su casa.  

Hombre más bien introvertido, se desencadenaba cuando explicaba la Sagrada Familia. Con un entusiasmo que comunicaba a los que escuchaban, describía lo que eran (serían) las procesiones litúrgicas, los cánticos de centenares de cantores y los cuatro órganos que resonaban (resonarían) en las naves de la basílica, las campanas de tres tipos, tubulares y de voleo, que llenan (llenarían) la ciudad de Barcelona, el perfume del incienso y la majestad de la liturgia de la Iglesia que elevan (elevarían) una alabanza a Dios. La Sagrada Familia existía dentro de él antes de ser construida fuera de él, y por esta razón la explicaba como algo ya existente. Su sueño provenía del don y conducía a una explosión de belleza.

En el recorrido vital de Antoni Gaudí, hay un momento a la vez de crisis y de gracia: la Cuaresma de 1894. Su sensibilidad no pudo soportar la muerte de varias personas próximas a él, ni las dificultades económicas e institucionales que afectaron a las obras de la basílica y al proyecto de las Misiones Católicas de Tánger, ni la violencia urbana que sacudió a Barcelona (la bomba del Liceo estalla en noviembre de 1893). Surgen preguntas interiores en alguien que se estaba planteando un cambio de paradigma existencial, iniciar una vida des-mundizada, concentrada en lo espiritual y en lo esencial, y focalizarla en lo que es su misión en esta tierra: construir la Sagrada Familia. El futuro obispo de Vic, Josep Torras i Bages, es el hombre providencial cuya autoridad moral sacará a Gaudí de la postración y lo encaminará al futuro.

Su trayecto vital continuará hasta 1926. Y, siguiendo el parecer de la Iglesia que ha hablado por boca del Papa Francisco (14 de abril de 2025), su camino es el de un venerable, alguien que ha practicado las virtudes en grado ejemplar y modélico. Gaudí sigue un camino de santidad. Y me atrevería a decir que este camino incluye elementos místicos. Sobre todo a partir de 1914, después de las fiebres de Malta que en 1911 le llevaron a las puertas de la muerte, cuando decidió concentrarse solamente en la Sagrada Familia, Gaudí colocó en el centro de su vida su experiencia de Dios. El arte se convierte cada vez más en la expresión de su fe, vivida intensamente, en el marco de la oración y del contacto con la Escritura y la liturgia. En efecto, existe un vínculo innegable entre el lugar exclusivo que ocupa la Sagrada Familia desde 1914 y el anhelo espiritual que lo embarga, propio de un místico. Su muerte fue el colofón de su vida: entregado a Dios, murió invocando su nombre.